Este Odù bajó al mundo en tiempos en que todavía se podía ir y volver entre la tierra y el cielo. Los que visitaban la tierra regresaban con relatos de pleitos, y por eso nadie se lanzaba al viaje sin pensarlo despacio. Cuando le tocó su turno, fue a registrarse para saber cómo tener una estancia feliz, y buscó a un Awó de nombre «Yo no seré víctima de la muerte masiva en la tierra». El Awó fue franco: el mundo estaba en guerra y, aunque ofrendara, no habría manera de aminorar sus efectos. La marca fue una guinea para su cabeza y un chivo para Eshu Obadara, el Eshu de los bosques. Cumplió.
Al llegar se topó con varios ancianos, pioneros de la tierra, y no tardó en sentir en carne propia las tribulaciones del mundo: en su comunidad se morían antes de tiempo diez personas cada día, cuando menos. Viendo que casi nada estaba en sus manos, resolvió subir de nuevo al cielo para consultar con más hondura. Se fue derecho con su adivinador, que estaba enfermo, y éste le ratificó que el mundo era tan espantoso como lo había anunciado; le encargó que juntara pedazos de todo lo que se come, los guardara en una bolsa y, ya de vuelta en la tierra, la colgara de un árbol del bosque. Hizo el sacrificio tal como se lo indicaron, y a partir de entonces pudo librar al pueblo de la muerte. En Igbodu: a la persona le corresponde ejercer el sacerdocio de Ifá, con el don de traer salvación a la humanidad que sufre; además del Eshu que acompaña a su Ifá, debe montar un Eshu Obadara para mandar sus recados.