En la tierra Eyeni Aye vivía un babalawo hijo de Oyá y Obatalá Ayaguna, que de pequeño había huido por miedo a sus padres a la tierra Aye Bawa, donde vivía Eshú Gogoro. El Awó Iwori Tuanilara le cantaba a Eshú Gogoro con una campanita cuando iba a comer a las esquinas, y Eshú lo bendijo con todos los poderes, diciéndole que hacía tiempo no comía gallo. En sueños, Iwori Tuanilara supo que al primero que viniera le pidiera tres gallos para Eshú. Aparecieron una mujer y un hombre buscando a su hijo; él les dijo que tenían tres gallos —negro, rojo y blanco— y que los trajeran.
Al verlos, dijo: «se parecen a mis padres». Trajeron los gallos, se los dio a comer a Eshú Gogoro, y Oyá y Obatalá, oyendo el canto de Eshú, supieron que su hijo estaba en casa de aquel adivino. A los siete días volvieron, hallaron al Awó bien vestido, con su gorro de caracoles y su collar de Eshú, atendiendo a muchos aleyos, y comprendieron que era su hijo. Le dijeron: «Eshú Gogoro es también tu padre, pues él te hizo un gran Babalawo». Le dieron una gran fiesta y un secreto contra sus enemigos, con la vaina de framboyán, la sal tostada y las cenizas en un güiro.