1El caballo que no sacrificó
Al caballo lo registraron todavía en el cielo. Le dijeron que sacrificara si quería librarse del oficio humillante de cargar sobre el lomo a los hijos de los hombres: una gallina, un conejo y sus aparejos. El caballo se negó.
De ahí que la especie entera quedara convertida en bestia de carga, y que hoy lleve encima a las crías de los humanos y no a las suyas. En registro ordinario: hay que sacrificar para no acabar criando hijos ajenos mientras los propios se quedan sin criar. A la mujer se le advierte que no cargue hijos de nadie mientras no quede embarazada.
2Onidiro, la esposa de Orunmila
Onidiro vivía como esposa de Orunmila cuando se hizo esta adivinación. Andaba en coqueteos con otros hombres y su marido estaba enterado; aun así, al reclamárselo, ella lo negó todo y aseguró que jamás se había conducido de ese modo.
Orunmila le fue nombrando uno por uno a los hombres con los que se había acostado, hizo valer su autoridad sobre ella y le echó una maldición: desde entonces, cada cierto tiempo, le tocaría servir su cabeza. Onidiro es como se llama la gallina en el cielo, pues fue esposa de Orunmila antes de volverse gallina. En registro ordinario, a la mujer: que no engañe a su esposo, si no quiere cargar con una maldición. Al hombre: que aguante la tentación de engañar a su pareja, porque acabará hecho un pálido reflejo de sí mismo.
3La representación de Olokun
Su sobrenombre era Okonron Tutu, el comerciante, y con ese mismo oficio pensaba bajar al mundo. Antes de salir se registró, y le marcaron cinco obras: un chivo para Eshu; una rata con un águila y un aura para su cabeza junto con su Ángel de la Guarda; la unión de tres caminos, servida con cuatro palomas y tela blanca, donde además el sacerdote debía bañarse; la bendición de Dios, pedida con paloma y tela, ambas blancas, más cascarilla y plumas de loro; y, por último, Olokun, servido con una de aquellas palomas. El orden importaba: Eshu iba primero, porque de él dependía que consiguiera el águila y el aura, y detrás venía Ogún, con un perro.
Eshu fue a hablar con el águila y la convenció de bajar el vuelo, que abajo la comida se daba más fácil; luego movió a Ogún para que le tirara. El ave estaba comiendo plátanos en una granja cuando el cazador la derribó y se la entregó a Okonron Tutu; también por obra de Eshu, ese mismo cazador mató el aura junto al mar. El trabajo le costó caro a Ogún: no tenía costumbre de la orilla y se enfermó de gripe. Orunmila le armó un fuego, le dio una jicotea y con eso sanó. Ya con el águila y el aura, Okonron Tutu sumó la rata y sirvió su cabeza y su Ángel de la Guarda. Cumplió también con lo demás y le pidió a Olokun que se fuera con él. Olokun no aceptó, pero se comprometió a mandarle a alguien que lo acompañara, con una advertencia: que no la dejara en el olvido allá abajo. Así partió, con la representación de Olokun.
Ya en la tierra, cada quien siguió su propio rumbo y ninguno reconoció al otro. Él puso su comercio y no le iba bien, ni conseguía con quién casarse; ella, apartada del rumbo que el destino le había señalado, se abandonó a la holganza. Él se registró: obra para Eshu, para Ifá y para su cabeza, con una medicina que los Awoses le prepararon en una calabaza y un baño en el río; después siguió vendiendo cuentas de coral en el mercado. Ella también se registró, buscando marido, y le marcaron chivo a Eshu, más cuentas y una paloma para servir su cabeza; le advirtieron que el hombre tenía que ser un Awó. Sirvió a Eshu y se fue al mercado por las cuentas y la paloma, y las cuentas que buscaba eran justamente las que vendía Okonron Tutu.
Verla y quedar prendado fue una sola cosa, y ella también se sintió atraída; pero al oír el precio dijo que no traía dinero. Él la convenció de acompañarlo a su casa para hacer allí el sacrificio: puso la paloma y las cuentas y le sirvió la cabeza, y como la tradición manda que quien sirve su cabeza no salga, ella se quedó a dormir ahí; durmieron juntos y coabitaron. Esa noche Olokun se le apareció en sueños y lo reprendió por no haber buscado antes a la representación que le había mandado: la mujer que tenía al lado era la enviada, la esposa que le estaba destinada. Le pidió además un sacrificio con paloma, cascarilla, caurís y plumas de loro, junto con todo lo que se ofrece en el mar. Al despertar consultó a Ifá, que le confirmó el sueño; sin dejar pasar el tiempo la tomó por esposa y ella pronto quedó embarazada. El negocio prosperó, y vivieron felices y con salud para siempre.
En Ugbodu: la persona debe recibir Olokun; de estar soltera, la próxima mujer que se le presente es la esposa que le corresponde, y de estar casada, dará con una hija de Olokun después de iniciarse. En registro ordinario: chivo a Eshu y los obsequios de costumbre con una paloma, sea al mar o al río, porque Olokun le tiene guardado un regalo.
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