En la tierra de Otura Tiyú mandaba Eshu Laroye, y su gobierno tenía aterrada a la población: a quien lo desobedecía lo dejaba enfermo durante un año.
El miedo venía de una costumbre suya. A las doce del día y a las doce de la noche, Eshu Laroye se hincaba y pedía el mal para toda la gente.
Allí no se comía otra cosa que jutía y pescado ahumados, maíz tostado y pimienta de guinea. En cuanto Eshu Laroye arrancaba con su petición de males, el pueblo entero se arrodillaba también y clamaba a Olofin: le pedía iré aikú, que es la salud; iré owó, el desenvolvimiento; iré uyén, la comida; iré ashó, la ropa; iré omá, la inteligencia, y así lo demás.
Un hijo suyo, de nombre Eshu Lario, se criaba en casa de Orunmila. Cierto día el muchacho quiso saber quién era su padre y cómo se llamaba. Orunmila le respondió: «Tu padre se llama Eshu Laroye». El hijo, al oírlo, dijo que deseaba conocerlo.
Orunmila no se lo negó, aunque antes lo mandó a hacer ebbó: 1 chivito, 3 jio jio y 1 jicotea, 1 paloma, 3 pájaros distintos y 3 güiritos cargados diferentes, manteca de corojo, ñame y miel de abejas, jutía y pescado ahumados, y mucho dinero. Le encargó además que se colgara los güiritos, que cargara en las manos al chivito y al gallo, y que la entrada al pueblo la hiciera cantando: «ESHU ELEGBA EEE ESHU LAROYE MOFORIBALE ELEGBA EEE», repitiendo tres veces: ESHU LARIO.
Eshu Lario cumplió al pie de la letra. Iba cantando al cruzar la entrada del pueblo y soltó las tres veces «Eshu Lario». Su padre, hincado a esa hora —las 12 de la noche— en su faena de pedir males, alcanzó a oír los 3 güiritos y aquel canto: se puso de pie, corrió a su encuentro, abrazó a su hijo Eshu Lario y rompió a llorar y a cantar: «AGO ESHU LARIO ESHU NIFA LAROYE SOKUO ESHU NIFA LAROYE SOKUO».
Desde ese momento cambió su ruego y comenzó a pedir el bien para todos. Después tomó al chivito y al gallo, les dio muerte, los guisó con ñame y repartió aquella comida por todo el pueblo.