La tierra Obara Ni Laye la gobernaba un Obá Orun — es decir, un Egun — de nombre Obá Ñara Ñara. Como se le iba la vida rezando, tenía aquello dominado por completo: allí se vivía en gran miseria y, aun así, con mucha tranquilidad. A Obatalá le daba vueltas el asunto: «Esa tierra se está pudriendo; no se siente moverse ni prosperar nada — parece que allí gobierna la maldad». A las doce de una noche se vistió de negro y bajó sin decírselo a nadie; el Obá Orun se confundió y nunca supo que quien lo observaba todo era Obatalá. Con lo que vio, Obatalá echó maldición y, en el mismo acto, pidió la prosperidad total de aquel lugar; ya de madrugada se retiró cantando. Camino afuera le salió al paso Elegba, a quien Orunmila — enterado de lo que allí sucedía — mandaba con su ebbó hecho: un ratón, un pollón, tres pollitos y los pachones de la ceremonia. Solo que Elegba lo trastocó todo: soltó el ratón junto con el ebbó, entregó los pollitos a la tierra antes de llegar y no conservó más que el pollón y los pachones; además, se había topado en el camino con una jutía y la traía en la mano. Obatalá le dio encima un bolso con comidas, frutas frescas y hierbas para que las regara. Elegba le respondió: «Cumpliré lo que usted me dice, pero también haré lo que tengo en mi pensamiento. Y recuerde, padre: usted ha maldecido esa tierra».
Ni ratón ni jutía se habían visto jamás en Obara Ni Laye. Elegba entró cantando y la gente fue despertando, y con ella los muertos; al soltar la jutía se armó tremenda confusión entre unos y otros: hubo quien perdió la razón y quien quedó enfermo de los nervios, y con eso llegaron la intranquilidad y la tragedia. Elegba limpió con el pollón y los pachones a los hijos de esa tierra, repartió golpes entre los muertos, les entregó el pollón, y los muertos se marcharon: el mando quedó en sus manos. Vació luego el saco, y cuanto había empezó a nacer y a crecer — así arrancó la prosperidad, y detrás de ella la ambición. Cierto día Elegba sintió hambre, se comió la jutía y repartió su sangre entre todos; desde entonces la intranquilidad se metió en esa tierra y en las demás, por pura ambición. Obatalá fue a reclamarle con un saco de hormigas locas en la mano; Elegba se lo arrebató y las hormigas se regaron. Y le dijo: «Así mismo está esta tierra, porque usted la maldijo: nunca tendrá tranquilidad, porque yo estaré aquí para componer y descomponer». Abochornado, Obatalá se rogó la cabeza con dos cocos, y en el osode Orunmila se lo confirmó: en Obara Ni Laye habrá siempre más cosas malas que buenas. Obatalá lo pensó y se dijo: «Tengo que conformarme, porque yo la maldije, y mi maldición la alcanzó».