La tierra de los homosexuales —adodi y alakuatas— estaba bajo el gobierno de Inle, y en una ocasión él mandó llamar a Orunmila, que alistó lo necesario para un viaje tan largo. En cada tierra por la que iba pasando, la gente le rogaba quedarse a vivir ahí, y en cuanto sabían que su destino era la tierra de Inle Abata le cerraban toda ayuda. Así se le fue acabando la comida que traía en el apó, su saco, y le tocó pasar trabajo.
Llegó a la tierra de Inle Abata muy desmejorado y sin fuerzas. Al ir cruzando el puente tendido sobre el río, por donde se llegaba a la casa de Inle Abata, el desmayo lo venció y fue a dar al agua.
Así lo vio un grupo de afeminados —adodi—, que comentaron entre ellos: «Ha caído un viajero al río». Habló uno: «¿No ven que ha caído un hombre al río?», y le contestó otro: «¿Quién podrá ser? Pues nadie desea visitarnos». Se acercaron a la orilla y encontraron a un hombre tirado en el fango; el collar que traía puesto les hizo ver que se trataba de Orunmila, el mismo a quien Inle Abata aguardaba. Unos cuantos corrieron con el aviso a Inle Abata; los demás lo levantaron del lodo, lo bañaron, le pusieron ropa limpia y le dieron de comer.
Para cuando Inle Abata estuvo frente a Orunmila, este ya se había repuesto y vestía ropa limpia, por obra de quienes lo socorrieron.
Nota: a nadie se desprecia, tampoco a quien arrastre un defecto del cuerpo o de la conducta; démosle el mismo trato y el mismo respeto que a los demás, mientras se conduzca con decoro en su casa, porque nunca se sabe quién vendrá a auxiliarlo mañana: si un gavilán, una paloma o un pájaro.