Una bestia feroz sembraba el terror en un pueblo y en las zonas vecinas. Mataba a menudo; la víctima más reciente era una mujer humilde que había ido al bosque por leña.
Un joven pariente de la mujer, casi un niño, se enteró y pensó que, mientras nadie acabara con la fiera, su propia madre podía ser la siguiente. Decidió actuar: se armó con una lanza y un arpa típica de su región y marchó al bosque a buscarla.
La encontró cerca del río. Al verlo, la fiera preguntó cómo se atrevía a estar en su reino sin miedo. El niño, tranquilo, contestó que era del pueblo vecino y que iba a cazar presas pequeñas. La fiera quiso saber para qué llevaba esos objetos tan pequeños, que no parecían peligrosos, y él respondió que eran para acompañar su soledad con música. Llena de curiosidad, la fiera dijo que, mientras ella se bañaba, él debía tocar.
Después de oírlo, la fiera se lanzó al agua y el niño empezó a arrancar al arpa melodías suaves. El animal quedó embelesado y el niño, aprovechando esa ternura, armó su arco y su flecha. Disparó y atravesó el corazón de la fiera, que murió.
Feliz con su victoria, el niño volvió al pueblo y anunció a la gente que había matado a la fiera y que podían venir a celebrar con él. Nadie lo creyó, pues no concebían tanto valor en un niño. Se asombraron cuando llegaron al río y vieron al temido animal muerto, con la flecha en el corazón.
La valentía no depende de la edad. Quien reflexiona y usa su ingenio puede derrotar a lo que asusta a los adultos, y aunque al principio no le crean, la verdad queda a la vista.
Al concluir el ebbó, se entrega el gallo a Eshu, las palomas a Oshosi y las gallinas a Oshún. Los otros elementos se consultan con Ifá.