Patakíes · Los caminos del Odù
1Nacen los chismes producto de la envidia
Yemayá, próspera en los negocios, socorrió a Ogún, que andaba en harapos. Los envidiosos enredaron a Shangó — el que le vendía las hierbas — con deudas y cuentos, y a Ogún le dijeron que Yemayá lo explotaba y lo iba a denunciar a Obatalá. Ogún, de inteligencia limitada y acomplejado por los chismes, tomó su machete y trató de matar a Yemayá: solo la intervención de Oshosi, que aclaró todos los chismes, la salvó.
Aconteció una vez que Ogún estaba pasando trabajos y muchas necesidades: las ropas se le caían del cuerpo hechas trizas. Yemayá, que tenía un negocio de dinero muy próspero, se apiadó: «Mi negocio no es muy grande, pero puedo darte la mano con lo que tengo». Ogún, contento, comía y se mantenía con lo que ella le daba. Pero los enemigos de Yemayá, envidiosos de su capacidad para los negocios, fueron donde Shangó — que era quien la proveía de hierbas — e hicieron negocios con él. Cuando Shangó fue a cobrarles no le podían pagar, porque eran muchos a repartir, y le decían que Yemayá acaparaba el negocio porque vendía más barato. Shangó pensó entonces quitarle el negocio a Yemayá y dárselo a ellos.
Aquellas personas tenían a Ogún de mandadero y empezaron a envenenarlo con chismes: que Yemayá lo tenía todo el día trabajando para ella, que le había dicho a Shangó que no hiciera negocios con él porque no le pagaría, y que después lo denunciaría a Obatalá por sus desmanes en el pueblo. Ogún, con su inteligencia limitada y acomplejado por tantos chismes, fue donde Shangó a pedirle hierbas, y este — que también había oído chismes — le dijo: «No te puedo dar nada, ya que Yemayá dice que tú puedes denunciarme a Obatalá». Ogún, furioso, sin preguntarle nada a Yemayá, tomó su machete y trató de matarla — cosa que no logró por la intervención de Oshosi, que aclaró todos los chismes y así pudo salvar a Yemayá. Aquí nacieron los chismes producto de la envidia: por eso este signo manda a no creerlos y a preguntar antes de alzar el machete.
2Los 304 enemigos de Awó Alakentu
Un Awó arruinado por su despreocupación llegó a la tierra de Kentu y le dio de comer a un viejo hambriento parado en la esquina: era Eshu, que lo recomendó hasta hacerlo hijo predilecto — Omo Lakentu. Los brujos del lugar, envidiosos, sembraron piedras, hierros y espinas donde el Awó se arrodillaba a orar. Herido, hizo ebbó y lo regó en los tres trillos de la loma: sus 304 enemigos, siguiéndolo a oscuras, cayeron en su propia trampa — espasmos, sangre y anemia acabaron con ellos.
Había un Awó de mucha suerte que llegó a verse muy mal de todo por su despreocupación. Resolvió salir a correr fortuna; antes se rogó la cabeza, pues no tenía para más. Llegó a la tierra de Kentu — la de Eshu — y regó jutía, pescado ahumado y maíz tostado en una esquina donde había un viejo parado. El viejo, que era Eshu y tenía hambre, lo llevó a su casa, le dio albergue y le pidió un poco más; el Awó le dio todo lo que llevaba en su jaba. Eshu le buscó gente, lo recomendó, y le aconsejó no ser tan despreocupado para no fracasar por cuenta de los Santos. Al poco tiempo, la gente lo proclamó hijo predilecto: Omo Lakentu.
Pero otras gentes que andaban con prendas no estaban de acuerdo con que un forastero tuviera tanta nombradía. Como Eshu y Obatalá lo defendían, acordaron seguirle los pasos para desacreditarlo y estorbarle. Un día lo vieron arrodillarse al pie de una loma a hacer invocaciones; al día siguiente regaron allí pedacitos de piedra y hierro y espinas de zarza, cubiertos con hojas de quimbaza y hierba fina. El Awó se hincó al arrodillarse y se cortó las manos al levantarse: recogió aquello con las mismas hierbas, se curó con ellas, y se hizo osode. Salió Ojuani Alakentu: ebbó, botado al pie de la loma, con la trampa y demás regado en los tres trillos que subían por el monte. Así lo hizo, y al oscurecer regresó por un camino distinto al de todos los días. Sus enemigos, que no pudieron ver por dónde se metía, entraron por los trillos y se cortaron los pies; era de noche, tardaron en salir de la enredadera, y de los 304, a unos les dio espasmo y a otros los perdieron las pérdidas de sangre y la anemia. Así fue como Omo Alakentu se quitó a los enemigos de encima, ayudado por el ebbó, Eshu y Obatalá.
3Tetelane y la hija del huevo
Tetelane, pobrísimo, vestía piel de ratón y comía ratones del campo. Un día guardó un huevo de gallina — y de él salió una linda mujer, con una sola condición: «Cuando estés borracho, no me llames nunca hija del huevo de gallina». Ella lo hizo jefe de una gran aldea, con mansión y pieles de chacal. Hasta que una noche, borracho, le gritó lo prohibido: despertó en el suelo de su vieja choza, tapado con sus pellejos de ratón. Envejeció y murió pobre, sin mujer y sin hijos.
Había un hombre sumamente pobre llamado Tetelane: ni mujer tenía, se alimentaba de ratones del campo, y su capa y pantalón estaban hechos con piel de ratón. Un día, saliendo a cazar, se encontró un huevo de gallina y lo guardó para comérselo cuando soplara el viento de cierto lado. Al día siguiente, al volver del monte, encontró pan recién cocinado y aguardiente recién preparado — y así varios días, preguntándose asombrado quién, si no una mujer, cocía aquel pan. Al fin, misteriosamente, salió del huevo una linda mujer que le dijo: «Cuando estés borracho de aguardiente, no me llames nunca hija del huevo de gallina». Y fue su mujer.
Un día ella le preguntó si le gustaría tener personas bajo su mando, y golpeó con un palo el sitio de las cenizas: al despertar, Tetelane era jefe — la choza era una gran mansión, alrededor había una aldea llena de gente que le gritaba «¡Salud, jefe!», y vestía pieles de chacal. Comenzó a enorgullecerse: despreció sus antiguas ropas de ratón y las mandó quemar. Hasta que un día se emborrachó al punto de no poder moverse, y gritó: «¡Hija de huevo de gallina, ven acá!». «¿Eres tú, Tetelane, quien me llamó así?». «Sí: eres una hija de huevo de gallina». Esa noche durmió abrigado con sus pieles de chacal — y a medianoche despertó de frío, acostado en el duro suelo, tapado con sus viejos pellejos de ratón que apenas le llegaban a la rodilla, dentro de su antigua choza. La aldea ya no existía. «¡Ay, qué va a ser de mí! ¿Por qué no supe guardar ese secreto?». Volvió a ser un hombre totalmente pobre, sin mujer y sin hijos; envejeció y murió comiendo carne de ratones y vistiendo sus pellejos secos. Aquí Egun es muy importante, y la mujer proporciona la suerte: el día que se les abandone, más nunca se levanta cabeza.
4Donde nacieron las huellas digitales🔒 Babalawo
5El pavo real de Elegba🔒 Babalawo
6El guayabito del muelle🔒 Babalawo
7La roca y el río🔒 Babalawo
8Osi, el ganso indiscreto🔒 Babalawo
9Oshagriñán vino a poner respeto🔒 Babalawo
10La intranquilidad del mar y la careta de Oyá🔒 Babalawo
11El hijo proscrito y el muchacho de la cadena🔒 Babalawo
12La suerte que dio Yemayá🔒 Babalawo
9 patakíes más de este Odù, bajo candado.Lee todos los caminos completos con el plan Babalawo.Desbloquear →