Hubo un tiempo en que Ogún andaba en la miseria, pasando necesidad, con la ropa deshecha cayéndosele a pedazos. Yemayá, dueña de un negocio de dinero que marchaba muy bien, se compadeció de él: «Mi negocio no es muy grande, pero puedo darte la mano con lo que tengo». Ogún quedó contento: de lo que ella le pasaba comía y se sostenía. A los enemigos de Yemayá, que envidiaban su talento para el comercio, se les ocurrió buscar a Shangó — el proveedor de las hierbas — y hacer tratos con él. A la hora de cobrar, no tenían con qué pagarle, porque las ganancias se repartían entre muchos, y le echaban la culpa a Yemayá, que según ellos acaparaba por vender más barato. Shangó consideró entonces pasarles a ellos el negocio y quitárselo a ella.
Aquella gente se servía de Ogún como mandadero, y comenzó a envenenarle el oído: que Yemayá lo traía todo el día trabajando para ella; que le había dicho a Shangó que no hiciera tratos con él, pues no le iba a pagar; y que después pensaba acusarlo con Obatalá por los desmanes que hacía en el pueblo. Corto de entendimiento y acomplejado con tanto cuento, Ogún se presentó ante Shangó a pedirle hierbas, y también a él le habían llegado chismes: «No te puedo dar nada, ya que Yemayá dice que tú puedes denunciarme a Obatalá». Ciego de rabia, sin ir antes a preguntarle a Yemayá, Ogún levantó el machete contra ella y quiso matarla; no lo consiguió porque Oshosi se interpuso, aclaró todos los chismes y le salvó la vida. Aquí nacieron los chismes producto de la envidia: por eso este signo manda a no creerlos y a preguntar antes de alzar el machete.