1La hacienda de Ode
Ode poseía una finca. Durante una temporada sus animales empezaron a faltar, y aunque se empeñó en descubrir al ladrón, no lo halló. Decidió vigilar a toda hora. En una de esas noches descubrió rastros de dos fieras: un tigre y un león. Provisto de arco y de dos flechas, fue tras ellas.
Primero dio con el león. Trepó a un árbol, le disparó desde arriba y lo mató en el acto. Al descender no notó que el tigre merodeaba por allí. El felino olió la sangre, se encolerizó y se echó sobre Ode con saña. Se trabó así un combate injusto entre una persona y un animal salvaje. Ode usó su última flecha y mató al tigre, pero las mordidas y los zarpazos le causaron la muerte. Hombre y fiera perecieron juntos.
2La mujer que no se limpió del Egun extranjero
Un hombre dejó a su esposa sola con varios niños pequeños. Ella empezó a trabajar de sirvienta en la casa de una familia adinerada. No pasó mucho antes de que notara una presencia rara sobre su cuerpo, y acudió a Orunmila.
En su consulta salió este Ifá. Orunmila le aclaró que en esa casa se le había adherido un Egun, que en su última existencia en el mundo había sido un extranjero de piel blanca. Debía hacerse un Oparaldo, es decir, una limpieza para librarse de ese muerto: primero él le daría ayuda en cosas materiales y luego le traspasaría su secreto, y se lo haría pagar con su salud y con su vida. Ella jamás regresó a realizar las obras.
Así pasó. El Egun la favoreció, y una mañana despertó convertida en rica. Ese muerto había tenido en vida una cazuela y, mediante un sueño, le mostró el sitio donde la guardó para que la tomara. La mujer desatendió el mensaje. Tiempo después le empezaron a crecer de hinchazón las piernas; empeoró hasta que murió, de la misma dolencia que acabó con el extranjero. Todo lo anunciado por Orunmila se cumplió.
Conviene tener cuidado con el Egun que se pega a alguien: por una parte da, por otra enferma.
3El susto de Oba Nire y cómo Shangó lo acabó
En la tierra de Oba Nire vivía Ogún, que tuvo con Yemayá un hijo llamado Awo Nilorun. Al cumplir tres años, el niño recibió Ifá de manos de su padre, que soñaba con verlo convertido en jefe de aquel lugar, respetado por todos. Pero Ogún no podía quedarse: Obatalá lo había llamado para que gobernara Oba Nire junto a Yemayá.
Ogún notó que el muchacho carecía de carácter para mandar. Siguiendo el consejo de Eshu, lo condujo a la presencia de Orun. En el trayecto, Eshu hacía sonar su campana y entonaba un canto. A cada paso recogían las yaguas que hallaban, es decir, la envoltura seca de las hojas de la palma, pues los Egun habían salido a acompañarlos para que el niño no sintiera miedo. Al llegar, los Egun ya los esperaban y saludaron con moforibale a Eshu, a Ogún, a los Egun presentes y a Awo Nilorun.
Por esos momentos pasaba Shangó, enviado por Obatalá en busca de Orunmila. Al ver la escena se ocultó y presenció cuanto Orun hacía con el niño.
Orun anunció a Ogún que daría al niño fuerza y poder para dominar el mundo. Descartó las yaguas inservibles y pidió a los Egun yaguas nuevas y las hierbas propias de este odu. Los Egun las trajeron cantando. Con ellas prepararon un cocimiento y bañaron al niño, que así recibió el gran poder de Orun. Después, para reforzarlo, le hicieron una limpieza de cabeza con ofrendas. Los Egun cantaron durante todo el rito. En la cabeza del niño se ofreció sangre a Ogún para que el poder pudiera pasar al hijo. Orun terminó diciendo a Ogún que volviera a Oba Nire y siguiera gobernando, cuidando de su hijo y convertido en el espanto de todos.
Cuando se marcharon, Shangó salió de su escondite, se acercó a Orun y le reprochó haber hecho algo a espaldas suyas. Le dijo que ese poder dado a aquella gente perjudicaría a Obatalá. Orun replicó con otra pregunta: qué tenía él que ver en el asunto. De inmediato Shangó, que traía azufre, sacó la lengua y sembró el terror. Orun se estremeció, exclamó «¡El terror!» y rindió moforibale a Shangó. Entonces Shangó le contestó que existían otros poderes además del susto, que ya no le transmitiría el recado de Obatalá (que le prohibía lo que acababa de hacer) y que mandaría por su hijo Oni Ifá Awo, awó de Ifá, para quitar ese poder al padre y al hijo. Agregó que Orun jamás lograría nada sin llamarlo a él, pues solo con la fuerza de Shangó podría contar con ayuda.
Ogún regresó a Oba Nire con su hijo. Desde entonces, cada vez que daban las siete, resonaban las yaguas y los habitantes vivían aterrados ante el poder de los Egun. Así, durante un tiempo, Ogún mantuvo toda la tierra en sobresalto.
Shangó informó a Obatalá de lo que ocurría. Obatalá le mandó ir con su hijo, transmitirle su propio poder y cantar durante el camino. Shangó fue pasando una guinea por la cabeza y quemando azufre durante todo el trayecto hasta llegar a Oba Nire. Ogún, al ver aquello, se llenó de pavor. El olor del azufre y del fuego hizo huir a todos los Egun; la población despertó espantada y Ogún también temblaba.
Shangó exigió a Ogún que le diera al muchacho, le retiró las yaguas y proclamó que en esa tierra se había terminado el susto. Obatalá, que llegaba detrás, les indicó a Shangó y a su hijo que juntaran las yaguas y levantaran para Ogún una casa hecha con ellas, donde toda la gente lo adorara. Al hijo se lo llevaría él mismo para dejarlo con Yemayá, que lo formaría en el bien.
Obatalá, Shangó y Awo Oni Ifá tomaron palomas y las ofrecieron a los habitantes y a Ogún. Así acabaron el susto y el terror en Oba Nire.
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