Obá habitaba la tierra Obayokoye, y allí vivía pobre y con tristeza: su tierra no levantaba, porque quienes la poblaban rehuían el trabajo y se sostenían con lo que ella conseguía. Aquello venía de una maldición de Shangó, a quien Obá, envanecida de su propio poder, le había hecho pasar un bochorno; desde entonces se mudó a ese lugar, que ella misma bautizó, un sitio raquítico al que nadie reconocía. Al llegar entonó: «Obayokoye lodeo mamawo iba soreo». Del lugar fueron saliendo sus pobladores, flacos y enfermos, aunque a su modo vivían conformes. Obá les propuso: «Yo los voy a ayudar para que vivan mejor». La respuesta fue: «Nosotros estamos contentos así». Con esa gente batalló Obá sin lograr que Obayokoye prosperara. Cierto día se detuvo junto a un río y se puso a rogarle a Olofin que la socorriera; luego siguió caminando hasta la tierra de Obaaye, morada de Shangó y de Elegba. Shangó la reconoció de lejos y, escondiéndose, llamó a Elegba y le encargó: «Mira, allí está Obá: vete con ella para que la ayudes, que yo voy a llegar antes que ustedes y le voy a hablar a esa gente de la tierra Obayokoye — y al que no me haga caso, se lo voy a entregar a Ogún». Cumplió lo dicho, y para cuando Obá y Elegba pisaron aquel suelo, ya todos trabajaban y rendían fruto.
Al entrar los dos y ver ella el cambio, la alegría la desbordó y le comentó a su acompañante: «Parece que Olofin me oyó». Elegba respondió con un canto: «Obanile onire Shangó, obanile baba guaye Shangó». A Obá se le soltó el llanto de pura emoción por la obra de Shangó. Elegba la llamó entonces: «Mira lo que ha dejado Shangó». Ella volteó y descubrió seis otás. Vino en seguida la indicación: «Esto tú tienes que atenderlo y darle de comer guinea». Pasado el episodio, Elegba enamoró a Obá y de ellos nació un hijo, a quien nombraron como la tierra: Obayokoye. El muchacho creció, y tampoco a él lo movía el trabajo; Obá le llevaba una queja tras otra a Elegba, hasta que este perdió la paciencia, tomó a Obayokoye y lo dejó puesto en un camino. Tiempo después Shangó pasó por ahí y dio con el omó Obayokoye, quien le habló: «Mira cómo estoy, Shangó». La respuesta fue: «Esto te ha pasado por tu desobediencia: así que tú vivirás del destino». Nota: aquí Eshu Obayokoye es esclavo de Obá.