1Comprar la gallina, no robarla
Ogbe Ika hizo una consulta para cuatro aves del cielo: Ugun, Akala, Asa y Awodi.
Estaban libres en el cielo los cargos de Oloori y de Jogboloro, y solo podían optar a ellos las aves ya maduras. Por el de Oloori competían Ugun, el buitre, y Asa, el halcón; por el de Jogboloro, Akala y Awodi.
Los cuatro acudieron a Orunmila. Este les mandó ofrecer una gallina, pero exigió que fuera comprada y de ningún modo robada.
A la mañana siguiente, el halcón, posado en una rama alta, notó un ave que rondaba su casa. La tentación fue demasiado fuerte, porque era justo lo que más le gustaba comer. Se lanzó, la agarró y pensó comérsela en el desayuno. Todavía no había ido a buscar la otra gallina cuando un cazador lo descubrió, apuntó y lo mató de un disparo. Así acabó el intento del halcón de conseguir el cargo de Oloori.
Ugun, el buitre, reunió cuanto dinero poseía y con eso adquirió su gallina, pues no pensaba robar. Entonces recibió el cargo de Oloori.
Akala corrió la misma suerte que el halcón: murió a manos del cazador cuando trataba de robar una gallina. Awodi, en cambio, pagó por la suya para el sacrificio y obtuvo el cargo de Jogboloro.
2Udi y la tortuga
Udi es un ave grande y carnívora que come toda clase de animales del bosque, y su oficio era la caza. Una vez consultó a Orunmila, que le recomendó ofrecerle a Eshu un macho cabrío, a fin de que su suerte no quedara sin cumplirse.
Udi se rio de Orunmila. Afirmó que ese chivo valía lo que una presa cualquiera del bosque, y se jactó de que ninguna criatura pequeña o mediana había resistido su destreza. Rechazó el sacrificio y salió a cazar como si nada.
Al amanecer, Eshu, que estaba junto a Orita Ijaloko, quiso saber quién se había negado a hacer el sacrificio que le indicaron. Igho, amigo muy cercano de Eshu, alumbró con su luz de búsqueda en dirección a Udi. Eshu resolvió castigarlo, porque ese día se había quedado sin su alimento.
Se metió entre la maleza y tomó la forma de una tortuga enorme, llamada Aragba, de las que pueden llevar a una persona en el lomo. Se tumbó boca arriba y agitó las patas en el aire, como si no pudiera darse la vuelta. Udi la vio, la tomó por presa fácil y se acercó para agarrarla. Aragba abrió entonces el ano, Udi hundió el pico dentro y la tortuga lo cerró de golpe. El pico quedó firmemente sujeto, y ella no quiso soltarlo.
Udi se quejó y gimió durante todo el día, sufriendo. Al caer la noche, la tortuga lo liberó, y él regresó a su casa tambaleante, con hambre y muy abatido, porque en toda la jornada no había cazado nada que comer.
Al día siguiente fue a rogar a Orunmila que realizara el sacrificio en su favor. Según la costumbre, ahora se había duplicado. Reunió dos nueces de kola y dos chivos, y se hizo el ebbó. A partir de entonces sus cacerías volvieron a salir bien.
3El ladrón del árbol de kola de Ogún
Cuando Ogún se marchaba del cielo hacia la Tierra, Ogbe Ika, a quien allá llamaban Ookale, Ookano, Ookara lule y Ookara lono, hizo adivinación para él. Le recomendó un ebbó contra el riesgo de capturar en la Tierra a un ladrón que lo superara en poder. Debía agasajar al Ángel de la Guarda ofreciéndole un gallo, un perro, un caracol o una tortuga, más ñame asado y una vasija de jugo de palmera, y entregar un chivo a Eshu. También debía dedicar catorce días de fiesta a ese Ángel de la Guarda antes de irse.
Como otras veces, Ogún confió en su fortaleza corporal y no quiso. Llegó al mundo junto con las demás divinidades.
En la Tierra, Orishanla pasó a ser el jefe de las divinidades, puesto como su representante por Dios. El consejo divino terrenal se reunía en la casa de Orishanla cada cinco días. Ogún consultó otra vez y le indicaron un festival de catorce días para su Ángel de la Guarda. Volvió a negarse, alegando falta de tiempo para ofrendas. Entre tanto, su árbol de kola maduró sus frutos, y ningún otro árbol dio fruto. Ogún lo rodeó con una cerca y le puso trampas.
Antes de la próxima reunión del consejo, Orishanla no consiguió kola para iniciar los debates. No tuvo otra salida que ir a escondidas, de noche, hasta el árbol de Ogún para cortar un fruto. Al tratar de apartar una de las trampas se lastimó la mano. Sangró por todo el camino, desde la base del árbol hasta su casa, y allí se envolvió la herida con una tela.
Ogún fue a mirar su árbol y notó que faltaba un fruto. Vio gotas de sangre en el suelo y las siguió hasta la casa de Orishanla, a quien encontró con la mano vendada. Gritó que había capturado al ladrón. Cuando le preguntaron quién era, nombró a Orishanla. Le pidieron algo que lo probara, y él indicó el rastro de sangre y el vendaje. De este modo se cumplió la advertencia del cielo: había apresado a alguien más poderoso que él.
Entre tanto, las otras divinidades se reunieron con Orishanla para ver cómo acabar con el alboroto que provocaba Ogún. Como si quisieran contradecirlo, todas levantaron las manos y afirmaron que, de ser una herida en la mano la única prueba, todas eran igualmente ladronas. Ogún ya no podía apoyarse en la sangre del suelo, pues Eshu había enviado un aguacero que la lavó. Ogún se quedó con los ojos y la boca abiertos, sin palabras.
Tras discutirlo, el consejo resolvió que Ogún merecía la muerte por haber manchado el nombre de su jefe. Cuando iban a sujetarlo, Orishanla se interpuso y pidió clemencia, y se la concedieron. Aun así, le mandó acercarse, hundió su mano en los dos omóplatos de Ogún y extrajo dos objetos largos. Con esa operación quebró la firmeza de la fuerza corporal de Ogún y lo volvió menos peligroso. Después dispuso que, desde ese instante, Ogún sería el esclavo de las demás deidades, sin término.
Por esa razón Ogún está hoy al servicio de todos, sean mortales o deidades, ya como machete, azadón, pala, arado, máquinas para nivelar la tierra, bicicleta, automóviles, barcos, materiales para construir y otros, y no recibe elogio ni gratitud. Ese fue su castigo por haberse negado al ebbó en el cielo y también aquí abajo.