1Awó Falake y los venados que abrían la tierra
Awó Falake, de nombre Ode Mashede, era un hijo de Oshé Páure que vivía en la miseria, sin dinero ni alimento. Aparte de dedicarse a la adivinación, cazaba para vivir, pero nunca le alcanzaba.
Desesperado, entregó a su Ifá la última euré y las dos adié que le quedaban. Hizo su orugbó, llevó el ebbó hasta el Iroko y lo colocó en lo alto. Desde las ramas miró hacia abajo y descubrió un grupo de agbáni, venados con cuernos enormes y llenos de ramas, dentro de un hueco profundo de la tierra. Los venados levantaron la vista al Sol y le dirigieron un rezo mágico. Entonces Olorun se presentó y les enseñó el camino.
Falake ya apuntaba con su flecha cuando se le acercó Obá Egun Oluyeke, quien lo protegía y aconsejaba, y le dijo en voz baja que se fijara: los agbáni abrían la entrada de la tierra rezándole al Sol. Si él hacía igual, se haría rico.
Bajó Falake del árbol. Los venados se habían marchado, así que rezó a Olorun por su cuenta. Olorun lo escuchó y abrió la tierra ante él. Dentro halló telas, oro y gemas, y se llevó un poco de todo. Obá Egun Oluyeke le recomendó callar: nadie debía enterarse.
Un día le llevó a su esposa un rollo de tela. Ella le preguntó por su origen, pero él guardó silencio, por mucho que ella lo presionara. Entre tanto, los venados se dieron cuenta de que un intruso había entrado, y comentaban entre ellos lo atrevido que era y qué clase de poder tendría para que Olorun lo acompañara.
Cierto día, cuando él no estaba, la esposa llenó de ceniza el saco que él usaba en sus viajes y lo perforó en el fondo. Falake lo llevó sin darse cuenta y salió a cazar como siempre. La ceniza marcó el camino, y ella lo siguió hasta el monte.
Falake alcanzó su Iroko y trepó. La esposa se ocultó entre la maleza, al pie. Al rato los venados salieron, Falake rezó a Olorun, descendió por la abertura, recogió más telas, oro y piedras brillantes, y se retiró. Ella entró enseguida, pero se quedó contemplando las riquezas, y los venados regresaron, la capturaron y la amarraron con lianas al tronco de un jagüey que estaba cerca de la abertura.
Falake, al notar que ella faltaba, esperó en casa. Como al tercer día no aparecía, salió a buscarla. Los venados ya habían decidido matarla y la sacaban rodeada por sus cuernos. Falake los vio, disparó contra el líder del rebaño y lo mató, y los otros escaparon. Falake liberó a su esposa y la regresó con su familia, a la que explicó que era codiciosa e indiscreta, y que insistía en saber lo que no le correspondía.
Con el tiempo, Falake se hizo muy rico. Los venados eran hijos de Eruwá, y nunca regresan a un sitio donde se asustaron, de modo que el tesoro y aquel poder de Olorun, otorgado por Orunmila y Obá Egun Oluyeke, quedaron en sus manos.
3Oshún y el tarro hechizado de Awó Orun
Aquí se explica por qué solo quien tiene Odun puede darle pescado fresco (eyá tuto) a Orunmila, y también cómo comenzó la perdición del hombre por causa de la mujer.
Bori Boshe era una tierra gobernada por Awó Orun, llamado en este camino Oshe Paure. Olofin le había concedido un gran saber y su pueblo prosperaba bajo esa bendición. Cuanto emprendía le resultaba bien, pues contaba con el apoyo de Olofin.
Un día apareció allí una mujer de hermosura asombrosa que maravilló a todos los habitantes. En verdad era Oshún Mori Yeyeo con otro aspecto. La mandaba Omó Saraon, un hechicero, con el encargo de arruinar a Bori Boshe y a Awó Orun. Entró cantando y de inmediato reinó el desorden: unos caían al suelo y otros sufrían convulsiones.
Al mediodía, Awó Orun estaba haciendo su ceremonia para Olofin y Orunmila. Los colocaba sobre su cabeza, oraba y tocaba tres veces el suelo con los labios. Cuando acabó, salió y halló a la gente alborotada. Elegba le informó que una forastera había venido a perturbar a todos, y Awó Orun pidió que se la presentaran.
Ella se presentó, entonó un saludo reverente, se postró a sus pies y besó el suelo tres veces. Awó Orun quedó tan fascinado que no vio cómo, en ese gesto, ella recogía un puñado de tierra y lo metía en una bolsita que sostenía. Allí dentro había un frasco pequeño de eyó que Omó Saraon había cargado, para que ella siguiera todos los pasos de Awó Orun a través de él.
Elegba, vigilante, le advirtió que la mujer traía malas intenciones. Awó Orun lo ignoró y continuó charlando con ella. Insatisfecha, la mujer pidió ser llevada ante sus secretos para prometer allí que jamás abandonaría esas tierras. Él replicó que sus secretos eran Orunmila y Olofin y que ella no debía verlos. Entonces ella le entregó la bolsita y le rogó que la colocara junto a ellos y pidiera que ella se quedara.
Tan rendido estaba que obedeció. Puso la bolsita en la sopera de Orunmila, al lado de Olofin, y cumplió la ceremonia. Al acabar sus rezos lo venció un sueño profundo, y en él Olofin le ordenaba darle un pescado a Orunmila, traído del río.
Despertó inquieto. Afuera lo esperaba la mujer, que lo atrajo hacia sí y afirmó que ya podía quedarse, porque la había complacido. De madrugada, a las cuatro, consultó el osode y salió su propio signo: Orunmila confirmaba lo dicho por Olofin, que su Ifá debía recibir pescado.
Oyó entonces el sonido de un cencerro. Cuando iba por el pescado se detuvo tras unos arbustos y vio pasar a Elegba, que cantaba mientras lo hacía sonar. Awó Orun no lo llamó, por temor a que le hablara otra vez de la mujer.
Regresó a casa con el pescado y lo preparó para Orunmila; mientras lo ofrecía entonó un canto pidiendo pescado fresco. Después hizo un omiero con ewefá, tetenifá, abere e iroko, sumergió el pescado y lo retiró. Lo puso frente a su Ifá con abundante miel y escamas, y se lavó con el omiero.
A mediodía se arrodilló ante Orunmila, oró y tocó el suelo con los labios tres veces. De repente su vista se apagó por completo y lo envolvió una sensación extraña que lo paralizó. Del saquito junto a su Ifá brincó el frasco de eyó cargado que le habían entregado Omó Saraon y la mujer.
Elegba, que no se había apartado de él, se asustó y rompió a llorar con lamentos por Awó Orun. La mujer, aterrada, escapó hacia donde estaba Saraon. Olofin oyó el llanto de Elegba, sintió compasión y apareció. Dejó el frasco allí y declaró: «El mismo objeto que vino a destruir a mi hijo será desde ahora su defensa». Awó Orun recuperó la vista y se inclinó ante Olofin.
Olofin le dijo que había permitido todo aquello como lección. Le había quitado su espiritualidad, y por eso pudo ofrecer pescado a Orunmila, algo que solo pueden hacer quienes la poseen. Le mandó guardarse de todas las mujeres y no fiarse de ninguna, pues causaban su ruina.
Aun así, por ser obediente e inteligente, le reveló un secreto: cómo levantar junto a su Ifá un nuevo poder, cuyos elementos y pasos no se cuentan aquí. Olofin quiso que ese poder protegiera su vista, para que Awó Orun jamás volviera a perderla, y le dejó claro que aún faltaba completarlo.
Entonces llegaron Omó Saraon y la mujer por el frasco de eyó. Olofin mandó que los tomaran y los incluyeran en el secreto. Con ese poder Awó Orun andaría siempre protegido y recorrería el mundo sin obstáculos. Con un saludo a Eshu termina el relato.