Antes de salir del cielo, Iroso Meyi consultó a unos sacerdotes de Ifá. Ellos le recomendaron dedicar un sacrificio a la deidad de la desgracia, con una tortuga terrestre y un gallo, y además ofrecer a Eshu un chivo macho y a su ángel guardián un guineo. Él se negó a cumplir cualquiera de las tres cosas.
Llegó a la tierra y practicó el oficio de Ifá, pero al hacerse mayor vivía en tal pobreza que no podía casarse y menos aún criar hijos. Su situación se volvió tan penosa que, desesperado, pensó en arrojar sus semillas de Ifá.
Una noche soñó con su ángel guardián, que le explicó que todos sus males venían de haberse negado, por terquedad, al sacrificio indicado. Por la mañana consultó su Ifá y entendió que la visita nocturna había sido en verdad de su ángel guardián.
Sin demora cumplió el sacrificio de su Ifá y entregó el chivo a Eshu. Entonces Ifá le dijo que volviera al cielo y se presentara ante Olodumare, pues había venido a la tierra sin su permiso. Para el viaje le mandó llevar un gallo, una tortuga, un atado de ñame, tabaco en polvo, pimienta, quimbombó y dos calabazos, uno con agua y otro con aceite. Él lo consiguió todo y lo acomodó en la bolsa con que adivinaba.
Tras mucho andar llegó al límite entre cielo y tierra, y pasó siete colinas antes de alcanzar su meta. Se dirigió sin rodeos al palacio divino. Allí lo recibió Yeyé Muwo, divinidad del infortunio y madre de los obstáculos, que cuidaba el cuarto divino. Iroso Meyi se arrodilló y declaró que llegaba con humildad a renovar lo que había deseado para la tierra. Ella respondió que aún era muy temprano para pedir, pues la casa no tenía comida. De inmediato Iroso Meyi fue sacando de su bolsa la leña y el agua, luego sal, tabaco en polvo, quimbombó, aceite y pimienta, y por último el gallo. Eran justo las cosas que ella había ido exigiendo como táctica para retrasarlo, pero él llegaba perfectamente listo.
Entonces Yeyé Muwo le permitió pedir. Como no se podía hincarse en el suelo sin cubrir, se arrodilló sobre la tortuga que traía. Cuando terminó de formular todos sus deseos, Olodumare bendijo a Iroso Meyi con un golpe de su maza divina.
Yeyé Muwo oyó el golpe de la maza y se apresuró a acabar su cocina, pero antes de que saliera, Eshu le hizo una seña a Iroso Meyi para que bajara ya mismo a la tierra.
Al salir al fin de la cocina, la madre de los obstáculos preguntó a Olodumare dónde estaba el hombre de los deseos, y él contestó que se había marchado. Ella reclamó que no le hubiera pedido que formulara deseos buenos y malos. Olodumare respondió que no solía meterse cuando sus hijos expresaban sus deseos.
Pese a los obsequios que Iroso Meyi le había dado, ella salió tras él entonando un canto. Él contestó con un verso de ese mismo canto: ya había hecho su sacrificio y presentado sus deseos, de modo que nada quedaba pendiente. Mientras cantaba, huía lleno de miedo.
Yeyé Muwo comprendió que no lo alcanzaría, se quedó quieta, extendió el dedo pulgar y le rasguñó la espalda. Esa es la raya hundida que va por la columna hasta hoy, y que nos recuerda que solo el sacrificio permite librarse del largo brazo del infortunio. Con esa señal, ella declaró ante Iroso Meyi, y con él ante todas las personas, que jamás recordarán los deseos formulados en el cielo cuando lleguen a la tierra, porque los ojos no ven la espalda, y que, antes de ver realizados esos deseos, caminarán a ciegas durante mucho tiempo, entre grandes esfuerzos.
El dolor lo dejó inconsciente, sumido en una negrura total. Al despertar se encontró en su lecho terrestre, sin recuerdo alguno de lo ocurrido. Se dedicó entonces a su negocio y, con los años, prosperó.
La oscuridad representa el tiempo que Ifá espera bañado en aceite de palma, antes de ser puesto en vida. Representa también la gestación en el útero, etapa en la que se nos borra todo recuerdo de lo que proyectábamos hacer en la tierra.
Un sacrificio hecho a tiempo ahorra años de pobreza y es la salida frente al infortunio. La marca en la espalda recuerda que nadie conserva, al nacer, la memoria de sus deseos, y que a ellos se llega con paciencia y trabajo.
Para Eshu, un chivo macho; para su ángel guardián, un guineo; para la deidad de la desgracia, una tortuga terrestre y un gallo.
Un gallo, una tortuga, ñame, dos calabazos (uno con agua y otro con aceite), tabaco en polvo, quimbombó y pimienta, todo en su bolsa de adivinación.
Un gallo, leña, agua, sal, aceite, tabaco en polvo, quimbombó y pimienta. Iroso Meyi lo traía todo en su bolsa.
Solo el sacrificio permite librarse del largo brazo del infortunio.
Airoro sowo gini moko, Irawo bese leyin era, Oju imo kirawo matu eron se.
Ariro soso gini gini moko Irawo be sese le eyin eron Oju ima ki irawo ma tu eron ise Olo orire omomi duro demi buwo ooo.