En el Cielo, las divinidades fueron creadas sin cabeza, pues la cabeza misma —Orí— era una divinidad aparte. Orunmila deseaba tener una fisionomía completa y consultó al adivino Amure, quien le mandó rogarse pidiendo una cabeza y ofrecer cuatro nueces de kolá, una cazuela de barro, una esponja y jabón. Le advirtió que guardara las nueces sin partirlas, porque vendría a hacerlo un visitante inesperado.
Eshú anunció por todo el Cielo que Orunmila tenía cuatro hermosas nueces de kolá y buscaba quién las partiera. Una tras otra, todas las divinidades —encabezadas por Oggún, e incluso Orishanlá— lo intentaron, pero Orunmila les decía que no eran las indicadas. Finalmente, Orí, la única que faltaba y que ni siquiera había podido costear su propio sacrificio, llegó rodando hasta su casa. Orunmila salió a recibirla, la cargó, la lavó con la esponja y el jabón y la llevó a su lugar sagrado. Orí oró por él para que todo lo que hiciera tuviera cumplimiento, oró por sí misma para tener morada permanente y muchos seguidores, y partió las nueces con una explosión que se oyó en todo el Cielo.
Entonces las manos, los pies, el cuerpo y los demás miembros, que hasta entonces vivían por separado, se reunieron y decidieron vivir con la cabeza, a la que coronaron rey del cuerpo. Por el papel de Orunmila en aquella fortuna, la cabeza toca el suelo en señal de respeto hacia él hasta el día de hoy. Y por haber hecho el sacrificio que hizo a la cabeza rey, Eyiogbe es la divinidad patrona de Orí.