1Por qué el suelo es firme y el viento vaga
La mayor obra de Ojuani Meyi en el cielo fue consultar a dos hermanos que se preparaban para bajar al mundo: Fefe, el viento, y Ale, el suelo. Para que en la tierra todos los respetaran, les indicó a ambos el mismo ebbó: una oveja para sus ángeles guardianes, una pluma de cotorra y una hoja de palma, y además un chivo para Eshu por cada hermano.
Ale sabía escuchar, no se precipitaba y pensaba con calma, así que hizo el ebbó de inmediato. Fefe, en cambio, siempre iba con prisa, era travieso y tan engreído que no encontró razón para sacrificar nada. Los dos partieron a la vez. En la frontera del cielo con la tierra se separaron, y cada uno siguió su propio camino.
La suerte de Ale fue tan buena que se volvió el sostén de todo ser vivo: cada planta o animal que nace lo toca primero, y así le muestra respeto antes que a ningún otro. A Fefe, en cambio, se le negó el descanso, y debió subir y bajar sin parar, yendo de un lado a otro entre cielo y tierra. De ahí que el suelo está quieto y firme en su lugar, y el viento, además de ser invisible, no tiene una casa conocida: se sabe cuándo pasa, pero nadie lo ve.
2Ojuani bajó al mundo con larga vida
Antes de descender al mundo, Ojuani Meyi sentía miedo, pues quienes lo precedieron traían relatos de mala fortuna. Un sacerdote del cielo le encargó un sacrificio enorme: tres ratas, tres pescados, machos cabríos para Eshu Obadara y Eshu Jelu, chivos para Orisa, para Ifá y para Sara, perros para Ogún y para Obalifon, y gallos para Uja Atikiriji, para Osain y para la enemistad. Además le avisó de que enfrentaría tres pruebas y de que la muerte lo perseguiría sin descanso, armada de un garrote; pero que, superado todo, recibiría riqueza y prosperidad. Ojuani Meyi entregó cada una de las ofrendas.
Apenas Eshu acabó de comerse su macho cabrío, se llevó el cráneo del perro destinado a Ogún y lo colocó ante la puerta del reino de la muerte. Ogún rastreó el cráneo hasta encontrarlo ahí, acusó a la muerte de haberlo robado y la atacó a machetazos. Incapaz de resistir los golpes, la muerte ordenó reunir a doscientos un perros y le cocinó siete para aplacarlo.
En esa carrera, la esposa de la muerte, divinidad de la enfermedad, resultó herida y ya no logró ir tras Ojuani Meyi hacia abajo, como planeaba. Aprovechando el desorden, Ojuani Meyi huyó del cielo. Cuando volvió la calma, ariku y aje, esto es, larga vida y prosperidad, llegaron con él al mundo.
3El hoyo de los conspiradores
Ya a punto de salir del cielo, Ojuani Meyi coincidió con varios sacerdotes de Ifá, quienes le recomendaron una ofrenda para librarse de las conspiraciones que lo esperaban abajo. La víspera misma de su salida tenía que ofrecerle a Eshu un macho cabrío. Cumplió, y además invitó a los Awó más ancianos del cielo a una comida con un chivo gris; todos lo bendijeron y le prometieron respaldo permanente mientras viviera en el mundo. Por último se presentó ante Dios para recibir su bendición y su licencia, llevando dos nueces de kola blancas, una pluma de cotorra, un trozo grande de yeso y una tela blanca. Dios aceptó los regalos, le expresó su buena voluntad y le dio permiso para partir.
Ya en Oyó, Ojuani Meyi trabajó de sacerdote de Ifá y además se dedicó al comercio. Al comienzo le fue bien en las dos cosas, pero su éxito generó envidia entre los sacerdotes de más edad.
Estos empezaron a tramar su caída. Primero consultaron entre ellos cómo disminuir su fama y finalmente acudieron a él para preguntarle cómo acabar con Ojuani Meyi. Él respondió que ofrecieran a su Ifá un chivo y a Eshu un macho cabrío. Eshu le advirtió que se estaba haciendo un sacrificio contra él, y Ojuani Meyi replicó que lo había visto al consultarlos y que ya sabía cómo desbaratar sus planes. Los conspiradores jamás volvieron a cumplir el sacrificio.
Llegó la fiesta anual de una deidad del pueblo y los conspiradores lo invitaron a acudir con ellos. Habían abierto un hoyo en el suelo del sendero que llevaba al santuario y contaban con que él pasara por ahí, mientras ellos tomarían otro. Era norma que los visitantes llegaran por un camino y regresaran por otro. Ojuani Meyi explicó que solo le estaba permitido visitar el santuario de Orunmila; ellos replicaron que lo expulsarían de Oyó si no iba, pues asistir era un deber de todos los habitantes.
Bajo esa amenaza consultó su Ifá, que le pidió un chivo gris para sí y, para Eshu, un macho cabrío. Cumplió y viajó al santuario, donde los visitantes tenían que pasar catorce días. Se acostumbraba llegar juntos y volver cada uno por su lado.
Al llegar el día catorce concluyeron las ceremonias. Los conspiradores propusieron que Ojuani Meyi, como recién llegado, saliera primero, con la esperanza de verlo caer en el hoyo disimulado. Cuando él se aproximaba, Eshu transformó en un obstáculo el cráneo del macho cabrío ofrecido. Ojuani Meyi se golpeó el pie, dio un salto sobre el hoyo sin notarlo y siguió hasta su casa, donde la gente celebró su llegada sano y salvo.
Entre tanto, Eshu rellenó el hoyo y abrió otro justo frente a la entrada mayor del santuario. Los conspiradores esperaron un buen rato y luego se fueron marchando de uno en uno, sin sospechar nada. Eshu había dejado el cráneo cerca del hueco; el primero se golpeó con él y cayó. Eshu volvió a colocar obstáculo y hoyo para el siguiente, y así hasta que todos quedaron en aquella tumba sin fondo. Tras caer el último, Eshu la cerró como si nada hubiese ocurrido, y los conspiradores se esfumaron sin dejar rastro. Desde entonces, Orunmila dispuso que quien acuda a un santuario buscando salvación lo haga con el corazón limpio, ya que los malvados quizá no vuelvan con vida.
Poco después Oyó se llenó de alboroto: numerosas familias buscaban a sus maridos, hijos y parientes desaparecidos. Todo el pueblo fue a consultar a Ojuani Meyi. Tras la adivinación, él dio a conocer que el soberano de la muerte había despachado emisarios a apoderarse de quienes volvieran del santuario con malas intenciones. Por eso él les había pedido, antes de partir, para su Ifá un chivo, para calmar a la muerte, y para Eshu un macho cabrío, para apartar el peligro; ellos no lo hicieron. Les indicó que el sacrificio aún era necesario para rescatar las vidas de los que estaban demasiado asustados para dejar el santuario. Se hizo de inmediato y solo entonces Eshu abrió paso a los que seguían allí y querían regresar a salvo.
Cuando pasó el temporal, Ojuani Meyi ofreció un gran banquete y entonó un canto de agradecimiento a los sacerdotes que le habían adivinado en el cielo. En él contaba que los viejos de Oyó recibieron la orden de sacrificar y no hicieron caso, que a él se le dijo igual y obedeció, que por eso tropezó y sobrevivió mientras otros tropezaron y murieron, y que quien sacrifica siempre recibe la salvación.