Awó Itana vivía en la tierra Pele Pele y tenía por oficio limpiar de cosas malas y de la sombra de los Egun buruku a cuanta persona lo necesitara, haciéndole paraldo. Nunca consultaba con Orunmila si le tocaba hacerlo o no, y de ahí venían los quebrantos y malestares que sufría sin hallarles explicación: las sombras malas se le quedaban pegadas. Con todo, su buen corazón podía más, y atendía a todos, cobrara o no. Su hermano jimagua, Awó Ikuku, era Egun y habitaba las sombras de la tierra de Yewá, donde la gente se cubría con mariwó y de donde salían a la luz de las itanás que Shangó encendía, para andar por el mundo trabajando para él.
Cada vez que Awó Ikuku bajaba de Ara Onú al llamado de Shangó veía el descalabro de su hermano y se echaba a llorar. Un día, en pleno paraldo, al encender la vela Awó Itana notó que se le acercaba una sombra cubierta de mariwó, cantando: era su jimagua, y le pidió: «Hermano, dale de comer a Yewá un pescado fresco cocinado con gofio y tomate, y ponlo en el caño de tu casa, para que las sombras de esta tierra y yo te protejamos; hazlo a cada rato, y a mí dame un carnero junto con Shangó». Todo aquello se cumplió y la vida le cambió: recuperó la salud y llegó a ser grande en Pele Pele, tierra de calma y descanso. Pero el olvido no tardó, y de nuevo su buen corazón lo puso a cargar con los grandes problemas de aquella gente, hasta que regresó la situación de antes. Un día se echó encima un paraldo que ningún otro Awó aceptaba — y otra vez sin preguntarle a Orunmila —, y Awó Ikuku se lo llevó a descansar: no había otro modo de terminar con sus sufrimientos. Por eso el Awó de este signo pregunta siempre a Orunmila antes de marcar oparaldo.