En una aldea cercana a la costa comenzó a merodear un tigre gigante que destrozaba los sembrados y atacaba a los nativos. Cundió el pánico entre los pobladores, que se dedicaban a fabricar manteca de corojo con la pulpa de los ikines de unos islotes cercanos, y decidieron irse a vivir a aquellos islotes hasta que pasara el peligro. Una familia tenía una anciana enferma, con el cuerpo llagado, y decidió dejarla en la aldea unos días mientras le construían una choza en los cayos; le dejaron comida y agua, y le reforzaron las paredes para que el tigre no pudiera entrar.
Al quedarse sola, la anciana sintió un gran temor: encendió el fogón y puso a hervir un gran depósito de manteca de corojo. Al anochecer el tigre llegó a la aldea y, olfateando, dio con la choza; la anciana, al oírlo rugir, se puso en guardia al pie del fogón. Cuando el tigre logró meter la cabeza por entre el guano de la pared, ella llenó un recipiente de aceite hirviendo y se lo lanzó por los ojos, cegándolo y quemándole la cabeza; salió corriendo mientras el tigre, retorciéndose de dolor, huía sin rumbo a la selva. Al día siguiente los hombres, enterados, se armaron de flechas y machetes, siguieron su rastro, lo rodearon y lo mataron. No se crea tan fuerte ni se atenga a su fuerza física: un infeliz le puede hacer pasar un gran susto.