1Por no creer en Orunmila perdió todas sus riquezas
El soberano de una comarca próspera se presentó ante Orunmila para saber algo de la vida de su hijo. Del osode salió este Odù de Ifá, y con él la orden de traerle al muchacho para hacerle ebbó; de no cumplirlo, padre e hijo tendrían por delante grandes dificultades.
El rey quiso saber qué dificultades podían caerles encima, con todo el poder que él tenía, y sin más se retiró de la casa de Orunmila.
Tiempo después, el hijo dejó el castillo y anduvo recorriendo la ciudad. En el patio de una casa se fijó en un hermoso cerezo cargado de frutas. Al fondo de ese patio había un señor ocupado en sus labores. El niño entró, trepó al árbol para alcanzar las frutas y no pidió permiso a nadie. Cuando intentó bajar, no pudo; cuando intentó hablar, tampoco.
Se le fue así un buen rato. El rey advirtió la ausencia y mandó a uno de sus vasallos a buscarlo y traerlo de vuelta. El criado llegó a la altura de aquel patio, distinguió al niño encaramado en el árbol, y entró a sacarlo también sin permiso: apenas estuvo bajo la mata, quedó paralizado igualmente.
Pasó mucho tiempo de esa manera, y la preocupación llevó al rey a salir personalmente en su busca. Al acercarse al patio en cuestión vio a su hijo arriba, en la mata, y a su criado abajo, al pie del árbol. Intrigado, se encaminó hacia allá, y antes de pasar le pidió permiso al señor que seguía al fondo.
Ya adentro tomó una silla, se sentó y llamó a su criado; este le contestó que no lograba moverse, ni él ni el muchacho, sin que se supiera la razón. El rey llamó entonces al dueño del patio, que se acercó a preguntarle qué era lo que quería. Le dijo que su deseo era ver bajar a su hijo de aquella mata. La respuesta fue que el muchacho había entrado y se había subido al árbol sin permiso, y que para bajar de ahí y regresar a su casa había derechos que pagar: entregarle parte de sus tierras y propiedades.
El rey aceptó. El señor pronunció unas palabras mágicas y le devolvió al niño el habla y el movimiento; el niño bajó de la mata y corrió hacia su padre. Resuelto eso, el rey preguntó por qué el criado seguía sin poder caminar, y el otro le contestó que porque todavía no se había pagado derecho alguno por él. Quiso saber el rey cuáles serían esos derechos, y el señor le respondió una sola palabra: tierras.
También aceptó. Las palabras mágicas se repitieron, el criado recobró de inmediato el movimiento y se acercó al rey y a su hijo.
Con los dos a su lado, el rey agradeció al señor y se preparó para irse con ellos. La sorpresa del monarca fue no poder levantarse. Volvió a dirigirse al dueño del patio para preguntarle por qué se veía imposibilitado de ponerse de pie. La respuesta le llegó sin rodeos: «Usted me ha pedido permiso para entrar en el patio, pero no para sentarse en mi silla, por lo cual tiene que pagar un derecho». El rey preguntó cuál era, y el señor le respondió que para dejar esa silla tendría que entregar su corona. No le quedó más remedio que entregarla.
Así perdió sus tierras y su corona por no atender los consejos de Orunmila: por culpa de su hijo fue a dar a manos de un gran ozainista, y quedó rico el dueño del patio, que era un ozainista avecindado en ese pueblo.
2El camino donde nació la pintura
En la tierra Boribalara tenía su casa Awó Beyekún, hijo de Shangó. Su mujer, Gueyere, era de mucha hermosura; rezaba muy bonito y sus suyeres eran igual de bonitos, y él la quería con locura, aunque le molestaba verla plantada frente al espejo.
Por otro lado, Omó Legun le había hecho Ifá a un hijo suyo, Awó Asheri Bawa, quien a su vez tenía con Oyá una muchacha en la que nadie se fijaba, porque no llamaba la atención. Ese era el desvelo del padre: la hija repetía siempre que para el amor no le tocaba ninguna suerte.
Cierto día la llevó ante Omó Legun, su padre, buscando que él le resolviera algo. La indicación fue ponerla al pie de Osain. Para eso le entregó palos y hierbas, con el encargo de llegar hasta donde vivía Osain cantando durante todo el trayecto para que este lo escuchara: «Agogo ni legun, agogo ni le Osain ni guagua, agogo ni lekun, agogo ni le».
Al oírlo, Osain preguntó: «¿Quién viene a buscarme, que me está llamando?». Tenía un espejo en la mano, y en él alcanzó a ver la sombra de aquella mujer, por lo que añadió: «Tengo que desfigurarla; es fea, no tiene suerte, tengo que ponerla bonita, pero me falta algo que, cuando Shangó vino, yo le dije que no me hacía falta, y se lo llevó a Orunmila. Deja ver qué puedo hacer».
Padre e hija llegaron y Osain los recibió con mucho gusto. Escuchó de ellos el motivo de la visita, pero les advirtió: «Hay que ir al pie de Ifá para que Orunmila determine y le dé una cosa que a mí me hace mucha falta para hacerle inshé». Añadió que a la muchacha había que llevarla ante Oyá, su madre, de modo que a la hora en que Ifá le hiciera la ceremonia, Oyá comiera al lado de Orunmila; y que hicieran el trayecto con este canto: «Evo evo nidira evo gulleguayo, evo evo toviseleso evo gulleguayo».
Salieron con todo en una jaba, salvo la pintura, que no llevaban. Ifá los escuchó venir y preguntó: «¿Qué vienen a buscar estas gentes?». Awó Asheri Bawa contestó: «Vengo a que mire a mi hija». Del registro que le hizo Orunmila salió Otrupon Yeku, y su palabra fue esta: «Me alegro que hayas venido junto con Oyá, porque hay que darle de comer junto con Orunmila y el gran secreto, y entregarte lo que le falta: la pintura, el lápiz de cejas, el creyón de labios».
Cumplida con Ifá la ceremonia para Orunmila y para Oyá, el gran secreto de Oyá le advirtió que aún faltaba algo: para terminar de enderezar la situación de la muchacha, había que volver al pie de Osain.
Allí Osain tomó un pescado fresco, se lo pasó por la cara, con la sangre alimentó el inshé, le sacó los ojos y se los metió dentro junto con un poco de escama. Después la bañó con granada, botón de oro, orozús, siempreviva, paraíso, hojas de párami, miel y zumo de calabaza. En pleno baño mandó llamar a Oyá para que le lavara la cara; enseguida, con los ojos cerrados, se puso a pintarla. Al acabar le acercó un espejo, y la muchacha se halló muy bonita; Oyá y Awó Asheri Bawa la encontraron tan linda que no cabían de contentos. Osain la despidió con un encargo: «Tienes que pasearte por el pueblo».
De regreso en su tierra causó admiración en cuantos la miraron, y no hubo en el pueblo mayor atractivo que ella. Por ahí pasaba Awó Beyekún, que al verla tan linda quedó prendado, y ella de él. Ella le puso una condición: «Yo te acepto, pero tú tienes que ir a mi casa para yo hablar con mi secreto». Él lo estuvo pensando; el enamoramiento pudo más, y respondió: «Sí, mañana voy para allá».
Ella dejó listo su inshé y le dio un pollo. Awó Beyekún llegó, la vio y quedó sorprendido, más enamorado todavía. Entonces ella le habló claro: «Yo sé que tú tienes tu mujer, pero si tú quieres algo conmigo, tienes que venir para acá, que yo lo abandono todo y me iré del lado de mi padre y mi familia para donde tú quieras». La respuesta de Awó Beyekún fue: «Dame tiempo». Ella insistió: «Búscame otro lugar para irnos, para otra tierra». Él lo dio por imposible, aunque recordó que a poca distancia quedaba una casa muy bonita. Salió con ella, se la mostró, y desde ahí vivieron juntos. Era ella mujer viciosa, y él se enamoró de tal manera que su propia casa quedó abandonada.
Un día, sentado a la entrada de una manigua, le llegó una voz con este aviso: «Sacúdete, dale un gallo a Shangó y mírate con tu Ifá». No atendió el aviso, siguió esclavizado, y cada visita a su casa terminaba con algún reproche a Gueyere, su mujer.
Ella se percató de todo aquello y resolvió: «Voy adonde está Ifá a ver qué me dice». Ante Ifá le salió Oyekun Batuto, y allí le explicaron lo que le correspondía hacer. El ebbó llevaba: cochinilla, guía de boniato, calabaza, flor de cacao y un pollo. Orunmila se lo hizo y le mandó untarse aquello en la cara; fue así como Awó Beyekún se quedó con ella.
3Los agricultores de maní
Los habitantes de la tierra Imale comerciaban con maní: era eso lo que cosechaban, y de ahí les salía lo justo para vivir. Con el tiempo, sin embargo, aquel pueblo entero vino a menos, porque había dejado de atender a Orishaoko y a Shangó, patronos de ese comercio y santos a los que antes rendía culto.
Ambos se pusieron de acuerdo y se unieron para escarmentar a esa gente de tan mal proceder. Desde entonces, apenas levantaba la cosecha, el trueno caía sobre la tabla del maní y arrasaba con toda la siembra; en otras temporadas la mata no daba, o lo que se lograba recoger no alcanzaba. Cada día se veían peor: unos cayeron enfermos y otros llegaron a morir.
En ese estado resolvieron presentarse en casa de Orunmila, que al verles este Ifá les señaló ebbó con limpieza, además de rogarle a Orishaoko y a Shangó y darles de comer, para poder agarrarse sobre todo de Shangó. Los agricultores cumplieron por ellos y por sus familias, y llevaron comida y frutas a Shangó y a Orishaoko. Así obtuvieron el perdón: aquel año la cosecha superó a la de los años anteriores, y toda la gente salió del gran aprieto en que estaba.
To iban Eshu.