Perseguido por los perros de una ciudad, un chacal buscó refugio en casa de un tintorero y fue a dar dentro de una cuba de azul índigo. Salió con el pelaje teñido, y sus perseguidores, que ya no lo reconocían, dieron marcha atrás. También en la selva causó pavor: tigre, panteras, osos y lobos se apartaban de aquella criatura que nadie había visto antes, convencidos de que era temible.
De ese pavor sacó provecho. Reunió a las fieras y les anunció que el Dios de los animales lo había nombrado soberano bajo el nombre de Abiniku. A cada especie le asignó un puesto; a los chacales, que eran su propia sangre, ni les dirigió la palabra y los mandó lejos. Nada le faltaba: las fieras lo servían. Estando un día en el Consejo, le llegó de lejos el lamento de unos chacales. Se le erizó el pelo azul, se le humedecieron los ojos y, antes de poder contenerse, soltó un aullido agudo. El tigre exclamó: «Es un miserable chacal, nos ha engañado». Las fieras se le echaron encima con furia, lo mataron y se lo comieron. Quien da la espalda a los suyos y se allega a los extraños termina como aquel chacal.