Eyi Elemere necesitaba un venado entero para el sacrificio que le daría un hijo varón. En el pueblo de Ujo adivinó para Kporoye, una mujer sin hijos, y le hizo su ebbó; después, en el bosque, conjuró con su espejo a un gran venado, y en la lucha ambos cayeron en un hoyo profundo. Los niños, los hombres y las mujeres que pasaron se burlaron de él — «¿el doctor que salva a otros no puede salvarse a sí mismo?» — y siguieron de largo. Solo Kporoye, que venía a depositar su sacrificio junto al hoyo, le tendió su turbante, que él conjuró para alargarlo, y lo sacó con el venado. Al caer ella de espaldas quedó desnuda, y de aquel encuentro — sobre una cama de hojas de ikín, pues está prohibido amar sobre la tierra desnuda — Eyi Elemere le anunció que nacería un varón. Le describió su casa en Oke Mesi y partieron por caminos separados.
Kporoye tuvo a Olomo, que creció cantando las canciones de un padre que no conocía. Cuando ella al fin lo llevó a buscarlo, tres bandidos los capturaron y los vendieron como esclavos por separado. Y la esposa de Eyi Elemere, buscando un esclavo para el sacrificio humano del festival anual de Ifá de su esposo, compró — sin saberlo — a Olomo.
Rajando semillas de palma, el niño cantó su historia completa: el hoyo, el turbante, el venado, la casa del árbol que daba corales. Eyi Elemere lo escuchó escondido, y lo probó con fuego — que no lo quemó — y con agua hirviendo, que se volvió helada. Lo abrazó como su verdadero hijo. El día del festival, Eshú despuntó el cuchillo del ejecutor, que no pudo cortar el cuello de la víctima; los sacerdotes reconocieron al hijo, y Eyi Elemere proclamó: desde aquel día, Orunmila no aceptaría jamás un ser humano en sacrificio. Después rescató a Kporoye — enmascarado de hojas de palma se la llevó bailando del palacio de su padre —, y con ella y sus hijos vivió próspero para siempre.