Antes de dejar el cielo, su Ángel de la Guarda lo puso a elegir: llegaría a la tierra con la fuerza del cuerpo o con el ejercicio del Ifismo. También lo mandó atender a la divinidad de la Muerte si quería vida larga, y le marcó chivo a Eshu, garrote y tela roja; se negó a darlo. Le ofrecieron entonces una salida más corta, únicamente el chivo para Eshu, y tampoco quiso. Encima presumió que ni la Muerte ni Eshu tenían modo de tocarlo. A su salida del cielo los dos ofendidos despacharon malhechores tras él: uno era hombre, mandado por la Muerte; la otra, mujer, mandada por Eshu. Ya abajo ejerció como sacerdote de Ifá, aunque la gente lo tenía reconocido por lo que hacía con la fuerza: contra lo que enseña el Ifismo, echaba encantamientos duros y diabólicos sobre cualquiera que lo ofendiera. Al poco tiempo se cruzó con la mujer que Eshu había mandado. Le pareció hermosísima, la quiso desde que la vio y no tardó en casarse con ella. Al primer mes de matrimonio ella esperaba familia, y el niño que parió era justamente el bribón que la Muerte había puesto en su camino.
El muchacho creció mirando cómo todos le sacaban la vuelta a su padre por miedo, y él mismo se hizo un joven fuerte y temido, iniciado en la sociedad palaciega del rey. La ferocidad del padre le repugnaba, así que una y otra vez fue con el rey a acusarlo de sacrificar seres humanos: había dado con unos cráneos y unos cuerpos que Eshu, sin ruido, dejó en el fondo de la casa. El rey mandó traer al padre y abrió una investigación, y de ahí salieron dos cuerpos ejecutados hacía poco. Okonron Idi no tuvo cómo explicarlos: los vio por primera vez cuando ya salía rumbo al palacio, y ahí mismo cayó bajo encantamiento. Frente al trono lo acusaron de sacrificios humanos; él, sin entender nada, rechazó cargo por cargo, pero como no tenía defensa quedó sentenciado a muerte y lo amarraron para ejecutarlo. Enseguida el rey hizo llamar al hijo y le hizo ver que quien entrega a su propio padre igual lo entregaría a él; por eso también lo sentenció. Padre e hijo murieron ejecutados el mismo día. En Igbodu se manda de inmediato el sacrificio especial: las imágenes de barro, el chivo, la tela roja y las tijeras de Ogún, con servicio a la Muerte en un cruce de caminos. Se hace para alcanzar vida larga, para que el hijo no mate al padre y para no cometer un asesinato ni cargar con uno hecho en su nombre. Y quien tenga hijos, sepa que hay uno mirándolo con malos ojos.