Oloddumare creó el mundo y a todos los animales, y les dijo: «aquel que encuentre la jícara de la vida será su dueño; en ella hay telas, plata, mujeres — y todo aquel que haga el bien, será para sí mismo y para los demás». Entonces los animales se presentaron ante Orunmila: a todos les salió Otura Meyi, y a todos les marcó ebbó. Los peces lo rechazaron; uno tras otro, ninguno quiso hacerlo. Solo el hombre, que fue el último en mirarse, hizo el ebbó.
Cuando terminó, Orunmila le entregó dos bastones y le dijo: «si ves a los peces, a los animales o a las serpientes peleando, sepáralos». El hombre, en su viaje, vio peces, búfalos y leones peleando por el camino, y no los separó. Hasta que pasó por un camino y vio dos pájaros peleando por una güira que tenían entrelazada entre las patas: tomó los dos bastones y los lanzó. Los pájaros se separaron, la güira cayó al suelo, y el hombre la recogió — y vio que era la vida.
Así el hombre encontró la fuerza y todo lo necesario para llegar al igbodun, haciéndose más poderoso que todas las criaturas — a veces más que los propios orishas, pues consiguió los secretos que los apaciguan. Y todos los animales tuvieron que aceptar al hombre como rey y quedar por debajo de él. Por eso este Odù recibe el nombre de «padre de la vida» — y por eso en este signo no se puede dejar de hacer sacrificio.