A un pueblo con rey llegó Orunmila. Pronto sus buenas acciones lo hicieron muy famoso, y esa fama le cayó mal al monarca. Eliminarlo por la fuerza no se podía, porque el pueblo lo admiraba; por eso el rey prefirió destruir su reputación con una trampa.
Mientras el rey tramaba, Orunmila consultó el oráculo y obtuvo el signo Oggunda Meyi. El oráculo le pidió un ebbó que incluía dos gallos, dos palomas, un caballo con su montura y dos muñecos, uno de hombre y otro de mujer. Cumplió con todo y esperó tranquilo, pues su Ifá ya le había anunciado que alguien vendría por él. El rey ordenó atrapar al animal más indomable de las llanuras y mandó invitar a Orunmila a un acto en su honor, para reconocer lo que había hecho por la gente. Como transporte hasta el palacio le envió esa bestia. Luego se colocó en la terraza con los brazos cruzados, seguro de que vería a su invitado por el suelo.
Quedó sin palabras ante la escena: Orunmila se acercaba caminando, con el caballo agarrado por la rienda, y la gente a su alrededor lo vitoreaba. El rey no entendía cómo había recorrido a pie semejante distancia y se lo preguntó. Orunmila contestó que Ifá le tenía vedado subirse a cualquier cosa. Entonces el monarca aceptó la derrota: dijo que no podía contra aquel hombre, porque el pueblo ya lo quería. Y le ofreció un trato: ambos podían vivir en ese pueblo, Orunmila a cargo de la religión y él a cargo de la justicia.
Un ebbó hecho a tiempo protege de las trampas que otros preparan por envidia. Respetar lo que Ifá prohíbe, aunque parezca una molestia, sostiene la posición ganada con las buenas obras.
Dos gallos, dos palomas, un caballo con su montura y dos muñecos, uno de hombre y otro de mujer.
Ifá le vedó a Orunmila subirse a cualquier cosa. Esa prohibición hizo fracasar la trampa del rey.