Antes de dejar el cielo, Okana Meyi hizo sacrificio y bajó por una ruta distinta a la planeada. En el camino halló un rancho con una trampa donde un antílope empezaba a descomponerse; lo descuartizó y preparó fuego para salvar la carne. El dueño, al comprender su gesto, le agradeció y le entregó una pierna del animal — la parte que el sacerdote de Ifá toma hasta hoy cuando sacrifica. Por eso se dice que a Okana se le dio una mano libre para prosperar.
En el mundo se hizo granjero, pero los animales le devoraban las cosechas. Por adivinación se hizo una túnica con bolsillos llenos de nueces de kolá, se limpió con un pollo, tomó un bastón y recogió tierras de dos colinas y de los aleros de su casa para invocar a Eshú. Apaciguado, Eshú plantó trampas invisibles alrededor de la granja que atraparon a los intrusos uno tras otro, y Okana prosperó además vendiendo la carne.
Cuando enviudó de su primera esposa — que resultó ser bruja y a quien su ángel de la guarda le impedía tener hijos — decidió mudarse. Sacrificó un chivo a Eshú, un cerdo a Ifá, y viajó con dos perros y dieciséis paquetes de panes fríos. A mitad de camino, una misteriosa boa — la que se tragaba a los viajeros de aquella ruta — atacó y devoró a sus perros; debilitada, Okana la mató con una estaca. Esa hazaña lo lanzó a la fama y a la prosperidad, y en el pueblo le entregaron varias mujeres en matrimonio.