Antes de bajar al mundo, Aideju Awó —así se llamaba Orunmila en Orun— se hizo osode y le salió este signo, cuya advertencia era: «una vez en el mundo, no trates de evitar el sufrimiento». Descendió en los dominios de Oduduwa, padre de un hijo único llamado Akala, y ese muchacho hizo del tormento de Orunmila su ocupación: lo levantaba de madrugada, lo sacudía y le clavaba pinchazos, sin que Orunmila devolviera una palabra, pues era ajeno a aquella casa.
Poco después el enfermo fue Akala, y a los quince días agonizaba. Perdido, Oduduwa mandó llamar a Orunmila, quien vio otra vez este signo, reclamó una cantidad grande de animales y se llevó al muchacho monte adentro para hacerle Ifá. Llegado el Iyoye, se dijo: «este es el momento de vengarme»; tomó el cuje, entonó «Akala Awó Nifá, Ifá mabinu» y le asentó recios cujazos en las espaldas, persiguiéndolo entre los árboles. Ya sano, Akala regresó junto a Oduduwa, que recibió una gran alegría. De aquí se entiende con cuánta saña azotan los Awoses el día del Iyoye.