Orunmila tenía un hermano adodi — afeminado — y ambos vivían en la tierra Adonile. Abaranife, que así se llamaba, poseía dotes de clarividente y descollaba en la adivinación; la fama que ganó era tal que todos querían consultarse con él. Para no restarle prestancia a su hermano, le pidió a Orunmila la consagración en Ifá. La petición lo avergonzó, y Orunmila le respondió con una galleta; Abaranife se echó a llorar ante Olofin y Obatalá.
Elegba también era adodi, cosa que Orunmila ignoraba, y resolvió cobrárselas: con una brujería de hierba lechera hizo que Orunmila perdiera el poder de una mano, y manco quedó desde entonces. Sin esa mano no podía ya atender a sus semejantes ni realizar las grandes consagraciones. Abaranife recurrió al jefe de aquella tierra, el Obá Awó Ojuani Boshe, para que con dos gallinas negras intercediera ante Obatalá y Olofin y Orunmila recobrara sus dos manos. Así se hizo — y como castigo, Olofin impuso una condición: que Orunmila le entregara awofakán a su hermano Abaranife. Se lo entregó, y juró ante Olofin que atendería a cualquiera que llegara a su casa con cualquier defecto moral, haciéndole de todo salvo la consagración de Ifá. De ese modo volvió a trabajar con sus dos manos, gracias al Obá Awó Ojuani Boshe. Por esa advertencia de Olofin, el Awó puede atender y salvar a los adodi y alakuatas que vayan a su casa — pero solo con awofakán e ikofafún.