En Boso, una tierra del norte de Nigeria, vivía el awó Agbombo, muy distinguido. Había enseñado Ifá y Osain a sus tres hijos, que eran awoses y osainistas igual que él. Los tres pertenecían al odu Ojuani Obara.
Cuando enfermó, Orunmila y Osain le hicieron saber que se acercaba su fin. Reunió a los hijos y les confió lo más reservado de Ojuani Obara: su ashé reside en la cabra. Les encargó que, tras su muerte, siguieran juntos y se quisieran aún más, porque así crecerían el patrimonio y el ashé. Les avisó también de que uno de los tres era bastardo, y les pidió que ese hecho no los llevara a repartir lo heredado.
Murió Agbombo y los hermanos obraron al revés. Discutían, se acusaban y se reprochaban unos a otros la bastardía. Al cabo de un tiempo el mayor, Akueti, puso un alto: siendo awoses, aquellas peleas deshonraban a Ifá. Propuso acudir al Obá para que él, como juez, dijera la verdad.
Los tres tomaron sus Ifases y partieron hacia Ilaren, ciudad del Obá de la región, por una amplia calzada de piedra. Iban enojados, así que cada uno andaba separado de los demás y sin cruzar palabra.
Pasados varios días, el que marchaba delante, Akueti, se topó con un viejo de ropa blanca que se apoyaba en un bastón y buscaba una cabra. Akueti lo miró y respondió que una cabra había pasado por allí. El viejo quiso saber si tenía alguna señal, y Akueti dijo que era tuerta. Más tarde el anciano halló al segundo hermano y le hizo la misma pregunta. También él confirmó el paso de una cabra y, al pedirle una señal, habló de una herida en el lomo. Después el viejo encontró al tercero, que igualmente afirmó haber visto pasar una cabra y la describió cargando una bolsa grande.
Entonces el viejo dijo: «Los tres me han descrito mi cabra y ninguno sabe dónde está, de modo que la han robado ustedes. El Obá debe juzgar el caso». Los hijos de Agbombo aceptaron ir.
Delante del Obá, el viejo expuso su queja. Los hermanos explicaron que jamás vieron animal alguno; solo habían comentado que por ese camino pasó una cabra. El Obá interrogó a cada uno. Al mayor le pidió que explicara cómo conocía lo de la tuerta sin haberla visto: la hierba del camino estaba mordida solo de un lado. Al segundo, cómo sabía lo de la herida: había gotas de sangre sobre las hierbas que el animal rozó. Al tercero le preguntó primero si había visto alguna cabra, y respondió que ninguna; luego, cómo supo de la carga: las pisadas se hundían lo mismo a un lado que al otro, y así calculó el peso.
Terminadas las respuestas, el Obá consultó osode, vio su Ifá y pronunció la fórmula del ebbó, que está entre los cantos y rezos de este camino. Sentenció que los hermanos no eran ladrones. El viejo debía buscar su cabra por la calzada y, al encontrarla, entregar a cada uno de los tres una parte igual del dinero que traía en la bolsa.
Los hermanos le explicaron entonces que habían venido por otro asunto. El Obá dijo que se hacía tarde, que reposaran y que los oiría a la mañana. Los alojó en un cuarto y les envió con arroz y carne a un sirviente, al que ordenó que luego se ocultara y escuchara su conversación.
Akueti levantó la tapa y comentó que el arroz estaba en su punto, aunque sucio. El segundo hermano opinó que el arroz era comestible, pero la carne tenía olor a perro. El tercero dijo que podían comerse ambos, pero que el Obá era un bastardo. El sirviente corrió a repetírselo al Obá.
El Obá interrogó primero a la criada: por qué el arroz estaba sucio. Entre lágrimas contestó que el grano era bueno, pero ella había estado con su marido y cocinó sin lavarse las manos. Luego preguntó al cocinero si había matado cordero o perro. Este contestó que mató un cordero, pero que un perro había matado a la madre antes del parto, y de ahí el olor. Por último preguntó a su madre si era bastardo. Ella, llorando, admitió que sí. Su esposo había partido a la guerra y ella lo dio por muerto; sin hombres en el pueblo, se unió a un esclavo, y dos días más tarde apareció su marido vivo. Después nació el Obá, hijo del esclavo. Habían pasado cincuenta años y nadie en el mundo conocía el secreto.
El Obá repitió la fórmula del ebbó y declaró que los tres eran babalawos. A la mañana siguiente, antes de verlos, consultó osode y salió Ojuani Obara. Cuando los hermanos le expusieron su problema y las palabras del padre, les dijo que Agbombo había sido un awó sabio. Lo referente a la cabra y al ashé ya lo habían comprobado con la cabra de Oshalufón. Lo demás no debía asustarlos ni enfrentarlos: su padre sabía, por ser awó, que tras su muerte llegarían hasta él, y habló así porque el bastardo era el propio Obá, hijo de un esclavo de la casa de quien creía su padre. Por tanto debían vivir unidos para llegar a ser grandes, como el padre deseaba. Y pronunció una vez más la fórmula.
La unión entre hermanos protege el patrimonio y el ashé que dejó el padre. Fijarse en las señales del camino enseña más que ver con los ojos, y quien juzga con sabiduría puede reconocer incluso su propia verdad. Las peleas por el origen de cada uno no valen frente a vivir unidos.
EBORU, EBOYA, EBOSHISHE