1La cadena (trabajar sin agradecimiento)
En el Cielo todos temían a la cadena, aunque, a pesar de su fuerza, vivía en la miseria. Se la conocía como Seje Aroju Elebaa. Cuando ya no soportó la pobreza, visitó a Ogbe Ose, llamado Igbera Orun, para que le hiciera adivinación. Este le señaló el ebbó. El coco era para su cabeza, el chivo para Eshu y el gallo para Ogún.
La cadena se sintió agraviada. Podía sujetar por igual a divinidades y a mortales, a cosas con vida y sin ella, y le pareció indigno ofrecer ebbó a quien fuera. Permaneció pobre.
Su oficio en el Cielo era el de carcelero mayor: vigilaba a todos los culpables y delincuentes. El ebbó que le correspondía hacer servía para esquivar el riesgo de la suerte inconclusa, que en yoruba se dice Amubo y en beni Osobo no masuno. Por más que se esforzaba, nada recibía a cambio. A los presos a su cargo los absolvían tras el juicio, los multaban, los dejaban en libertad o los ejecutaban si el delito merecía la pena capital. Cuando el proceso del acusado terminaba, la cadena volvía a quedar vacía. La frustración creció tanto que resolvió venir al mundo. Allá arriba había aprendido junto a Ogún, divinidad del hierro.
Ya en el mundo continuó con la misma labor, vigilando a acusados y a materias vivas y no vivas que aguardaban sentencia. Los animales destinados al matadero quedaban a su cargo, y los sujetaba por la garganta, el torso o las patas. En cuanto se fijaba su suerte y tocaba venderlos, matarlos u ofrecerlos en sacrificio, le exigían que los soltara y no le daban nada a cambio. Con los acusados ocurría lo mismo: se los confiaban hasta el juicio o la ejecución y luego los retiraban sin una muestra de reconocimiento. Tan grande era la ingratitud que la aprovechaban una y otra vez sin pagarle. Jamás oyó un agradecimiento de los detenidos ni de quienes mandaban.
Por eso se afirma que a nadie le conviene pedir para sí la suerte de la cadena, la que trabaja sin gracias y se aparta al terminar, a la espera de que la requieran de nuevo.
Cada persona o animal que llegaba a su custodia la ponía contenta, pues así disponía de siervos. Pero enseguida los liberaban, y entonces se lamentaba con obstinación de no haber hecho en el Cielo el ebbó contra los logros inconclusos, el Amubo y el Osobo no masuno.
Al aparecer este odu en el Igbodu, el ebbó que la cadena rechazó es el Ono Ifá, llamado también Odiha, con el que debe empezar la persona para no caer en prisión, terrenal ni celestial, antes de que llegue la prosperidad. En una consulta común se aconseja honrar a Ogún, a Eshu y a la cabeza con un gallo, un chivo y un coco, y así evitar el riesgo de la suerte inconclusa. Quienes nacen con este odu tienen un corazón bondadoso y ayudan a sus semejantes sin medida. Pero también arrasan cuando se sienten burlados o agraviados; les basta con maldecir para apartar de su Ona Ifá a quien sea blanco de su pensamiento.
2El hombre dinero y el hacha de Olokun
Ogbe Sanwo vino al mundo en el hogar de un sacerdote de Olokun, divinidad del agua, que ya tenía muchos hijos. Sus hermanos mayores notaron enseguida el buen destino que él traía y desde el comienzo lo hostigaron con toda clase de conflictos. Además sufrió un malestar crónico del estómago que ninguna cura aliviaba. Como el acoso no paraba, acudió a consultarse. La adivinación mandó un ebbó: juntar toda clase de comida, en especial maíz, y sumar una paloma, un chivo y un pollo, y echarlo todo al río. Luego debía comprar, para servir a su Ifá, una chiva cuyos dos cuernos apuntaran hacia delante.
Hecho el ebbó, los awós separaron las entrañas, el corazón y el duodeno de la chiva, los cocinaron junto con hojas de Ifá para dárselos. Solo esas partes le permitieron probar. Durante la noche vomitó todo el contenido del estómago y el mal cedió. Los hermanos que le habían hecho daño fueron muriendo uno tras otro. Ya sano, su ejercicio de Ifá prosperó más que su negocio.
Aunque había salido del palacio celeste de Olokun, no sirvió a Olokun en la tierra, y los problemas volvieron a enredarlo. Convocó a siete awós para consultar. Estos le descubrieron que le había fallado a Olokun, divinidad del agua, quien lo guió hasta el mundo, y le ordenaron conseguir un hacha especial. Él mandó a un herrero que la hiciera. Los sacerdotes le prepararon la medicina al hacha y le mandaron cortar con ella un racimo de palmiche. La condición era que no perdiera ni un fruto y que ninguno tocara la tierra. La segunda tarea consistía en atrapar viva una cotorra y entregársela. Los awós lo aguardarían en su casa mientras tanto.
Para ir, debía llevar un instrumento para subir a las palmas y un bolso con una calabaza de agua y con alimentos: maíz, ñame aplastado, un chivo, una paloma y un pollo, destinados al río. Nadie le explicó cómo usarlos. Junto al río lo tiró todo al agua y se hundió de inmediato. Así esperaban los awós que honrara al Eshu del agua.
Recorrió el bosque buscando palmiche maduro y cotorras, sin encontrar ninguna. Al volver, cuando oscurecía, oyó el canto de unas cotorras. Miró hacia arriba y descubrió una palma cargada de palmiche maduro, donde las aves comían. Subió con su instrumento hasta el tronco, y al llegar, las cotorras huyeron todas a la vez. Aun así, con calma, cortó un racimo maduro y fue metiendo en el bolso los frutos que se desprendían. Al darse vuelta para colocarse y cortar el racimo completo, el hacha especial se le escapó y cayó al río.
Desesperado, resolvió quitarse la vida tirándose al agua. Una voz le pidió que bajara despacio, sin que él viera a nadie. Bajó con lentitud, abatido y receloso, arrojó al río el instrumento y el bolso, y se zambulló a buscar el hacha. Apenas tocó el agua, de la nada surgió una bandada de aves que lo picoteó.
Eshu recordó el maíz que el hombre había ofrecido para ellas. Cuando las aves quedaron satisfechas, lo dejaron en paz y le preguntaron qué buscaba. Él contestó que su hacha. Ellas aseguraron haberla visto pasar poco antes, le desearon suerte y le despejaron el paso. Después aparecieron unos chivos con los cuernos hacia delante, listos para embestirlo. Eshu reparó en los ñames y plátanos que él había ofrecido a esos animales. Se repitió la misma conversación, y también ellos habían visto el hacha poco antes.
Más adelante lo esperaba el tigre, rugiendo y afilándose las uñas para atacar. Eshu tomó el chivo del ebbó y se lo lanzó. Ya saciado, el tigre le dijo que iba bien encaminado al paradero de su hacha, y le deseó mucha suerte. Luego halló una enorme bola de fuego que ardía con furia; Eshu le echó encima el ñame aplastado y la calabaza de agua que formaban parte del ebbó, y el fuego se apagó de golpe. Después apareció la pitón, y Eshu le arrojó la rata. Por último, una ballena intentó tragárselo. Él le lanzó la paloma, la ballena cerró la boca y lo dejó pasar. Ella le informó de que su hacha ya estaba dentro del palacio de Olokun.
Ogbe Sanwo entró en el palacio. Olokun estaba reunida con catorce awós, a quienes había llamado para adivinar cómo podía tener un hijo. Estos le recomendaron buscar un hacha hecha por un herrero y ofrecer a Eshu un chivo, con el fin de hacer un sacrificio que la volviera capaz de concebir. El ofrecimiento a Eshu se había hecho la noche anterior. Como pago por el chivo que se comió, Eshu planeó quitarle el hacha a Ogbe Sanwo y llevársela a Olokun. A la vez, por las muchas comidas que Ogbe Sanwo le había ofrecido, decidió conducirlo por todos los trances, grandes y pequeños, hasta que alcanzara la prosperidad dentro del palacio de Olokun.
El hacha cayó dentro del palacio, y un awó que la esperaba la atrapó y la guardó bajo llave en un cuarto de vigilancia. Casi de inmediato apareció Ogbe Sanwo. El awó le preguntó si iba a ponerlos a prueba. Él dijo que no, que solo iba tras el rastro de su hacha, que se había soltado de sus manos de manera misteriosa. El awó quiso saber si podría reconocerla, y él aseguró que sí. Lo condujo a una sala con hachas de latón, de plomo, de cauris, de plata y de oro. Ogbe Sanwo respondió que la suya era de hierro, así que no se hallaba en esa sala. Lo llevaron a otro cuarto, donde estaban las hachas que ya no se usaban. Allí encontró la suya y la agarró. Con ella en la mano lo presentaron ante Olokun.
Ogbe Sanwo le explicó qué significaba el hacha y declaró que antes moriría que separarse de ella, pues su vida dependía de ese objeto. Olokun propuso comprarla, pero él no aceptó. Sin saber cómo seguir, Olokun le preguntó: «¿Te desprenderías de ella si fueras un hombre próspero?». Tras pensarlo, él contestó: «El hacha existe para hacerme próspero; si ese es el trato, no me importa darla».
Olokun mandó al jefe de sus sirvientes que moldeara a Ogbe Sanwo y le diera todos los bienes y señales de una riqueza que no se acaba. Terminado el molde, lo presentaron ante Olokun para comprobar si su prosperidad ya era total. Ella explicó la prueba: lo lanzaría al aire, y si todos los animales lo aclamaban, estaría completa; si solo aplaudían los del aire y los de la tierra no, aún faltaba. Lo lanzó, y aplaudieron los animales del aire mientras los de la tierra callaban.
Eshu le susurró a Olokun que, siendo reina de las aguas, podía coronar a ese hombre rey de la prosperidad sobre la tierra, y así lo hizo. En el segundo lanzamiento, todos los animales lo aclamaron: su prosperidad quedó completa. Ogbe Sanwo pidió entonces los instrumentos que se habían usado para moldearlo, porque no quería volver a su casa sin nada en las manos. Olokun los convirtió en una bolsa de tiza adornada arriba con una cimitarra y una mitra. La metió dentro de un cofre de latón y plomo, agregó hachas de cauris, de plomo y de bronce, y se lo dio todo. Él le agradeció de rodillas y preguntó cómo regresar sin tropiezos. Olokun le indicó que saliera por una cámara interior del palacio, que estaba oscura.
Apenas se detuvo ante la puerta de esa cámara, se encontró frente a su propia casa, donde estaban los siete awós. Ellos le preguntaron cómo les había ido con el racimo de palmiche y la cotorra, y él dijo: «Cumplí el encargo, pero ya no tengo el hacha mágica que me prepararon». Les relató lo ocurrido y les enseñó el cofre. Los awós le explicaron que Orunmila lo había enviado a esa misión imposible para que hallara la prosperidad, y que las dificultades del camino eran la oscuridad que precede al alba. Añadieron que su destino era una escalera de la que ya pisaba el primer peldaño, y que desde entonces la prosperidad estaría a su alcance.
Ogbe Sanwo les dio las gracias y lo poco de dinero que aún tenía; luego los awós se fueron. Sobre el altar de su Ifá dejó el cofre moldeado. Al poco tiempo el dinero comenzó a entrar desde distintos lugares de la casa, y cualquier cosa que emprendía le salía muy bien. Se hizo tan próspero y querido que lo coronaron rey. Ya coronado, invitó a los awós, a otros sacerdotes y al pueblo común, a quienes alimentó. Luego cantó alabanzas a sus awós.
3El dinero que bajó del Cielo y la paciencia de Orunmila
Este camino cuenta el origen del dinero en la Tierra. Quien lo narra vivía su mejor momento de prosperidad, y sus hermanos le preguntaban cuál era su secreto. Respondió que el camino hacia la prosperidad es áspero y tortuoso, y que sin sufrir golpes solo se recorre con una perseverancia sin límites. Después relató la historia.
En la época en que las divinidades vivían cerca de Dios, pidieron que se enviara dinero al mundo para poder intercambiar cosas. Una noche, en sueños, el ángel de la guarda de Orunmila le anunció que Dios mandaba el dinero. Pero le advirtió que moriría todo el que fuera por él con gula y avaricia. Orunmila, por ser el más joven, debía dejar que las demás divinidades fueran antes que él; quien corriera tras el dinero en desorden no llegaría vivo a la noche. Por eso, al llegar el dinero, Orunmila iría el último.
Antes de terminar la visión, el ángel le pidió que criara una cotorra, sin explicarle el motivo. Orunmila obedeció. Tres meses después la cotorra comenzó a repetir, de día y de noche, un saludo: de mañana decía «dinero llegado del Cielo, buenos días», y de noche, «dinero llegado del Cielo, buenas noches». Durante días siguió igual, y Orunmila no comprendía qué quería decir.
Solo una anciana vecina, la reina de las brujas, entendió el mensaje. Convocó a las divinidades y les explicó lo que decía la cotorra de Orunmila: el dinero ya estaba en el mundo, y había que buscar su rastro hacia el este del pueblo, en la dirección que miraba la cotorra al saludar.
Al día siguiente Ogún salió con impaciencia a seguir ese rastro. Tras dos días y dos noches halló el dinero en lo más espeso del bosque. Ignoraba que esa montaña de dinero tenía su origen en el Cielo y su cima apoyada en el suelo. Con precipitación empezó a cavar con un hacha y una pala hechas para ese fin. Mientras avanzaba, el dinero se vino abajo en una avalancha y lo enterró; Ogún murió bajo los escombros. Entonces el dinero dejó sobre su pecho 16 caracoles. Las demás divinidades fueron una tras otra y corrieron igual suerte, de modo que regresaron al Cielo.
Solo faltaba Orunmila. Cuando la reina de las brujas dio la noticia, él había propuesto adivinar antes de salir. Los demás se rieron y dijeron que llegaría un día en que Orunmila no probaría un plato sin adivinar antes. Ogún sostenía que Dios, al oír sus deseos, les enviaba el dinero para acabar con el trueque, único comercio de entonces, y preguntaba para qué adivinar antes de ir por él. No hizo caso a Orunmila.
No sabían que Dios tenía su propio momento para mandar el dinero como medida de valor. Como las divinidades quisieron adelantarse a él, decidió mandarlo de manera que acabara con la vida de los codiciosos y favoreciera a quienes tuvieron constancia. Todas las divinidades que se lanzaron a ciegas sobre aquella reserva de dinero volvieron al Cielo a través de ella.
Orunmila se extrañó de que no regresara ninguno de los que habían ido a toda prisa, y decidió adivinar antes de moverse. La adivinación le dijo que el dinero solo se queda con quienes lo dominan, y que la manera de dominarlo es darle lo que él come: un sacrificio que incluía dos cerrojos con forma de U, dos escaleras y dos palomas. Orunmila lo hizo en un punto de la montaña de dinero. Después de entregar a Eshu lo que sobró, conservó una escalera y un cerrojo.
Al amanecer volvió a la montaña y alimentó al dinero con la sangre de la paloma. Apoyó la escalera sobre la montaña y la aseguró por debajo con los cerrojos. Como indicaba la adivinación, regresó a su casa sin tocar nada. A la mañana siguiente encontró que Eshu había puesto una escalera más larga, que se estrechaba hacia lo alto. Tal como le habían aconsejado, empezó el largo ascenso para excavar la montaña desde arriba.
A cada palada veía los instrumentos que otras divinidades habían usado antes. Hallaba cierto número de caracoles sobre el pecho de cada una y los fue contando aparte. Esas cantidades son las que todavía hoy usan los hijos y sacerdotes de cada divinidad para adivinar. Los seguidores de la divinidad cuyo pecho tenía 4 caracoles consultan con 4; los de las divinidades con 8, 16 o más consultan con esos números. Son los adivinos que consultan el oráculo con caracoles.
Así consiguió Orunmila sacar todo el dinero. Llegó a casa y dio a los hijos de cada divinidad la cantidad de caracoles que correspondía, y ellos empezaron a usarla para adivinar. Orunmila fue la única divinidad que sacó la montaña de dinero sin morir. Por eso su altar es el único que tradicionalmente lleva un asiento de caracoles, para recordar que sacó el dinero desde la cima.