Un pueblo se juntó a deliberar porque le hacía falta alguien con sabiduría al frente, que condujera los asuntos en provecho de todos, y el nombre en que coincidieron fue el de Orunmila. Salieron a buscarlo. Como ocurre siempre, entre algunos brotó la envidia y el apetito de mando, y quedó resuelto entre ellos quitar de en medio a Orunmila.
Aquel mismo día Orunmila se hizo un osode y le salió este Ifá. La letra le advertía que, si venían a llamarlo a una junta, no acudiera, y que tampoco dejara que le pusieran encima cargo alguno, porque los envidiosos y los egoístas le tenían armada una trampa.
Cuando la junta se celebró, el parecer de la mayoría fue nombrar a Orunmila: que él los representara y trabajara por la felicidad de todos. Orunmila tomó entonces la palabra: «Ya yo he estado algún tiempo entre ustedes y les he enseñado cómo deben de vivir para que sean felices; pero yo no puedo quedarme para siempre con ustedes en esta tierra, pues mi misión es recorrer el mundo para llevar el conocimiento, las buenas costumbres y la salvación de Ifá a todos los que me oyen en las distintas tierras por las que paso. Estoy seguro de que entre ustedes hay personas honestas y buenas que pueden hacer mucho por la felicidad del pueblo».
Dicho eso, abandonó aquella tierra y los dejó con sus asuntos, para que los arreglaran ellos mismos.