Un cazador se sentó a descansar bajo un árbol enorme, afligido porque la jornada de caza no le había dado nada. Desesperado, emprendió el regreso a su choza, y a pocos pasos se paró en seco, espantado: en el suelo había una cabeza humana, al parecer cortada. El bosque quedó en un silencio total, sin siquiera el canto de las aves, y al hombre se le paralizó el cuerpo del miedo. Se preguntó en voz baja quién habría matado a aquel hombre. Entonces, como si lo hubiera escuchado, la cabeza empezó a hablar.
Confundido, y más impresionado por lo que oía que por lo que veía, quiso marcharse, pero la curiosidad pudo más y regresó a preguntarle a la cabeza quién le había quitado la vida. Ella contestó: «La boca». El cazador huyó hacia su aldea y, abatido, se echó a descansar tratando de olvidar lo ocurrido.
Un viejo que fumaba su pipa le preguntó por qué volvía sin presa alguna para la comida. El joven le explicó su jornada: había cruzado el riachuelo donde beben los animales, había trepado a los montes donde el tigre tenía su guarida y había buscado un venado sin dar con él. De regreso se topó con una cabeza humana, manchada de sangre y suciedad, con los ojos entornados hacia el cielo y los labios curvados en una sonrisa siniestra. Le preguntó quién la había matado, y ella respondió que la boca.
La noticia se extendió por el pueblo. Nadie creía el relato del muchacho, pero todos lo acompañaron hasta el sitio. Al llegar junto a la cabeza, el cazador repitió su pregunta, quién había matado a la cabeza, y esta vez nadie oyó respuesta ni el más mínimo ruido. Los vecinos, indignados por la supuesta mentira del joven, lo hallaron culpable y lo sentenciaron a muerte.
Contar algo extraordinario sin poder probarlo puede costar la vida, porque la gente solo cree lo que ve. Hablar de más y a destiempo hace daño a quien habla, y este camino enseña a medir las palabras.
Hay que tener a Osain y cumplir con los muertos: se les hace una misa a los muertos mayores. Quien tenga cazuela de Palo debe atenderla, pues reclama su alimento.
La persona sufre del defecto de hablar en exceso.