Patakíes · Los caminos del Odù
1El nacimiento de Irete Meyi (Olomo, el hijo esclavo)
Cazando el venado de su ebbó, Eyi Elemere cayó en un hoyo; solo Kporoye lo sacó con su turbante — y de aquel encuentro nació Olomo. Años después, vendido como esclavo para el sacrificio de su propio padre, el niño se salvó cantando su historia: y se abolió para siempre el sacrificio humano.
Eyi Elemere necesitaba un venado entero para el sacrificio que le daría un hijo varón. En el pueblo de Ujo adivinó para Kporoye, una mujer sin hijos, y le hizo su ebbó; después, en el bosque, conjuró con su espejo a un gran venado, y en la lucha ambos cayeron en un hoyo profundo. Los niños, los hombres y las mujeres que pasaron se burlaron de él — «¿el doctor que salva a otros no puede salvarse a sí mismo?» — y siguieron de largo. Solo Kporoye, que venía a depositar su sacrificio junto al hoyo, le tendió su turbante, que él conjuró para alargarlo, y lo sacó con el venado. Al caer ella de espaldas quedó desnuda, y de aquel encuentro — sobre una cama de hojas de ikín, pues está prohibido amar sobre la tierra desnuda — Eyi Elemere le anunció que nacería un varón. Le describió su casa en Oke Mesi y partieron por caminos separados.
Kporoye tuvo a Olomo, que creció cantando las canciones de un padre que no conocía. Cuando ella al fin lo llevó a buscarlo, tres bandidos los capturaron y los vendieron como esclavos por separado. Y la esposa de Eyi Elemere, buscando un esclavo para el sacrificio humano del festival anual de Ifá de su esposo, compró — sin saberlo — a Olomo.
Rajando semillas de palma, el niño cantó su historia completa: el hoyo, el turbante, el venado, la casa del árbol que daba corales. Eyi Elemere lo escuchó escondido, y lo probó con fuego — que no lo quemó — y con agua hirviendo, que se volvió helada. Lo abrazó como su verdadero hijo. El día del festival, Eshú despuntó el cuchillo del ejecutor, que no pudo cortar el cuello de la víctima; los sacerdotes reconocieron al hijo, y Eyi Elemere proclamó: desde aquel día, Orunmila no aceptaría jamás un ser humano en sacrificio. Después rescató a Kporoye — enmascarado de hojas de palma se la llevó bailando del palacio de su padre —, y con ella y sus hijos vivió próspero para siempre.
2El árbol de la riqueza
Oloddumare puso a la boa, al carnero y al gallo a custodiar el árbol de la prosperidad, y las doscientas divinidades fallaron ante él. Orunmila sacrificó, dio a cada guardián su comida — jutía, ñame y maíz — y subió por la escalera de Eshú a cosechar la riqueza.
Cuando Oloddumare completó su obra creadora, creó el árbol de la prosperidad — la mata de ikín, el árbol de las riquezas — y nombró como custodios a la boa, al carnero padre y al gallo. Las doscientas divinidades intentaron en vano sacar prosperidad del árbol: todas fallaron, porque no se preocuparon por descubrir el secreto de cosechar sus frutos.
Antes de intentarlo, Orunmila fue a sus adivinos — «la persona que saca agua del río destruye el hogar de los peces; solo un hombre paciente puede triunfar» — y le mandaron primero deshacer su casa del cielo sobre el santuario de Eshú (por eso, cuando este signo sale, al que está construyendo casa se le manda suspender la construcción por un tiempo). Después debía sacrificar abundante maíz, pedazos de ñame y jutías, con un chivo y una escalera a Eshú, y llevar los materiales en una bolsa al pie del árbol.
Al llegar, la boa lo atacó primero: le lanzó una jutía, que se tragó al instante. El gallo sacudió las alas para cantar: le arrojó maíz, y se puso a comer. El carnero se atrincheró para embestir: le lanzó los pedazos de ñame. Y con su bolso al costado, Orunmila trepó por la escalera instalada por Eshú y arrancó todos los frutos de la cima. Cuando el gallo terminó su maíz y lo vio arriba, cantó: «¡Orunmila gegoo!» — que es el cacareo del gallo hasta hoy: «Orunmila fue el primero en trepar al árbol de la riqueza».
3La ingratitud del Olofen
Celoso de Eyi Elemere, el Olofen lo hizo caer por un hueco del palacio hasta el cielo. Sus colegas celestiales lo agasajaron y lo devolvieron a la tierra; y cuando el Olofen no pudo negar su crimen, pagó la multa. Un buen gesto merece otro; el malo destruye las relaciones.
Eyi Elemere llegó a ser uno de los cuatro adivinos reales de Oyó — los otros tres vivían en el cielo y venían al palacio cada cinco días. El rey, molesto por su habilidad y prosperidad, tramó su destrucción: hizo cavar en el palacio un hueco que conducía a un precipicio insondable, lo cubrió con una estera, y lo invitó a sentarse sobre ella. Eyi Elemere cayó al instante — y se encontró en el cielo.
Caminando sin rumbo, se encontró con sus compañeros adivinos celestiales, que lo agasajaron con una cabra y lo persuadieron de pasar la noche. A la mañana siguiente le regalaron otra cabra y le mostraron la ruta más corta a la tierra: al instante estuvo de regreso en su hogar, donde festejó con sus seguidores.
Tres días después tocaba la visita al palacio, y él rehusó ir. Los tres adivinos del cielo preguntaron por él; el Olofen mintió: «ha huido de la tierra». Insistieron en mandarlo a buscar, y cuando al fin apareció y ocupó su lugar, se descubrió ante todos cómo lo había tratado el Olofen cuatro días antes. El rey no pudo defenderse y fue multado al instante con cuatro cabras y cuatro toneles de vino. Y los adivinos, al levantarse, cantaron: «vinimos a adivinar para el Olofen y nos recompensó con ingratitud — recuerden que un buen gesto de bondad merece otro, mientras que un mal gesto destruye las relaciones mutuas».
4La boca del chivo lo mató (y la lealtad del perro)🔒 Babalawo
5La madre de seis hijos🔒 Babalawo
6Agbani engañó a Orunmila🔒 Babalawo
7Orunmila en el pozo y las tres mujeres🔒 Babalawo
8Oyá cautivada por Oggún🔒 Babalawo
9El dinero en el palo largo🔒 Babalawo
10Ayé, la suerte fea🔒 Babalawo
7 patakíes más de este Odù, bajo candado.Lee todos los caminos completos con el plan Babalawo.Desbloquear →