En la tierra de Obá Oju Inle vivía un Awó de nombre Odi Oro, entregado por completo a la maldad: con tal de cobrar era capaz del peor daño, y en toda la comarca lo aborrecían. Su mujer era Yekun, hija de Inle, que lo amaba y aun así padecía sin descanso; por eso bajaba todos los días a la ribera a desahogar su pena, contándoles su sufrimiento a Inle y a Olofin, pero jamás pidió castigo para él, porque lo seguía queriendo.
Una de esas mañanas vio que sus lágrimas, al caer al río, se volvían plantas hermosas con flores blancas y lilas; entre ellas se levantó una figura de reflejos cambiantes: «Soy Ina, el espíritu ancestral de tu padre Inle; estoy cansada de que sufras tanto». Cantando, la metió consigo en el río y le anunció que ya nadie volvería a verla ni a hacerle daño: quedaría como representación de su padre y de ella misma sobre la tierra, y la flor de agua sería la figura de su espíritu. Al enterarse, Odi Oro corrió al río a maldecirla; las maldiciones se le devolvieron y perdió la vista. Palpando hizo Osode, reconoció su Odù y se deshizo en llanto al medir todo el mal que había causado. El espíritu de Yekun lo halló arrepentido de verdad, lo perdonó y le confió el secreto de Ojuero para devolverle los ojos; Ina lo bendijo y lo consagró. Desde ese día Odi Oro abandonó la maldad y anduvo por todas las tierras curando a sus semejantes y haciendo el bien.