Okana Meyi se dio cuenta de que sus colegas ya habían partido hacia la tierra, y resolvió pedir a Olodumare autorización para abandonar el cielo. Acudió a un awó, Asokon Deji, que le recomendó ofrendar antes de presentarse a recibir de Olodumare los instrumentos de mando. Los elementos fueron una paloma, un chivo, una chiva, una gallina, un pescado y una jutía. Okana Meyi los ofreció y acudió al Palacio Divino a plantear lo que deseaba para su vida en la tierra.
Pensaba bajar acompañado de la calabaza, el melón y la jarra de barro, pero el awó le indicó que descendiera sin nada de eso y por un camino distinto. Durante el descenso llegó a unas tierras de cultivo. En un borde había una trampa que retenía un antílope en comienzo de descomposición. Okana Meyi lo liberó, lo cortó en partes y se encaminó hacia la granja para encender fuego y conservar la carne.
Estaba curando la carne cuando apareció el dueño de la granja y le pidió cuentas. Okana Meyi le explicó que obró por generosidad, para que el animal no se pudriera por completo. El dueño, al entender la bondad del gesto, se lo agradeció y le dio una pierna del antílope. Desde entonces esa es la pieza que el sacerdote de Ifá reserva para sí cada vez que sacrifica un animal. Por eso se describe a Okana Meyi como el Ifá a quien se dio libertad para progresar, y a sus hijos se les recomienda dedicarse al cultivo de la tierra, pues a él le fue bien en eso.
Una vez nacido en el mundo y ya adulto, fue granjero, aunque los primeros tiempos fueron de mala fortuna. Cultivaba sobre todo ñame y maíz, y los animales se comían con frecuencia lo sembrado. Consultó la situación y le indicaron confeccionar una túnica con bolsillos por todos lados, rellenos de kola y de kola amarga, pasarse un pollo por el cuerpo y empuñar un bastón. Debía reunir además tierra y materiales tomados en lo alto de dos colinas vecinas y en los dos extremos del techo de su casa. Con todo ello invocaría a Eshu para que ahuyentara de la granja a los animales entrometidos. Okana Meyi realizó la obra. Eshu, ya satisfecho, colocó trampas que nadie veía alrededor de las tierras, y los animales fueron cayendo uno detrás de otro. Libre de ellos, empezó a progresar, y además reunió mucho dinero vendiendo la carne de lo que Eshu atrapaba.
Con ese dinero se casó. Pasaron los años sin que su esposa tuviera hijos. Una noche ella soñó que Okana Meyi bailaba por todo el pueblo seguido de una gran multitud, y fue a consultar qué significaba. El sacerdote le mandó preparar palos de punta afilada y reunir un manojo de ají pimiento, y ofrecerlos a Eshu rogándole que convirtiera su mala suerte en buena. Ella lo hizo de inmediato y todo en su vida mejoró, pero no se embarazó.
Okana Meyi ignoraba que su mujer era una bruja dañina y sin compasión. Más tarde, mientras dormía, el ángel de la guarda de Okana Meyi le reveló la verdad: era él mismo quien le impedía tener hijos. Lo resumió con un poema: la serpiente nace con su bolsa de veneno, del mismo modo que la bruja se alimenta de la hechicería de las entrañas de su madre. Al final la mujer se marchó, y poco después fallecieron también los padres de Okana Meyi.
Tras la pérdida de su esposa y de sus padres, quiso mudarse una temporada. Visitó a Kponrikpon Abidi Tirigi, sacerdote de Ifá, quien por adivinación le dijo que ofrendara para no extraviarse en el bosque. Tenía que ofrecer un cerdo a su propio Ifá y un chivo a Eshu, preparar 16 paquetes de pan frío de maíz y de pasta de frijol para el trayecto, y emprender el viaje con dos perros.
Cumplió la ofrenda, dejó su casa de siempre en Ilaye Ule y se dirigió a Ilaye Oko, para apartarse allí un tiempo. Ignoraba que ese camino se había vuelto una pesadilla: quien lo recorría desaparecía sin llegar nunca, y nadie conocía la causa.
A medio camino los perros sintieron hambre y él les repartió parte del pan frío y de la pasta de frijol. Mientras comían, surgió una boa constrictora de origen misterioso, se lanzó sobre los perros y los devoró. Luego la serpiente se volvió lenta y débil, y Okana Meyi, con una estaca resistente, le dio muerte. La dejó allí y continuó hasta Ilaye Oko. Al contar su experiencia a la gente, esta entendió que esa boa era la que hacía desaparecer a los viajeros entre ambos pueblos.
Muchos lo acompañaron al sitio para destruir a la serpiente. De ella tomó únicamente una piedra pequeña hallada en el estómago, el iyin osumale, y el aceite, y dejó la carne a los habitantes. Aquel suceso extraordinario le dio fama y bienestar como sacerdote de Ifá. Además, el pueblo le ofreció varias mujeres como esposas.
Un gesto de generosidad hecho sin buscar nada puede abrir un camino que la persona no esperaba. Quien cumple la ofrenda cuando todo le sale mal ve cambiar su suerte. Lo que parecía un peligro, como la boa del camino, terminó siendo fama y bienestar.
Una paloma, un chivo, una chiva, una gallina, un pescado y una jutía, por consejo de Asokon Deji, para presentarse ante Olodumare.
Una túnica con bolsillos por todos lados, rellenos de kola y kola amarga. Pasar un pollo por el cuerpo y llevar un bastón en la mano. Reunir materiales de lo alto de dos colinas vecinas y de los dos extremos del techo de la casa. Todo sirve para invocar a Eshu y que aleje a los animales.
Palos de punta afilada y un manojo de ají pimiento para Eshu, con el ruego de que cambie su mala suerte en buena fortuna.
Para no extraviarse en el bosque: un cerdo para su Ifá, un chivo para Eshu, 16 paquetes de pan frío de maíz y de pasta de frijol, y dos perros que lo acompañen.
Al salir este odu con los ikines, conviene preguntar si hay un familiar muerto que aún no ha recibido su entierro definitivo y si hay en la familia una mujer sin hijos. A un hombre con esposa sin hijos se le avisa de que probablemente ella lo dejará, porque su ángel de la guarda nunca dio su aprobación a esa unión. A los hijos de Okana Meyi se les recomienda aficionarse a la agricultura.
Una serpiente es como una bruja en el vientre de su madre, la serpiente hereda la bolsa de veneno asi como la bruja chupa la hechicería de las entrañas de la madre.