Awa Eri era la tierra del Iroko y del ewe ayo. Ahí residía Awó Oribaye, omo Oggunda Obetete, que tenía pactado con ambos —el árbol y la hierba— que lo resguardaran y le apartaran cualquier mal que se le viniera encima mientras durara su vida. Al pie del Iroko, retirado de la gente, moraba también Oluwere Orun, sombra de Agayú. Entre los vecinos corría la fama de que Awó Oribaye era hombre extraño, porque hacía sus cosas lejos de toda mirada; nadie sabía cómo trabajaba y todos querían averiguarlo, pues suponían que algo oculto lo guiaba, ya que no procedía como los demás Awoses. Sentirse vigilado lo irritaba, y de la molestia pasaba a la maldición contra aquella gente: «Odogun ofofo iña shekue buruku omo ile Owa Eri». Desde entonces la enfermedad se metió en todos, los hijos de Obatalá fueron perdiendo la suerte, Oluwere Orun se apartó de Awó Oribaye y la pobreza lo alcanzó: aquella tierra cayó en la miseria y no quedó quien no enfermara.
A Elegba le pesaba lo que veía, sobre todo por los hijos de Obatalá, y tomó camino a la casa de Oshagriñán para ponerlo al tanto de cuanto ocurría en la tierra Awa Eri. Cuando llegó con Elegba, dieron con Awó Oribaye sin saber qué hacer en aquella tierra, y con todos los hijos de Obatalá enfermos. Oshagriñán le hizo osode a Awó Oribaye, le salió Oggunda Botete, y le explicó que la causa de todo era que la sombra de Oluwere Orun se había apartado de su lado. Le hizo ebbó y le propuso: «Vamos al pie de Iroko, donde vive Oluwere Orun, y lo llamaremos para que siempre te acompañe». Se pusieron en marcha y llegaron a las doce de la noche. Oshagriñán tomó hojas de Iroko y se las acomodó en la cabeza a Elegba, le dio coco y agua fresca, le colocó un gorro de colores muy lindo y le advirtió: «Esto es para que puedas ayudarme a levantar esta tierra». Tomó luego el gallo y con él fue llamando a Oluwere Orun, rezando así: «Iroko Ouwere Oshagriñan igi ogadifan Agayu Ifa eku mayele ogba leri oma oshe igbo Iroko umbo ori ire Awo Oribaye ebonike ori botete ori ire». Puso la raíz del poniente y la del naciente junto con todo lo que llevaba el ebbó, y llamó a Oluwere Orun y a todos los Egun, entregándoles el gallo mientras entonaba: «Ero omi Iroko onifa Iroko masofun ele igi Orun igboye Iroko Egun mayawa».
Bajó otra vez la sombra de Oluwere Orun. Con el secreto de Iroko, Oshagriñán le rogó la cabeza a Awó Oribaye, y el Awó se alivió enseguida. Con la cabeza del gallo, el sobrante de la rogación, todos los ashé y 16 ataré, Oshagriñán armó un inshé y se lo entregó: «Esto lo metes dentro de tu almohada, para que siempre te comuniques con Oluwere Orun». Era tanto el shepé de esa tierra, que a Oshagriñán se le subió el enojo; Elegba le acercó ewe ayo para bañarse, le puso hierba tete en la cabeza, se dio paloma blanca y con eso se apaciguó. Después tomó hojas de Iroko y le dio esta instrucción al Awó: «Envuelve tu Ifá en esto, y cuando esté seco lo cocinas con ewereyeye y les das de tomar a todos los de tu tierra para que se curen». Awó Oribaye cumplió, y la gente fue sanando y volvió a tenerlo en estima, pues por obra de Elegba y de Oshagriñán la sombra de Oluwere Orun había regresado a su lado. Antes de la despedida, Oshagriñán se dirigió a Elegba y le advirtió: «Antes de irnos tenemos que hacernos un gran secreto, para que ninguno de estos arayés de la tierra nos siga». Se desnudaron ante Ifá, tomaron palomas, hicieron sarayeye y se las dieron a Inle Oguere con este canto: «Eye eyele inle asheo, ire Awo ire, eye eyele inle asheo». Enterraron la paloma junto con jutía, pescado, maíz, todos los granos, aguardiente, miel, corojo y cascarilla, y con eso murieron todos los arayés. Limpios ya, Elegba y Oshagriñán se fueron, y Awa Eri quedó libre de arayés y cubierta por la sombra de Oluwere Orun. Nota: para el padrino este Ifá resulta problemático, y puede arruinarlo o hundirlo en la miseria. Cuando asoma en un atefá, el padrino se limpia desnudo frente a su Ifá con una paloma que se entrega a la tierra; a la cabeza se le dan dos palomas blancas con bastante hierba tete, y a la hora en que come Orunmila se dan dos gallinas de la cabeza directo sobre su Ifá, con el súyere «Adie manya ori teun, adele nifa manya ileo».