1Orunmila, que no escuchaba a Osun
Osun y Orunmila mantuvieron una amistad por cierto tiempo. En ese período Osun no cesaba de aconsejar a Orunmila, y este no seguía ninguna de sus recomendaciones. Lo que Olofin le había dado, ashé y confianza, le hizo pensar que estaba por encima del resto. Cada día se portaba peor. Osun se quedó sin más que decirle y se presentó ante Olofin para quejarse de su amigo.
Olofin hizo llamar a Orunmila y le habló con firmeza, reprochándole su actitud. Sin embargo, el cambio fue breve: poco después Orunmila otra vez actuaba por capricho y su suerte comenzó a hundirse. Los enemigos que tenía aprovecharon el momento, lo cercaron y quisieron cortarle la cabeza. Eshu se interpuso y evitó que lo lograran. Por su terquedad y su desobediencia, Orunmila estuvo cerca de perderlo todo.
2El sueño de las dos gallinas
Abeyoni era una tierra pobre que no lograba prosperar, y eso tenía muy inquieto a Ifá Fore, un awó que vivía allí con su hijo Ifá She. Una vez el muchacho le planteó que quería salir de viaje para encontrar la fortuna de ambos y la de la comarca. Al padre le molestó tanto aquello que lo castigó.
Ifá She lloró hasta quedarse dormido, y en sueños lo visitó Orunmila. Le indicó que le ofreciera una gallina blanca y otra negra, con sus cabezas, y que las desplumara frente a él entonando un canto. Con las plumas arrancadas se levantaría una tormenta; tras ella hallaría su buena suerte y también la de su pueblo, y también el sitio donde le tocaba establecerse, que se llamaría Ifá Bi Ashe.
Al despertar, sobresaltado, el joven fue al patio por las gallinas. Su padre lo sorprendió y de nuevo se irritó. Ifá She le relató el sueño, pero el padre lo llamó embustero. Enseguida se tendió a dormir bajo el álamo del patio. Aprovechando eso, Ifá She entregó a Orunmila las aves con sus cabezas. Eshu apareció para decirle que aún no era el momento de partir y empezó a cantar. En ese instante surgió la tormenta, que levantó a Ifá y lo arrastró junto con Eshu, mientras el padre quedaba muerto. Era imposible detenerse ante tanto viento, así que Ifá She continuó con su Ifá y Eshu cantaba a lo largo del trayecto. En cierto momento le pidió que no volviera la vista, pues la tormenta había dejado limpia aquella tierra.
Cuando llegaron a casa de Shangó, Ifá She se arrodilló a saludarlo. Shangó le pidió dejar su Ifá y su tablero en el suelo, ya que en tres días le haría una ceremonia; mientras tanto compartirían amala, ila e ishu, lo único que tenía para convidarlo. Ya sentados a la mesa, Ifá She seguía pensando en su padre. Shangó lo tranquilizó: su destino estaba trazado, y todo aquello debía ocurrir para que él llevara la fortuna a su tierra.
Pasados los tres días, Ifá She estaba más sereno. Shangó le anunció que lo uniría a la suerte que su padre habría debido transmitirle, para que lo acompañara siempre. Hizo con él la ceremonia y convocó al Egun del padre. Al presentarse, el Egun declaró que toda su suerte sería de Ifá She, además de la de Orunmila, la de Shangó y la de Eshu, y que para conservarla tendría que consultarse a fondo con Orunmila. Durante el rito, Shangó cantaba para hacer la invocación. Acabada la ofrenda al Egun, prepararon una tinaja con su carga y la alimentaron junto con Ifá. Con eso se aquietó la gran tormenta: las plumas se esparcieron en el aire y fueron a caer en la tierra de Inle Toka.
Allí residían los Oshas, y entre ellos Olorun, que aguardaba a un awó para que dirigiera el lugar. Shangó indicó a Ifá She que se encaminara con Eshu hacia la tierra que se divisaba a lo lejos, donde viviría bien. Prometió visitarlo más adelante y le dijo que allí hallaría a su madre, Abeyoni, que tenía poder en ese lugar y lo respaldaría.
Ifá She obedeció. Olokun ya había informado a Abeyoni de que llegaría su hijo, un awó, para que le diera apoyo. El primero en entrar fue Eshu. Abeyoni, con una calabaza en la mano, comentó a Olokun que veía venir a Eshu. Olokun respondió que su hijo también venía, pero ella no lograba verlo. Cantaron los dos y, de repente, Ifá She se hizo presente. Se postró ante su madre, y Olokun notó las plumas desparramadas por todas partes. Ifá She puso su Ifá en las manos de Abeyoni, mientras Eshu y Olokun juntaban las plumas para hacer el ebbó.
Abeyoni puso a su hijo en medio de la tierra que iba a regir, rodeado por la multitud, y le dijo que sin la presencia de Shangó carecía de voz y de autoridad. Mandó a Eshu por Shangó, para que presenciara todo, ya que gracias a él Ifá She había tenido la suerte de dar con ella. Le anunció además que gobernaría varias tierras porque debería viajar, pero que esa era la suya. Eshu salió de inmediato, y entre tanto los habitantes hicieron algo para que Ifá se quedara a vivir allí.
Shangó regresó con Eshu y ordenó a Ifá She que hiciera ebbó con tierra para toda la gente. Se levantó viento y la gente fue juntando del aire la tierra y las hojas. Ifá She cumplió el ebbó. Luego Abeyoni reunió a Shangó, Eshu y Olokun bajo un álamo y habló a su hijo: sabía que le dolía su separación, pues ella había discutido con el padre. Le relató lo sucedido: debió marcharse a caminar y siempre deseó tenerlo cerca, pero el padre se negó, para que el hijo conociera las penurias. Le dijo que aquella tierra rica, visitada por todos los Oshas que ella gobierna y que confían tanto en ella, había sido de su padre; este la menospreció y fue a morir a otro lugar, y ahora era de Ifá She.
Entonces retumbó un trueno, pasó un viento y una voz pidió perdón y dijo que su suerte era la de él.
Shangó lo consagró y le preparó un inshe. Desde ese día empezó la bonanza de Ifá She, Iwori Bogbe.
3El rey terco que perdió a su familia en el mar
Orunmila consultó a un rey de cierta tierra y salió el odu Iwori Bogbe. El mensaje fue claro: si no quería terminar solo, debía hacer ebbó. Sin embargo, el soberano era testarudo y despreció el consejo.
En aquel reino había una costumbre: los domingos, la familia real salía a caminar junto a la costa. Además de no cumplir con el ebbó, el rey quiso demostrar a Orunmila que nada de eso le ocurriría, y mandó que sus soldados desfilaran ante él.
Transcurrió algún tiempo. Un domingo, cuando los suyos estaban en la playa, apareció de repente una tromba marina que los arrebató a todos.
La noticia dejó al rey incrédulo. Corrió hasta la costa para buscarlos y no vio a nadie; apenas encontró unos objetos que ellos habían llevado. Los testigos del lugar le relataron la escena, y el rey, vencido, se sentó sobre una roca a llorar. Pasó allí tres días con sus noches. Al terminar ese plazo se había convertido en un ave, que solo sabía repetir el nombre del odu: «Iwori Bogbe, Iwori Bogbe».