Cuando Olodumare repartió los cargos entre sus hijos, a Ayaguna le correspondió el de creador de las pendencias: donde llegaba se imponía y mandaba con las armas, y no había vecino con quien no acabara peleado. Olodumare, que deseaba paz para los suyos, le hizo el reclamo, y de Ayaguna salió esta respuesta: «usted, Padre, siempre está sentado, como si la sangre no le corriera». A ver si se enmendaba, Olodumare lo despojó del mando en África y lo destinó a Asia, tierra donde reinaba la calma.
Ayaguna, sin embargo, tomó a aquella gente por tonta, azuzó una tribu contra otra y encendió una guerra que terminó alcanzando al mundo entero. Las quejas de los pueblos llegaron otra vez arriba. Vuelto a llamar, escuchó de su padre: «yo solo quiero la paz, soy Alamore, bandera blanca». Y le respondió el hijo: «Padre, si no hay discordia no hay progreso; con la discordia avanza el mundo, el que tiene dos quiere cuatro, y triunfa el más capacitado». La respuesta de Olodumare fue definitiva: «si es así, el mundo durará hasta el día que se acaben las guerras y tú le des la espalda a la discordia y te tumbes a descansar; pero ese día tardará bastante en llegar».