Patakíes · Los caminos del Odù
1El nacimiento de Okana Meyi
Por salvar de la podredumbre al antílope de una trampa ajena, el hacendado le regaló una pierna: la mano libre para prosperar. Granjero arruinado por los animales, sacrificó a Eshú, que plantó trampas invisibles — y de la boa que mató en el camino sacó fama y fortuna.
Antes de dejar el cielo, Okana Meyi hizo sacrificio y bajó por una ruta distinta a la planeada. En el camino halló un rancho con una trampa donde un antílope empezaba a descomponerse; lo descuartizó y preparó fuego para salvar la carne. El dueño, al comprender su gesto, le agradeció y le entregó una pierna del animal — la parte que el sacerdote de Ifá toma hasta hoy cuando sacrifica. Por eso se dice que a Okana se le dio una mano libre para prosperar.
En el mundo se hizo granjero, pero los animales le devoraban las cosechas. Por adivinación se hizo una túnica con bolsillos llenos de nueces de kolá, se limpió con un pollo, tomó un bastón y recogió tierras de dos colinas y de los aleros de su casa para invocar a Eshú. Apaciguado, Eshú plantó trampas invisibles alrededor de la granja que atraparon a los intrusos uno tras otro, y Okana prosperó además vendiendo la carne.
Cuando enviudó de su primera esposa — que resultó ser bruja y a quien su ángel de la guarda le impedía tener hijos — decidió mudarse. Sacrificó un chivo a Eshú, un cerdo a Ifá, y viajó con dos perros y dieciséis paquetes de panes fríos. A mitad de camino, una misteriosa boa — la que se tragaba a los viajeros de aquella ruta — atacó y devoró a sus perros; debilitada, Okana la mató con una estaca. Esa hazaña lo lanzó a la fama y a la prosperidad, y en el pueblo le entregaron varias mujeres en matrimonio.
2Iroko y Aragba (el hacha)
A los dos árboles rivales se les mandó el mismo sacrificio. Iroko, creyéndose invulnerable por su fuerza, rehusó — y Eshú mismo entregó a los hombres el hacha para derribarlo. Aragba, que sacrificó, oyó resonar su caída por todo el bosque.
Aragba e Iroko fueron siempre como el perro y el gato. Iroko era tan fuerte y poderoso que todo el mundo le temía: su casa era el punto de reunión de los Ancianos de la Noche, y nadie se atrevía siquiera a pensar en atacarlo. Okana Meyi les aconsejó a ambos rendir homenaje a Eshú con un chivo, un gallo, un hacha y un machete. Aragba hizo el sacrificio; Iroko rehusó, porque se consideraba invulnerable.
Después de festejar con las ofrendas de Aragba, Eshú llamó la atención de los seres humanos sobre la fortaleza de Iroko y lo útil que sería su madera. Para destruir el mito que abrigaba su imagen, Eshú mismo se ofreció a guiarlos hasta su casa y les dio un hacha. Al principio todos estaban renuentes, pero con el estímulo de Eshú lo atacaron con furia, y la caída de Iroko fue tan grandiosa que el eco resonó por todo el bosque.
Cuando Aragba escuchó la caída y supo que el gran Iroko había caído bajo el hacha humana, se felicitó por haber seguido el consejo y cantó alabanzas al adivino. Por eso, cuando este signo sale, se le dice a la persona que tiene un enemigo alto y fuerte que busca su caída — y que con el sacrificio a Eshú, será el enemigo el que caiga.
3La Palma Real, la única que sacrificó
Todos los árboles rehusaron el sacrificio antes de bajar al mundo, menos la palma real. Cuando Shangó y el viento fuerte bajaron a destruir a los contaminados por la iniquidad, la palma cantó su sacrificio — y fue la única perdonada.
Cuando todos los árboles se preparaban para venir al mundo, fueron a ver a Okana Meyi, que encargó la adivinación a su subordinado Efun fun Zele — el viento fuerte. Les aconsejó sacrificar a Eshú un chivo; servir sus cabezas con gallo, paloma y nueces de kolá; a Oggún un gallo, una jicotea, vino y ñame asado; y a Shangó un gallo, kolá amarga y vino. Todos rehusaron, excepto Agbon, la palma real.
Muchos años después, cuando todos habían prosperado y embellecido la tierra, las divinidades encargaron a Shangó bajar al mundo a averiguar qué sucedía, acompañado por el propio Efun fun Zele. Al llegar descubrieron que muchos árboles habían sido contaminados por las iniquidades del mundo, y a través del trueno y la fuerza del viento los destruyeron uno a uno.
Cuando llegaron a la morada de la palma real, esta empezó a cantar alabanzas al adivino que le hizo la adivinación en el cielo, recordando el sacrificio hecho. Fue el único árbol cuya vida fue perdonada. Por eso, hasta el día de hoy, la palma real es el único árbol seguro contra el ataque de los truenos y de los vientos fuertes.
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