Odi Meyi era muy presuntuoso: jamás pedía consejo antes de emprender un viaje, se consideraba por encima de las divinidades y solo creía en su propio poder. Descendió al mundo sin prepararse, cargando sobre la cabeza el horno de fundir metal y la piedra del rayo, objetos propios de Shangó y de Ogún. Quienes lo seguían le advirtieron que no partiera sin ofrecer una guinea a su ángel guardián y un chivo a Eshu, pero él no los escuchó.
Ya en el mundo, instruyó a sus padres para que veneraran a Ogún y a Shangó. Su temperamento, sin embargo, era tan violento e imbatible que nadie soportaba vivir con él, y acabó aislado en lo más profundo del bosque.
En su vejez, su ángel guardián se comunicó con él durante un sueño para quejarse de que sufría por la falta del sacrificio. Odi Meyi consultó su Ifá, y se manifestó su propio odu. Con el dinero de la venta de sus frutos, dio por fin a Ifá la guinea y a Eshu el chivo.
Más tarde, la hija del rey enfrentó un parto que ningún sacerdote conseguía resolver. Mandaron buscar a Odi, quien con un conjuro hizo salir al niño y la placenta a la vez. Su valía quedó reconocida: el rey le concedió un título y una vivienda. No obstante, se lamentaba de haber sembrado árboles que otros cosecharían, por no haber atendido a tiempo el consejo de ofrecer el sacrificio.
El engreimiento que se niega a consultar lleva a la soledad y a la mala fama. Lo que se desoyó tarde o temprano debe cumplirse, y el valor de la persona acaba reconociéndose, aunque llegue tarde y otros cosechen lo que se sembró.
Una guinea para su ángel guardián y un chivo para Eshu; al final la guinea se la dio a Ifá.
Abimi lorigi-omo iyi ni mi Edo okpe ni moje Edo oke ni mo mu Okuro ni ogbigbo.
Awó laafi rabe taafi dae loko gbaa Edon a moju ganranwun Okuko taakpe oko Ila abenukpa kaa Oruko taakpe obo Alarisa notigbe omo olomode sinu Etu omo olomo bogboro orite eje waye. (Se repite todo tres veces.)