1Adiatotó prueba con los cocos que las tierras son suyas
Biawé era awó de profesión y tenía un hijo, Adiatotó, a quien enseñó el único secreto que guardaba: el modo de lanzar los cocos. En su casa se criaban otros muchachos, que se trataban como hermanos entre sí; Adiatotó era el menor.
Al faltar Biawé, quienes no eran hijos suyos de sangre tomaron los papeles que explicaban aquel secreto, y Adiatotó pasó a vivir con dificultades. Años después, el Gobierno quiso saber con certeza a quién pertenecían unas tierras y fue en busca de los dueños. Muchos se declararon propietarios, pero ninguno pudo presentar la prueba que pedía la escritura, y se anunció el asunto con pregoneros.
Adiatotó se enteró pronto, acudió y le pidieron pruebas. Solo él podía darlas, pues en vida su padre solo a él le había confiado ese saber. Declaró que las tierras eran suyas y que iría a los muros que dividen las fincas para lanzar los cocos: si caían boca arriba, era la señal que su padre le había enseñado.
Todos los cocos cayeron en Alafia, y el Gobierno le restituyó las tierras que le habían arrebatado.
2Adiatotó, el verdadero hijo de Biawé
Biawé, babalosha, era padre de Adiatotó, un joven serio y con ashé. Su Ángel de la Guarda le reveló el oráculo del obi, y con eso Biawé inventó el sistema de lectura de cuatro pedazos de coco. Con ese oficio daba consultas y pedía $1.05 por cada una. De ese monto, cinco centavos correspondían a Elegba, que lo había acompañado tanto al hallar el oráculo como al diseñar su registro.
Biawé trabajaba sin enseñarle a nadie. Hasta que cierto día se le ordenó dar a su hijo el oráculo y todos los secretos del Santo. Mandó llamar a Adiatotó, quien le dijo: «Amo mi Osha». El padre contestó: «Hijo mío, el Santo habló conmigo sobre ti y dijo que serás adivino». Desde entonces le fue entregando el secreto poco a poco, en cada consulta. A los demás muchachos, que Biawé trataba como si fueran sus hijos, esta preferencia les molestó.
Cuando Biawé falleció, durante el Ituto, los hermanastros de Adiatotó dejaron sin cumplir lo que el muerto quería. Ellos se quedaron con tierras, animales, casa, dinero y ropa, y el hijo verdadero quedó pobre. Tiempo después, el Obá, gobernante de la ciudad, supo del asunto, reunió a quienes decían ser hijos y les exigió pruebas. Únicamente Adiatotó las presentó.
Por eso lo declararon heredero legítimo, le regresaron lo que fue de su padre y pasó el resto de su vida dedicado a consultar.
3Los cinco secretos del coco de Biamegbón
En Adio, una ciudad, vivía el awó Biamegbón con su esposa Jaga, y de ellos nacieron varios hijos. El primero se llamó Adio Tootoó (el más antiguo de Adio); el segundo, Adamegbón (quien parte el coco); el tercero, Alakenta (quien más maneja el coco); y el cuarto, Alakesí (quien despierta más dudas en el coco). Bajo su techo crecían también otros jóvenes que se presentaban como hijos suyos, aunque eran solo hijos de crianza.
Olodumare había concedido a este awó el ashé de poseer los secretos para adivinar con el coco, y él dejó en sus hijos la fuerza de los odus para que la adivinación tuviera apoyo.
Reunió a cada hijo a solas y le confió un secreto del sistema. A Adio Tootoó, el primero, le dio el mayor secreto del coco, al que bautizó Alafia, que significa Paz y Felicidad, con el apoyo de Eyiogbe: si caen cuatro piezas blancas, se afirma la respuesta. Al segundo le dio el secreto de la muerte del coco, llamado Oyekun, el signo negro, respaldado por Oyekun Meyi: si caen cuatro piezas oscuras, la respuesta es no. Al tercero le tocó el secreto de la justeza, el equilibrio de Meyife: dos piezas blancas y dos oscuras confirman lo cierto con exactitud, y lo sostienen seis odus: Iwori, Odi, Iroso, Ojuani, Oshé y Ofun. El cuarto recibió el secreto de la vanidad: el coco engaña, y por eso puede salvar o matar. Se llama Etawé y, cuando sale, hay que preguntar de nuevo para saber si va a salvar o a matar. Cuatro odus lo respaldan: Ogunda, Osa, Otura e Irete.
Biamegbón se reservó el último secreto, porque notaba que sus hijos carnales, salvo Adio Tootoó, emigraban en cuanto aprendían. Solo a Adio Tootoó le transmitió ese secreto y todos los emblemas. Era el que lo niega todo, Okana: con tres piezas oscuras y una blanca, la pregunta queda rechazada por completo.
Con el tiempo, Adio Tootoó viajó a Ekirun, una ciudad cercana, y allí murió su padre de forma repentina. Ausentes los hijos legítimos, los de crianza comenzaron a exigir la herencia, rodeada por una muralla que Biamegbón había construido para resguardar sus bienes de los ataques enemigos. Lo habían sepultado junto a esa muralla.
Adio Tootoó supo lo que ocurría, recogió sus cosas y partió hacia Adio. Allí pidió al Obá que juzgara el pleito, pues poseía el secreto que demostraría que era el hijo mayor legítimo. El Obá reunió junto a la muralla a quienes disputaban. Adio Tootoó expuso que, muerto su padre, él tenía con qué probar su identidad y su derecho, y preguntó a los demás qué pruebas aportaban. Ellos no pudieron mostrar hechos que convencieran.
Adio Tootoó extrajo de su apó cuatro cocos y se acercó a la tumba de su padre. Pidió a Biamegbón, si de verdad reposaba allí, que contestara con aquel signo de muerte que él le enseñó: cuatro oscuros. Al lanzar, la gente se asombró: los cuatro cocos cayeron oscuros. Los juntó otra vez y preguntó al difunto si reconocía como hijos a los otros; de no ser así, que respondiera con Okana, la negación absoluta. Salió Okana, y el asombro creció, pues los falsos hijos quedaban excluidos.
Tomó los cocos de nuevo y preguntó si él era Adio Tootoó, el hijo querido; si era así, que respondiera con Alafia, emblema de su identidad. Al caer cuatro cocos blancos, un murmullo recorrió a los presentes, y quedó demostrado quién era. Luego preguntó si, ausentes sus hermanos, era el heredero legítimo, y pidió la respuesta de Meyife, el signo de la justeza. Cayeron dos cocos oscuros y dos blancos, y la herencia se entregó a Adio Tootoó con todo derecho.
Al final quiso saber si sus hermanos volverían a pedir su parte, y exigió una respuesta firme. Cayó Etawé; preguntó otra vez y cayó de nuevo, lo que confirmaba que sí volverían. Y así fue: pasados los años regresaron a reclamar el puesto, cada uno alegando ser el primogénito, pero Alafia, el mayor de todos los signos, respaldó el poder de Adio Tootoó.