Oshe Meyi es el Odù número 15 de Ifá, uno de los 16 Meyi y cabeza de la familia de Oshe. En los tratados aparece también como Ọ̀ṣẹ́ Méjì, Baba Oshe Meji u Oshe Meji. Esta ficha reúne su rezo en yoruba, 49 patakíes (3 enteros a la vista, con su enseñanza, su ebbó y sus cantos), sus refranes, 15 ebbós y obras y las señales con las que se manifiesta en la consulta — con el eewó completo a la vista; los demás ires y osogbos, el resto de consejos y las recetas completas se abren con La Libreta.
Los patakíes
los caminos del Odù — la historia detrás de cada sentencia
LIBRE LA LIBRETA1El luchador que aprendió a caer ante los reyes
Antes de nacer, Oshe Meyi salió del cielo sin consultar a nadie ni ofrecer sacrificio alguno. Sus padres eran ancianos cuando lo tuvieron, y él vino al mundo con el cabello gris. Siendo niño perdió a ambos. No se dedicó a Ifá ni a ningún oficio bien visto; vivió como luchador ambulante. En combate venció a dieciséis reyes de la tierra, entre ellos el Alara, el Ajero, el Olowo y el soberano de Ado. Aun así, todas las veces regresaba sin ganancia, con lo justo para alimentarse.
Consultó a tres sacerdotes de Ifá. Estos le dijeron que el hambre venía de no cumplir en la tierra la tarea para la que había nacido. También le anunciaron que al final de su recorrido tendría bienestar, siempre que antes ofreciera un sacrificio, y que ese sacrificio correspondía hacerlo en el cielo. Oshe Meyi no les dio crédito: ¿cómo iba a subir al cielo para ofrecerlo? Y es que Eshu tenía cortado entonces el paso entre ambos mundos. Los sacerdotes agregaron que de sus rivales vencidos no debía esperar recompensas. Le recomendaron entregar lo que tuviera a mano a su padre ya fallecido. Oshe Meyi volvió a su casa, mató un gallo como ofrenda a su padre y le suplicó que lo orientara hacia su destino.
En el cielo, el padre acudió ante el ángel que protegía a Oshe Meyi para lamentar que a su hijo le fuera mal en la tierra. El ángel contestó que la causa era su carácter pendenciero. Acordaron entonces tratar de que las bendiciones del cielo fueran a verlo.
Existe una costumbre: cuando amanece y canta el gallo, los bienes de la vida (hijos, paz, riqueza, vivienda, dinero, salud, prosperidad) dejan el cielo para recorrer la tierra, y antes pasan por la sala donde habitan los ángeles que cuidan a cada persona. El padre pasó la noche en casa del ángel. Al amanecer, tras cantar el gallo, los bienes se despidieron de los ángeles y preguntaron si querían mandar algún recado. El ángel de Oshe Meyi les pidió ir a ver a su protegido. Todos contestaron a la vez que no se atrevían, pues los aniquilaría. Le recordaron la fama de pendenciero que tuvo en el cielo y el escándalo que armó antes de huir a la tierra. Dijeron: el bien y el mal solo se encuentran para pelear, y que tampoco se mezclan el calor con el frío ni la luz con la sombra. Mientras él siguiera humillando a quienes podrían ayudarlo, no irían a su casa. Dicho esto, bajaron a la tierra.
Después el padre se echó a llorar al ver sin remedio a su hijo, y rogó otra vez al ángel. Este le confesó que lo había retenido esa noche para que oyera todo con sus propios oídos, y que llevaba años tratando de convencer a esos bienes, siempre sin éxito y por las mismas causas. Como el padre no cedía, el ángel pensó otra manera. Le pidió que volviera a su casa y le aseguró que vería a su hijo en la madrugada siguiente, antes del primer canto. El padre no comprendió esa promesa.
En cuanto el padre salió, el ángel fue donde la Enfermedad, mujer del Rey de la Muerte, con un obsequio de nueces de kola. Ella, como los bienes del cielo, recorre la tierra cada día, aunque no va en persona: la Muerte reparte a sus mensajeros. El ángel la persuadió de que se acercara a su protegido y lo invitara a subir al cielo, alegando que tenía algo importante para él. La anciana prometió llevar el aviso ese mismo día.
Abajo, Oshe Meyi cayó enfermo de repente, cosa inusual, pues nunca se había sentido mal. Al avanzar la noche se agravó y quedó inconsciente. Nadie lo estimaba, así que nadie lo atendió; los que lo hallaron en ese estado hasta se burlaron. Poco antes de la medianoche expiró. Nadie lo supo, porque vivía solo, sin esposa ni hijos.
En el instante en que su vida salió, estaba en el cielo frente a su ángel. El padre ya estaba allí, pues el ángel le había dicho que regresara al anochecer, y entendió lo que aquella promesa significaba. Los dos recibieron a Oshe Meyi antes del alba, y el ángel lo mandó a ocultarse tras un biombo que había dispuesto.
Cuando el gallo cantó, los bienes del cielo pasaron por las casas de los ángeles. Ante la puerta del ángel de Oshe Meyi, este los fue nombrando uno a uno (los hijos, la amistad, la riqueza, la prosperidad, el dinero y los demás) y les suplicó de nuevo que fueran a ver a su protegido, que sufría en la tierra. Ellos contestaron que no cambiaban de parecer según entraran o salieran. Dijeron que el luchador era demasiado rencoroso para recibirlos con respeto y que habían jurado no acercarse a su calle. Agregaron que no visitaban a quien pudiera destruirlos, y que quien tiraba al suelo a reyes, príncipes y divinidades los desharía con los dedos.
Entonces el padre gritó que el hombre del biombo debía oír lo que decían los enviados de la fortuna. Oshe Meyi lo oyó y comprendió que había perseguido metas equivocadas.
Cuando los bienes se marcharon, salió y preguntó cómo proceder a su ángel y a su padre. Le indicaron cumplir el sacrificio que dejó sin hacer al partir de allá: un chivo ofrecido a Eshu, que le limpiaría su cabeza y su espalda con el fin de debilitar su fuerza física y perniciosa. Lo hizo sin demora, pues las cabras que tenía allí se habían multiplicado. Ofreció además a su ángel la vaca más grande para el banquete de la policía celestial. Luego el ángel le señaló un camino especial de regreso. Apenas pisó ese sendero, parpadeó y ya estaba en la tierra, con la conciencia recobrada.
Tres años después ya era un hombre bueno, pero, aunque recordaba con nitidez lo vivido, se dispuso a retomar la lucha. Antes preparó una de sus cabras para su padre, regaló un carnero a su Ifá (la imagen terrenal de su ángel) y celebró una gran fiesta con ellos. Los vecinos no entendían por qué lucía distinto, ya que nadie sabía de sus sacrificios. Entregó además un chivo a Eshu. A los dos días partió rumbo al palacio del Alara. Por la ruta lo detuvo un anciano sacerdote de Ifá, que en realidad era Eshu transformado y resultó ser adivino. Le dijo que iba a un torneo de lucha y que, aunque podía vencer, debía fingir una caída al sujetar a cada rival, y observar lo que pasara, pues no se arrepentiría. La señal sería el grito de lucha: al gritarlo, debía simular que caía.
En el palacio del Alara gritó el grito de lucha y el rey salió. Al trabarse en combate, Oshe Meyi lo arrojó, pero se dejó caer al suelo enseguida, antes de que el soberano le cayera encima. Siguiendo el consejo, no se levantó.
Mientras tanto Eshu desató en el pueblo un desorden jamás visto. Hubo oscuridad total y la tierra tembló. Los gallos empezaron a poner huevos, mientras las gallinas cantaban igual que gallos. Las embarazadas sintieron dolores falsos de parto. Los animales salvajes invadieron el pueblo para comer sin concierto, y los domésticos escaparon al monte.
El Alara, asustado, le suplicó que se levantara. El anciano sacerdote surgió de nuevo y dijo al Alara que un hijo de Orunmila tenía prohibido caer a tierra; para que se pusiera de pie había que aplacarlo con cien hombres fuertes, muchachas solteras, ganado, cabras, aves de corral, sacos de dinero y otros bienes. El Alara no dudó: mandó que cada hogar aportara la reparación. Reunido todo, Oshe Meyi se paró. El anciano hizo un polvo de adivinación y lo lanzó al aire; al instante la claridad, la paz y la calma volvieron y se fueron la oscuridad, el desorden y la confusión. Oshe Meyi ordenó llevar a Ifé, a su casa, a las personas entregadas, y que se empezaran a levantar viviendas nuevas antes de su regreso.
Al otro día se presentó en el palacio del Ajero Kin Osa, y se repitió lo mismo; después visitó al Orágun, al Olowo, al Ooni, al soberano de Ado y a otros, y todos pagaron de modo parecido. Terminada su gira, era un hombre riquísimo: la prosperidad por fin lo había alcanzado.
De ahí viene que se pague en dinero por las adivinaciones. Arrojar el ókpele al suelo recuerda la caída de Oshe Meyi ante los reyes, que debieron indemnizarlo.
2La caída que enriquece (nace el pago de la consulta)
Oshe Meyi vivía de luchar. Vencía a reyes, príncipes y deidades, y sin embargo pasaba hambre. Tras una adivinación, los sacerdotes de Ifá le explicaron que su hambre venía de no dedicarse a la tarea para la cual había nacido. Le prometieron prosperidad al término de esa tarea, aunque antes tenía que ofrecer un sacrificio que solo podía hacerse en el Cielo. Oshe Meyi no les dio crédito: ¿cómo iba a subir al Cielo? Además, Eshu había bloqueado entonces la ruta que unía el Cielo con la Tierra. Los sacerdotes añadieron que no esperara recompensas de sus rivales vencidos, y le recomendaron ofrecer lo que estuviera a su alcance a su padre, el último que había acudido en su ayuda. De regreso a su casa, Oshe Meyi sacrificó un gallo para ese padre y le suplicó que lo guiara hacia su destino.
Mientras tanto, el padre, que estaba en el Cielo, se presentó ante el Ángel guardián de Oshe Meyi para quejarse de que en la Tierra a Oshe Meyi no le iba bien. El Ángel contestó que la causa era su carácter belicoso. Entonces ambos acordaron pedir a los bienes del Cielo que fueran a ver a Oshe Meyi.
Según la costumbre, al amanecer, cuando el gallo canta, los bienes de la vida (hijos, paz, riqueza, buen hogar, dinero, salud y prosperidad) dejan el Cielo para ir a quienes puedan acogerlos en la Tierra. Antes pasan por la sala del Cielo donde habitan los ángeles guardianes de todos los terrestres. Aquella noche el padre durmió en casa del Ángel de su hijo. Pasado el canto del gallo, los bienes comunicaron su salida hacia la Tierra y preguntaron si algún guardián les encargaba un recado. El Ángel de Oshe Meyi les rogó visitar a su protegido. Todos respondieron juntos que no se atrevían, pues él acabaría con ellos. Le recordaron cuán belicoso había sido en el Cielo y el alboroto que armó antes de escapar a la Tierra. Afirmaron que el bien y el mal solo se juntan para pelear, igual que no pueden convivir el calor y el frío ni la luz y la sombra. Como Oshe Meyi se empeñaba en atacar y humillar a quienes podían favorecerlo, no irían a su encuentro. Y se marcharon a la Tierra.
Poco después el padre rompió a llorar, desesperado por su hijo, y recurrió de nuevo al Ángel de la Guarda. Este le reveló que lo había alojado esa noche para que presenciara todo lo sucedido desde que Oshe Meyi bajó a la Tierra: llevaba años intentando convencer a los bienes del Cielo, y estos siempre se negaban por los motivos que acababan de oír. Como el padre insistía, el Ángel pensó otro plan. Le pidió regresar a su casa, y le aseguró que antes del canto del gallo del día siguiente vería a su hijo. El padre no captó el sentido de esas palabras.
Apenas se alejó el padre, el Ángel llevó nueces de kola de regalo a Enfermedad, que está casada con el Rey de la Muerte. Enfermedad, igual que los bienes, baja a la Tierra todos los días, aunque no personalmente: la Muerte envía mensajeros errantes. El Ángel la persuadió de que fuera a conocer a su protegido y lo invitara al Cielo, pues quería hacer algo importante en su favor. La anciana prometió cumplir el encargo ese mismo día.
En la Tierra, Oshe Meyi cayó enfermo de pronto, cosa inédita en él. Al avanzar la noche se agravó y quedó inconsciente. Nadie le tenía afecto, de modo que nadie lo cuidó, y algunos hasta se burlaban al hallarlo así. Poco antes de medianoche expiró. Nadie se enteró de su muerte, porque estaba solo, sin esposa ni hijos.
En el mismo instante en que dejó su cuerpo, Oshe Meyi estaba en el Cielo, frente a su Ángel de la Guarda. Allí estaba también su padre, a quien el Ángel había mandado volver a su casa pasado el anochecer, y por fin entendió aquella promesa de ver al hijo antes del canto del gallo. Los dos recibieron a Oshe Meyi antes de que el gallo cantara, y el Ángel le pidió esconderse detrás de un biombo dispuesto de antemano.
Al poco de cantar el gallo, los bienes del Cielo comenzaron su ronda por las casas de los ángeles guardianes. A la entrada de la de Oshe Meyi, el Ángel los nombró uno por uno (hijos, amistad, riqueza, prosperidad, dinero y los demás) y volvió a suplicarles que fueran a ver a Oshe Meyi, que sufría en la Tierra. De nuevo se negaron: lo describieron como un luchador demasiado rencoroso para recibir bien a ninguno; dijeron haber jurado no pisar jamás su calle, no visitar a quien los destruiría, y que quien derribaba reyes, príncipes y deidades en el combate los aplastaría sin esfuerzo.
Entonces el padre exclamó que el hombre escondido tras el biombo tenía que escuchar lo que los enviados de la fortuna decían de él. Oshe Meyi, que estaba oculto allí, comprendió en ese momento que toda su vida había perseguido metas equivocadas.
Pasados los bienes, salió de su escondite y preguntó a su Ángel y a su padre qué debía hacer. Le indicaron que cumpliera el sacrificio omitido antes de salir del Cielo: un chivo para Eshu, que le limpiaría la cabeza y la espalda y así rebajaría su fuerza física y maligna. Lo ofreció sin demora, ya que las cabras que había dejado en el Cielo ahora eran muchísimas. Prometió también al Ángel dar la mayor de las vacas a la policía celestial, para un banquete. Luego el Ángel le señaló una senda especial de regreso. En cuanto puso el pie en ella, abrió los ojos en la Tierra y recuperó la conciencia.
Tres años más tarde estaba sano. Aunque recordaba bien su paso por el Cielo, empezó a preparar otra vez su recorrido de luchas. Antes de salir, preparó una de sus cabras como ofrenda para su padre, entregó un carnero a su Ifá, que representa en la Tierra a su Ángel guardián, y celebró con ellos un gran banquete. Quienes lo conocían se preguntaban qué había mejorado su aspecto, ya que no se sabía de ningún sacrificio suyo. A Eshu también le entregó un chivo. Dos días después se encaminó al palacio del Alara. En el trayecto halló a un anciano sacerdote de Ifá, que era Eshu transformado y resultó ser adivino. Este le dijo que se dirigía a una competencia y que vencería a sus rivales, pero que al apresarlos debía simular una caída al suelo y mirar lo que ocurría, pues no se arrepentiría. Le indicó que lo hiciera tan pronto como lanzara el grito de lucha.
Llegó al palacio del Alara, lanzó el grito de lucha y el Alara salió a su encuentro. Se agarraron, y Oshe Meyi lo derribó, pero se echó al suelo antes de que el rey lo aplastara y no se levantó, tal como el anciano le había indicado.
Eshu, entre tanto, provocó en el pueblo un desorden jamás visto. La oscuridad lo cubrió todo y la tierra se sacudió. Los gallos empezaron a poner huevos y las gallinas a cantar como ellos. Las embarazadas sentían dolores falsos de parto, los animales del monte entraban a comer en el pueblo y los animales domésticos corrían hacia el monte.
El Alara, viendo aquello, suplicó a Oshe Meyi que se levantara. En ese momento el anciano sacerdote surgió de la nada y habló: a un hijo de Orunmila le estaba vedado caer al suelo, y para que se pusiera de pie había que calmarlo con cien hombres fornidos, jóvenes solteras, vacas, cabras, gallos, gallinas, sacos de dinero y otros bienes.
El Alara no dudó: mandó que cada hogar del pueblo aportara lo que se pedía. Con todo reunido, Oshe Meyi se levantó; el anciano preparó un polvo de adivinación y lo esparció soplando al aire. De inmediato regresaron la luz, la paz y la calma, y se fueron la oscuridad y el desorden. Oshe Meyi dispuso que los regalos humanos se enviaran a su casa de Ifé y que allí se levantaran viviendas nuevas antes de su vuelta.
A la mañana siguiente repitió la hazaña en el palacio del Ajero Kin Osa. Igual procedió con el rey de Ado, el Ooni, el Olowo y el Oragun, entre otros, y de todos recibió pagos semejantes. Al terminar su recorrido era un hombre riquísimo: la prosperidad por fin lo había alcanzado.
Así empezó la costumbre de cobrar por las adivinaciones. Cuando se arroja al suelo el okpele, el instrumento de adivinación, se recuerda la caída de Oshe Meyi ante los reyes, que la pagaron con esas compensaciones.
Por eso, cuando Oshe Meyi aparece en una consulta, a quien consulta se le pide abstenerse de actos que lo lleven a exhibir su fuerza. Se le advierte que no avanza en la vida y que no avanzará hasta modificar su manera de actuar, con prudencia y discreción en todas sus tareas.
3Ajakadi, el luchador que cayó ante Ogún
En el cielo, Oshe Meyi era uno de los cuatro apóstoles principales de Orunmila. Tenía mucho poder, pero también mala fe. Siendo niño enfrentaba a sus hermanos menores entre sí; así fue como Olugbodo, divinidad de la infancia, quedó lisiado. Ya mayor, su fama se debía a que llevaba disputas a todos los rincones del cielo. Se llamaba Ajakadi.
El día de su nacimiento, su padre preparó unos remedios usando un hacha, además de la cresta de un gallo, y se los incrustó en la cabeza; por eso se volvió un luchador que nadie vencía. Debía llevarle a Eshu, como sacrificio, un chivo acompañado de la columna de una serpiente, para que su fuerza llegara a la madurez. Sin embargo, confiado en su fortaleza, no lo hizo. De ahí que a los hijos de Oshe Meyi se les recomiende no comer carne de serpiente.
Todas las mañanas salía de su casa celestial a desafiar a alguna divinidad a una lucha y siempre resultaba vencedor. Primero derrotó sin esfuerzo a Ogún y después a las demás. El problema era que apenas conseguía alimento, pues las divinidades benévolas de allí le tenían terror.
Su ángel de la guarda, disconforme con esa situación, resolvió debilitarlo para que pudiera progresar. Fue donde Eshu cargando un chivo, más la columna de una serpiente, y le suplicó que sometiera a Ajakadi. Eshu devoró el chivo e ideó una estratagema.
Cuando volvió el torneo anual de lucha del cielo, se juntaron los anfitriones celestiales y las divinidades se acomodaron según su antigüedad. Ajakadi llegó primero, una vez más, esperando que alguien lo retara. Permaneció parado largo rato sin que nadie se atreviera. Por costumbre, si nadie desafiaba al luchador, él mismo elegía a su rival. Apuntó hacia Ogún, la divinidad guerrera, la más antigua y fuerte, y lo retó a la primera pelea.
Ogún no tuvo cómo rechazar el reto. Apenas avanzó hacia la arena, Ajakadi lo sujetó y lo arrojó hacia arriba con todo su empuje. Mientras lo soltaba, Eshu clavó en él su misteriosa mirada y, por milagro, Ajakadi se desplomó en el suelo antes de que Ogún le cayera encima. El propio Ogún no comprendía cómo su rival había sido el primero en caer.
Tendido en la tierra, Ajakadi le rogó a Ogún que acabara con él, cortándole la cabeza con la espada. Se lamentaba de no haber caído antes en un combate, y le era insoportable la vergüenza de levantarse de nuevo. Cuando Ogún desenvainó, Eshu se interpuso: advirtió que quien osara decapitar a Ajakadi desataría una calamidad sin fin que alcanzaría a todo el cielo. Como prueba, sacudió el suelo celestial. El cielo y su tierra empezaron a juntarse y todo quedó a oscuras al instante.
Olodumare notó el desorden y gritó preguntando quién turbaba la paz del cielo. Le informaron que Ogún había hecho caer a Ajakadi, el luchador invicto, durante el torneo anual. Olodumare mandó de inmediato que se aplacara a Ajakadi, pues la calma debía regresar. Eshu habló otra vez: declaró que Ajakadi no podía quedar caído en el suelo y que, para calmarlo, había que entregarle una compensación: doscientos de cada una de estas clases: hombres, mujeres, vacas, cabras, carneros y perros, más doscientas bolsas con dinero y, de lo que cada uno poseyera, doscientos artículos de valor.
La compensación se entregó enseguida, y Eshu le susurró a Ajakadi que la aceptara. En cuanto Ajakadi se incorporó, cielo y tierra regresaron a su sitio, la luz volvió y la calma se extendió de nuevo por los cuatro vientos.
Ya en su casa, con su nueva riqueza, Ajakadi agradeció a Eshu su ayuda con un chivo robusto. Al ángel que lo guardaba le dio la vaca más grande y también la cabra y el carnero más grandes. Entonces Oshe Meyi entendió que su tiempo de luchador en el cielo había terminado y que debía marchar a la Tierra, donde prometió con solemnidad seguir celebrando sus combates.
4El dinero que venía del cielo — El dinero bajó del cielo como montaña de cauríes y las divinidades corrieron a cavarla: solo uno excavó como debía. 6La mala suerte de Olokose — Olokose salió de gira confiado en su competencia y sin atender a Eshú: en el camino lo esperaba Agufan. 8La esposa bruja — Oshe Meyi no sabía que una de sus esposas venía desterrada del cielo: una noche, ella recorrió el mercado. 9El esclavo que tiró el okpele — Un hacendado sorprendió a su esclavo tirando el okpele y lo abofeteó, sin saber lo que el esclavo estaba mirando. 18El agua envenenada — Un caminante sediento preguntó si el agua del charco podía beberse, y creyó la respuesta: Ifá guarda la advertencia. 26El hombre y la mona — Perseguido a muerte, un hombre se salvó haciéndose pasar por mono: lo que sintió su protectora complicó el escondite. 35El olor de la cucaracha — Orula le mandó ebbó a la cucaracha por su olor peculiar: el patakí explica por qué aún se la persigue. 40Oluo Popo y su sobrina — Oluo Popo gastó todo en fiestas y cruzó un límite en casa de Naná Burukú: dos castigos salieron de una boca. 47El ladrón y el colmenero — El colmenero cantaba bajito dónde escondía sus monedas, y alguien escuchaba: recuperarlas exigió una canción más. 48El pastor y el escarabajo — El pastor no sacrificó: ¿qué daño podía hacerle un escarabajo? El patakí responde desde lo alto de la cuesta. La palabra no se pierde — se abre
Con La Libreta se abren los 256 Odù completos: más de 5,000 patakíes, las obras y los eewó de cada signo, los rezos y las interpretaciones — en español y en inglés.
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