Patakíes · Los caminos del Odù
1Donde los Jimaguas vencieron al Diablo
En un cruce de caminos, el Diablo tenía una trampa: todos los que pasaban caían al hoyo y se los comía, y la gente del pueblo desaparecía. Los jimaguas de aquel pueblo, chiquitos, tocaban tamborcitos y por el toque se llamaban uno al otro. Salieron a correr fortuna: uno se escondió y el otro llegó al cruce. El Diablo, viéndolo tan chiquito, le dijo que no podía pasar; el jimagua insistió, y el Diablo le pidió prestado el tamborcito para tocarlo igual que él. Tocó una vez, y otra, y no le salía; el jimagua recuperó el tambor y tocó llamando a su hermano escondido. Se intercambiaban: uno tocaba el tambor grande del Diablo y este bailaba, y cuando se cansaba, relevaba el otro — hasta que el Diablo se fatigó y no pudo bailar más, y ofreció conceder lo que quisieran si dejaban de tocar. El jimagua pidió que quitara la trampa del camino, para que todo el mundo pudiera pasar. Y el Diablo se lo concedió.
Había un cruce de caminos y en el medio estaba el Diablo, que tenía preparada una trampa, donde todos los que pasaban por el cruce se caían dentro del hoyo y el Diablo se los comía. Por esta situación, el pueblo estaba muy sobresaltado, porque la gente desaparecía cuando iba de un lado a otro.
Una vez, los jimaguas de aquel pueblo, que eran chiquitos, estaban tocando tamborcito, y por el toque se llamaban uno al otro. Un día, ellos le dijeron a su madre que iban a correr fortuna, y salieron a camino. Uno se escondió y el otro llegó al cruce de caminos donde se encontraba el Diablo. Este, al verlo tan chiquito, le dijo que se fuera para su casa porque no podía pasar por allí. Pero el jimagua insistió, contestándole el Diablo: «Si quieres pasar por aquí, tienes que prestarme el tamborcito, para tocarlo igual como lo tocabas tú». El jimagua le contestó que sí, dándole el tamborcito.
El Diablo tocó una vez, y el jimagua le dijo que tocara otra vez, porque no había oído. El Diablo volvió a tocar, y el jimagua le volvió a decir que tocara de nuevo, para que lo hiciera mejor. Entonces el Diablo tocó y no le salió igual. El jimagua cogió el tambor y tocaba para que viniera su hermano, que estaba escondido. Cuando se intercambiaron, el otro jimagua empezó a tocar el tambor grande que tenía el Diablo, y este comenzó a bailar. Así se intercambiaban los jimaguas, hasta que llegó el momento en que el Diablo se fatigó y no pudo bailar más; pero los jimaguas seguían tocando y bailando, hasta que uno de los jimaguas le preguntó qué le pasaba. Y el Diablo le ofreció concederle lo que quisiera, si dejaba de tocar.
Aprovechó el jimagua y le pidió que quitara la trampa del camino, para que todo el mundo pudiera pasar. Y el Diablo se lo concedió. Y desde entonces se pudo pasar por el cruce del camino.
2Nació Elegba, el dueño de la voluntad
Elegba andaba por el mundo disfrutando de las distintas tierras: entraba de noche, salía de madrugada, las marcaba con secretos y tenía a las gentes bajo su dominio. Le faltaba una tierra: Abeyalini Inle, donde vivía Osain, cuyo hijo Beyebe Awó gobernaba con sus conocimientos — pero le faltaba algo, y su padre siempre se lo recordaba. Como allí no atendían a Elegba ni a Ifá, la gente estaba disgustada y revuelta, y Osain perdía el dominio. Beyebe Awó llamó a Elegba a las doce de la noche, a la entrada de la población, con un chivo pequeño, 3 pollones y una jicotea, rezando y cantando. Elegba comió y se puso muy contento, porque en ninguna tierra le habían hecho ese recibimiento; de madrugada fue con Beyebe Awó donde Osain, que le dio el carapacho de la jicotea con miel y corojo. Le contaron lo que sucedía, y Elegba dijo: «eso te pasó porque nunca has usado piedra (otá); ahora prepararemos un afoshé con el carapacho, cascarilla y manteca de cacao». Osain aportó amansa-guapo, cambia-voz, paramí y yamao; cada uno comió un poco y cogieron fuerza superior, jurando los tres compartir sus secretos al pie de la ceiba. Enterraron parte del secreto, regaron el resto como polvo por la tierra, y Elegba entró en todas las casas pasando el polvo por las cabezas de la población. Así triunfaron Awó Beyebe y Osain.
Elegba andaba por el mundo, disfrutando de las distintas tierras. Entraba por la noche y salía por la madrugada, y siempre las marcaba con distintos secretos, teniendo a las gentes bajo su dominio, no sabiendo lo que hacían.
Todo el mundo aclamaba por Elegba y le daba de comer en la tierra. Elegba se hacía invisible y se llevaba la comida. Elegba se dijo: «Me falta una tierra, a la que yo no he ido, que es la tierra Abeyalini Inle». En esa tierra vivía Osain, que le había hecho Ifá a su hijo Beyebe Awó, el cual, con sus conocimientos de Osain, gobernaba esa tierra. Pero le faltaba algo, y Osain, su padre, siempre se lo recordaba: que le quedaba algo que aprender.
Debido a que en aquella tierra no eran atendidos Elegba e Ifá como debían, la gente de esa tierra estaba muy disgustada y revuelta, donde Osain ya no tenía dominio propio de esta.
Beyebe Awó le dijo a su padre Osain: «Yo voy a llamar a Elegba a las doce de la noche, cuando haya un poco de tranquilidad, pues ya no tenemos dominio en esta tierra y lo vamos a perder todo».
Beyebe Awó cogió un chivo pequeño, 3 pollones y una jicotea, y se puso a la entrada de la población a llamar a Elegba, y rezaba: «Eshú Beleke Alaroye mowa eni Elegbá Obara Kikeño, Eshú Beleke Elegbá umbo Obara mi alado mobati Elegbá Awó Ifá».
Cuando se presentó Elegba, le dio de comer y empezó a cantar: «Eshú Beleke Ifá Laroye ala Laroye Ifá laye Elegbá».
Elegba comió y se puso muy contento, porque en ninguna tierra le habían hecho ese recibimiento. Después de que Elegba comió, que era de madrugada, salió con Beyebe Awó, llegando adonde estaba Osain.
Osain tenía el carapacho de la jicotea con miel de abejas y manteca de corojo, dándoselo de comer a Elegba, poniéndose este muy contento con el padre y el hijo. Ellos le contaron a Elegba lo que estaba sucediendo en esa tierra.
Elegba le dijo a Osain: «Eso te pasó porque tú nunca has usado piedra (otá). Ahora que la gente no sabe que estamos aquí, vamos a preparar una piedra; prepararemos un afoshé (polvo) de distintas cosas, junto con el carapacho de la jicotea, cascarilla y manteca de cacao». Osain dijo: «Toma amansa-guapo, cambia-voz, paramí, yamao».
Entonces Elegba salió junto con Osain, y cada uno comió un poquito de lo que habían preparado, cogiendo una fuerza muy superior. Llamaron a Beyebe Awó y le dieron a comer de eso, jurando los tres compartir sus secretos al pie de la ceiba.
Enterraron parte del secreto, y la otra parte la regaron como polvo (afoshé) en la tierra Abeyalini. Elegba entró dentro de todas las casas, pasando este polvo por la cabeza de toda la población, y así triunfaron Awó Beyebe y Osain.
3Mayesi, hijo predilecto de Orunmila, salvó a su padre
En el pueblo de Iyebu había un muchacho llamado Mayesi, hijo de un gran Babalawo, que nació con una gracia natural: desde muy pequeño se veía como una persona mayor. Un día su padre consultaba y tuvo dificultades; Mayesi, que jugaba en el patio, lo llamó: «padre, aquí veo en esta güira con agua que tú estás estancado con esa persona, que es hijo de Shangó: no le cobres, y de la mata de mamey del patio dale cuatro — pero no los tumbes tú, mándalo a él». El padre no hizo caso, y a los siete días el hijo de Shangó volvió diciendo que nada le había ido como le aseguró. El Babalawo recordó lo dicho por su hijo, pero no lo hizo exactamente: él mismo subió a la mata a tumbar los cuatro mameyes, y cayó al suelo privado. Mayesi buscó otros Awó, que no pudieron hacer nada; uno de los más jóvenes le dijo: «tú, como hijo predilecto de Orunmila, pídele, porque Ifá está estancado». Cuando Mayesi le pidió a Orunmila, el padre empezó a recuperarse y vino la felicidad. Haga ebbó para que no vaya a decir una cosa por otra y haya cuestiones de justicia.
En un pueblo llamado Iyebu había un muchacho llamado Mayesi, y su padre era un gran Babalawo.
Mayesi, cuando nació, trajo una gracia natural. Desde muy pequeño se veía como una persona mayor. Así creció, y un día el padre estaba consultando y tuvo dificultades. Mayesi, que estaba jugando en el patio y vio la situación, lo llamó y le dijo: «Padre, aquí veo en esta güira con agua que tú estás estancado con esa persona que estás mirando, que es hijo de Shangó. Tú no le cobres, y de la mata de mamey que está en el patio, dale cuatro; pero no los tumbes tú, mándalo a él».
El padre no le hizo caso, y el hijo de Shangó se fue. A los siete días vino y le dijo al Babalawo que nada de lo que le dijo le había ido como él le había asegurado.
Entonces el Babalawo se acordó de lo que su hijo le había dicho, pero no hizo exactamente lo que este le había orientado, pues él mismo fue y se subió a la mata de mamey a tumbar los cuatro mameyes, cayendo al suelo privado, donde Mayesi tuvo que buscar otros Awó. Estos no pudieron hacer nada; el padre seguía tirado en el suelo, como muerto. Uno de los Awó más jóvenes le dijo a Mayesi: «Tú, como hijo predilecto de Orunmila, pídele a ver, porque Ifá está estancado».
Cuando Mayesi le pidió a Orunmila, empezó el padre a recuperarse y vino la felicidad.
Nota: haga ebbó, para que no vaya a decir una cosa por otra y haya cuestiones de justicia.
4Cuando Shangó y Elegba se apoderaron de los tambores🔒 Babalawo
5Oshánla, guardiana de los tambores y el secreto del ñame🔒 Babalawo
6El sapo y los Ibeyis🔒 Babalawo
7El sapo Opolo y sus hijos🔒 Babalawo
8Cómo Obatalá usó dientes de elefante🔒 Babalawo
9Cuando se cerraron todos los caminos🔒 Babalawo
6 patakíes más de este Odù, bajo candado.Lee todos los caminos completos con el plan Babalawo.Desbloquear →