Orunmila llegó a un pueblo que veía por los ojos de su rey. Sus buenas obras le ganaron pronto una fama enorme, y eso incomodó al monarca. Quitarlo de en medio por la fuerza era imposible: la gente lo admiraba. El rey prefirió entonces buscarle la ruina moral.
Mientras el trono maquinaba, Orunmila se hizo osode y le salió Oggunda Meyi. Se marcó ebbó con un caballo, una montura, muñecos de hombre y mujer, dos gallos y dos palomas; hecho el sacrificio, se quedó esperando, porque su Ifá le había avisado que irían a buscarlo. El rey ordenó capturar el caballo más salvaje de los llanos y convidó a Orunmila a un homenaje por todo lo que había hecho por el pueblo; para el traslado al palacio le mandó aquel animal. Después subió a la azotea y se cruzó de brazos, seguro de que vería al invitado rodar por el suelo.
Lo que vio lo dejó mudo: Orunmila venía a pie, llevando el caballo del diestro, y la multitud lo aclamaba. «¿Cómo es posible que haya caminado tanto?», quiso saber. Y Orunmila: «mi Ifá me prohibió subirme en cualquier cosa». El monarca midió ahí su derrota: «con este hombre no puedo; se ha ganado la simpatía del pueblo». Y le tendió un acuerdo: «en este pueblo los dos podemos vivir: usted con la religión y yo con la justicia».