Un muchacho tenía una novia y solía ir a verla a cierto punto. Su madre lo mandó a casa de Orunmila, que le hizo osode y le vio este Ifá, Oggunda Trupon; le dijo que hiciera ebbó, porque lo iban a matar. Ya de salida, en el camino se topó con un amigo, que le preguntó qué cosa le pasaba, y él respondió que nada: que solo había ido a casa de Orunmila y le tocaba hacerse rogación. El amigo se burló: «Anda, bobo. ¿Tú crees en eso? Ese Orunmila lo que es un brujo vividor: vamos ahora a tomar aguardiente». Se fueron juntos, y apenas empezó a beber se le cortó el cuerpo al muchacho; al rato, ya en otra bodega, el amigo lo convida de nuevo a otro trago. Entretanto, donde la novia — que era una casa de mujeres de la vida — sorteaban quién le daría muerte al último en llegar, y el encargado de matar era Ogún Alaguedé.
De tan borracho, el muchacho se quedó parado en el camino. Su madre, al ver que tardaba, salió para casa de Orunmila e hizo ella el ebbó por su hijo. Cuando por fin el muchacho llegó donde la novia, lo agarraron y lo encerraron en un cuarto. Forcejeó hasta zafarse de la soga y buscó escondite detrás de la puerta, mientras afuera lo buscaban. Se había fijado en dónde guardaba Ogún su machete: lo tomó y, escurriéndose, salió y con él mató al caballo de Ogún. Al ver correr la sangre, todos rompieron a cantar: «Sara ikoko ogunde Ogún onile Ogún lokua». El muchacho montó su caballo y se escapó; al cruzar el río recogió flor de agua (oyú oro) y con eso se cubrió el cuerpo, con lo que a Ogún se le quitó la furia y la gente se calmó. Llegó a casa de Orunmila y allí se salvó; Orunmila le mandó darle moforibale a su madre, pues gracias a ella, que hizo ebbó por él, quedó con vida. Nota: aquí nace que, por medio de la madre, se le pueda hacer ebbó o cualquier ceremonia a los hijos.