Osain vivía echándole polvos, huevos y otras cosas a Orunmila. Eshu se lo advertía a diario: «Mira todo lo que te está pasando». Orunmila lo dejaba pasar.
Osain se envalentonó hasta andar diciendo que sabía más que nadie, y la gente empezó a pasarse a su bando. Orunmila se registró, le salió este Ifá e hizo ebbó con un gallo, dos gallinas, una corneta y manteca de corojo. Después mandó por Osain, pidiéndole que se estuviera quieto. De ahí salió la porfía, y ante Obatalá cerraron la apuesta: cada quien enterraría tres días a sus hijos y luego tendría que sacarlos vivos.
El ebbó ya estaba hecho, así que Orunmila ordenó abrir dos hoyos a la orilla del río y le entregó dos gallinas a Oshún, para que ella abriera un pasadizo entre uno y otro; por ahí les llegaba comida a los hijos enterrados.
Cumplido el tercer día se reunió la corte. Orunmila rompió a cantar, la tierra se removió y sus hijos aparecieron. Antes de eso ya le había encargado a Eshu que botara el ebbó dentro del hueco. Eshu lo recogió, se lo embutió al mayombero en la corneta y le cegó los agujeros; le dejó uno solo. Cuando el mayombero quiso tocar, el instrumento no sonó: los agujeros estaban tapados. Ahí perdió. Orunmila levantó a los suyos por el hueco que Elegbá había dejado abierto, y Osain acabó de esclavo de Orunmila.
Nota: al hijo abandonado hay que recogerlo, porque en la vejez puede resultar un apoyo. Obra: a Elegbá se le pone una corneta que lleve dentro el nombre del enemigo, sellada con jabón.