En su tierra aquel Awó gozaba de fama, y en su casa servía un muchacho de criado. Cierto día lo mandó llamar: «Te voy a hacer osode, para ver cuál es tu camino en la vida». Cayó el ókpele, apareció este Odù, y al Awó se le mudó el humor: violento, sacó de la casa al muchacho. Sin padres ni parientes que respondieran por él, y sin entender la razón, el criado tomó rumbo al campo, llorando. Allí lo encontraron dos hombres y un muchachón — Elegba, Ogún y Oshosi — que quisieron saber qué buscaba en un paraje tan peligroso. Escucharon su historia y le pidieron dibujar en la tierra la figura que había caído. Elegba la miró y habló: «Ese Awó te echó porque con ese Odù él tiene que hacerte Ifá con lo mucho, poco o nada que tú tengas — y como no tienes nada, él lo tiene que poner todo. Toma este dinero, regístrate con tres Awoses y haz lo que te digan».
Ante los tres Awoses el signo se repitió, y de ellos recibió el recado: «Regresa a casa de tu padrino y dile que si él está bravo, Olofin está más bravo aún. Recuérdale cuando en la selva un tigre lo iba a matar, y un cazador que no se dejó ver lo mató con una flecha: ese cazador era el mismo Olofin, que le salvó la vida para que, cuando tú llegaras a su casa, él te hiciera Ifá». Cumplida la encomienda, el Awó accedió a la consagración, aunque a regañadientes: se quejaba del dinero que aquello le costaba, y después no le transmitió una sola enseñanza. De ahí en adelante se le fue la salud y se le enredaron los tratos con los Santos y con el vecindario, hasta que murió. En ese mismo instante el ahijado pasó a ocupar su puesto en aquella tierra, y llegó a ser Obá de la misma.