Cuando Dios terminó de crear la tierra, las divinidades se dieron cuenta de que andaban desnudas y de que sin las cosas buenas de la vida aquel mundo no sería habitable. Subieron todas al cielo a pedirle a Dios los instrumentos que hacen feliz la estancia aquí abajo. Antes de emprender el camino se registraron, y el verso de los adivinadores decía que la vida consume leña y bebe por su boca hasta apagar la sed, y que es puercoespín recio, capaz de gritar como hombre desde el fondo del hormiguero. La marca fue clara: torta de maíz, caña de azúcar, pudín de frijoles (moyin moyin) y una escobilla (oroke). Ya fuera de la casa de los Awoses se pusieron a deliberar. Les extrañaba que alguna fuerza reclamara ofrenda cuando Dios, de tan buena gana, ya les había prometido los regalos; concluyeron que aquello salía sobrando, y ni repararon en lo baratos y corrientes que eran los materiales pedidos. Orunmila fue el único que dijo que sí ofrendaría: poco antes Dios mismo les había mostrado que las fuerzas destructivas son capaces de arrebatarles la fortuna si nadie las apacigua. Los demás se rieron de él y lo llamaron «el padre del sacrificio». Orunmila juntó lo pedido y cumplió, y por su cuenta añadió un chivo a Eshu, porque sabía que sin ese apoyo no llegaría lejos. Los Awoses le entregaron la torta de maíz, la caña, la miel y el pudín para que los cargara en su bolsa, con el encargo de dárselos a Elenini; y con la piel del chivo le armaron un tamborcito para el viaje.
Dios puso una sola condición: cada quien podía sacar de la tesorería lo que fuera capaz de cargar hasta la base. Elenini, que guardaba aquel tesoro, tomó figura de inválido furioso y salió al paso de cada divinidad en el camino de vuelta; una por una les quitaba lo recogido y lo devolvía a la base. Tal como se lo habían advertido, Orunmila emprendió el regreso al final. Al toparse con el inválido se paró en la puerta y le anunció a aquella criatura espantosa que traía regalos para él: le dio primero la miel, luego la caña de azúcar y enseguida el pan de maíz y el pudín de frijoles. Y mientras aquel se ocupaba en comer, Eshu apareció y le indicó a Orunmila que empezara a tocar el tambor con la canción «Aro oludena gburu, ki ejo aro oludena», que anunciaba su bajada a la tierra cargando lo bueno que hace feliz una vida. Al son del canto, el inválido recogió la escobilla para Orunmila y se puso a bailar; entonces Eshu le arrebató el tambor y redobló más fuerte, el inválido dio vuelta rumbo al cielo y Orunmila siguió su camino. De ese modo fue la única divinidad que logró enriquecer la tierra con los instrumentos de la prosperidad. En Igbodu: quien no ofrende verá que los estorbos le cierran el destino y lo que dejó pedido en el cielo. En registro ordinario: el hombre debe hacer Ifá; la mujer, casarse con un Babalawo o convencer a su esposo de recibirlo.