El cocoyam, el ñame, el plátano y el maíz estaban a punto de abandonar el Cielo rumbo a la Tierra, y los awós hicieron una adivinación para ellos. Les indicaron que ofrecieran un sacrificio y que no emprendieran el camino muy temprano, para no morir de repente. La ofrenda tenía que ser el machete que llevaban cada día a la granja.
Tres de ellos pensaron que su machete era una herramienta imprescindible y no quisieron entregarlo. Solo el cocoyam cumplió el sacrificio como se le había dicho.
Al día siguiente, los cuatro se pusieron en marcha hacia la Tierra. En el trayecto resolvieron cortar ramitas para usarlas de palillos de dientes. Los tres que conservaban su machete cortaron las suyas y siguieron andando. El cocoyam pidió que le prestaran uno, y se lo negaron con el argumento de que él mismo había malgastado el suyo en un sacrificio y por eso ellos no le debían ayuda.
Sin herramienta, el cocoyam trataba de romper las ramitas usando solo dientes y manos, mientras los otros avanzaban. Eshu, que se beneficiaba de la ofrenda del cocoyam, le complicó muchísimo la tarea. Por más que insistía, no lo conseguía. Cuando ya pensaba rendirse, logró arrancar un palillo. A esa hora el sol brillaba fuerte y el rocío se había secado. Entonces reanudó la marcha.
Los otros tres, en cambio, habían alcanzado la raya que separa el Cielo de la Tierra, y allí encontraron al Rey de la Muerte. Volvía al Cielo sin ninguna presa, molesto porque no había podido atrapar a nadie en la Tierra. Al verlos, les arrebató los machetes, los decapitó y se llevó los cuerpos al Cielo. Logró entrar allá antes de amanecer.
Justo entonces llegó el cocoyam a esa misma raya. La gente le preguntó cómo había logrado burlar al Rey de la Muerte. Él contó los problemas que había tenido, y todos exclamaron que había engañado a la Muerte; desde entonces en la Tierra lo llaman Ekoko, nombre que recuerda a quien logró burlar a la Muerte.
Por eso, todavía hoy, el ñame, el plátano y el maíz dan su fruto cuando se les corta la cabeza con machete, mientras que el cocoyam da el suyo con solo arrancarlo.
Obedecer el sacrificio, incluso cuando cuesta renunciar a lo que parece indispensable, libra de un peligro que alcanza a otros. Una demora aparente puede ser la salvación. Eshu favorece a quien cumple.
El sacrificio ordenado fue el machete de cada viajero, la herramienta con la que iba a la granja, y además no ponerse en marcha con las primeras luces, para no morir de repente. Solo el cocoyam lo entregó.
A quien le sale este odu se le manda hacer el sacrificio con lo acostumbrado, sumando el único machete que posea. También se le aconseja no viajar al amanecer, para apartar el riesgo de una muerte accidental.
Fowo lo tun, foshe losin / Adifafun Lesu / Abufun agbado / Atun bufun ogede ati laakpa.
eni tuku eko (de ahí su nombre terrenal, Ekoko: el que pudo engañar a la Muerte)