Una vez Olofin mandó a buscar a todos los cazadores para saber cuál se comprometía a llevarle el iñagui — el mono — de las nueve colas. Ode, afamado entre los tiradores de flechas y envidiado por todos, se comprometió sin pensarlo. Al salir a cumplir comprendió el compromiso en que se había metido, y fue a casa de Orunmila, que le vio este Odù: «Usted tiene la palabra empeñada; para poder cumplir tiene que rogarse la cabeza y hacer ebbó con carne podrida, millo podrido, ekó podrido, una flecha, un palo, una cazuela, una soga y una caja». A los siete días la comida de la cazuela estaba descompuesta; Ode se vistió con su uniforme, viró su gorra para un lado, se untó todo el cuerpo con aquello, se fue a la loma y se acostó en el suelo, haciéndose el muerto.
Un mono percibió el olor y llegó hasta él; al ver que no se movía, dijo «está muerto» y comió de la cazuela, y se le subió encima cantando «Arin yanya kiya». Así fueron llegando los demás monos de la manada, cada vez más confiados y flojos — «¡Miren, está muerto!», «¡Si ya está podrido, tiene gusanos!» — hasta que llegó el mono de las nueve colas, que era el rey, e hizo lo mismo. Entonces Ode se le abalanzó; del grito que dio el rey, los demás salieron corriendo. El mono le suplicaba que lo soltara, que lo haría muy rico, pero Ode no le hizo caso: lo amarró y lo llevó ante Olofin, que sorprendido le dio moforibale, le echó ashé, lo hizo Rey de la Caza y mayordomo del palacio — y Ode se casó con la hija de Olofin.