Otura Shé tenía su casa en la cima de una montaña, y allí concentraba todo su poder. Desde esa altura veía los pueblos cercanos. Se movía sin cansancio por la montaña y entre la gente, y llevaba colgado un talismán que le avisaba cuando sus enemigos querían hacerle daño.
Un día una banda de caníbales asaltó un pueblo y secuestró a los niños con malos fines. Los soldados del monarca de aquel lugar ya habían perdido la batalla.
Otura Shé se puso frente a los caníbales, que tenían sometidos a los soldados. El talismán le dio fuerza para vencer a los malhechores y rescatar a la tropa. Luego bajó a la ciudad. El Rey, agradecido, organizó una fiesta en su honor y convocó a todos los habitantes.
Cuando Otura Shé llegó, la gente lo recibió con enorme afecto y le entregó toda su confianza. Los celos invadieron al Rey, que ordenó encerrarlo. Pero muchos de los soldados del Rey apoyaban a Otura Shé, y casi todo el pueblo también. Juntos derribaron al Rey y lo proclamaron «el Rey salvador».
De ahí nace la frase de que al bien suele responderse con mal. Y si el osogbo se transforma y se vuelve iré, entonces vale lo contrario: todo mal acaba trayendo algo bueno.
Quien usa su poder para salvar a los demás gana su confianza, y los celos de quien manda no logran detenerlo. Lo bueno que se hace acaba volviendo, aunque primero se pague con algo malo.