Un rey de edad avanzada quería tener un hijo, porque en aquella época la fortuna de un rey crecía si tenía hijos. Su esposa, sin embargo, padecía trastornos que le impedían concebir.
Por eso el rey puso los ojos en una sirvienta, y esta esperó un hijo suyo. Al comienzo él se llenó de alegría, convencido de que su riqueza aumentaría. Pero el niño no era de la reina y la riqueza no aumentó. Cuando lo entendió, el rey despreció al pequeño y lo rechazó.
Pasaron 45 días y la madre del niño enfermó. Un sirviente que estaba al tanto de los asuntos del rey asumió su cuidado y lo llevó consigo a palacio, donde otros criados le remendaban la ropa y le ofrecían alimento.
Cinco años después falleció el rey y, poco más tarde, también su esposa. Quien subió al trono fue peor: promulgó una ley que impedía a cualquier muchacho vivir en el castillo. Eshu, que vivía en ese lugar, decidió marcharse con el joven hacia el límite de la ciudad, a la zona de los pobres. Allí el joven creció y trabajó como esclavo.
Con los años Eshu envejeció mucho. El joven lo advertía y trabajaba sin descanso a cualquier hora. En el trabajo conoció a una mujer que también era esclava; la situación del joven le dio pena, y ella lo envió con Orunmila. Este le indicó un ebbó, que llevaba un pescado, y le anunció que al amanecer su nombre sería Oshé Lezo. Debía mantenerlo en secreto hasta ver un fuego que lo rebasara.
Con el tiempo el joven se llenó de orgullo. Eshu notó que algunos días ni siquiera saludaba a su padre, y fue a consultar el caso con Orunmila. La respuesta fue que el joven ya había estado allí, pero que, de todas formas, Eshu llevara omiero de Obatalá y lo vertiera en el acceso al pueblo. Eshu obedeció.
A los tres días estalló una guerra en el sector rico, tan grande que casas y castillos se quemaban y nada lograba detener las llamas. El fuego se acercaba sin pausa al barrio de los pobres, mientras la gente se alejaba cada vez más.
Al ver aquello, Oshé Lezo recordó la advertencia de Orunmila y corrió hacia las llamas, que ya llegaban a la entrada del pueblo, precisamente en el sitio donde Eshu había vertido el omiero. Allí se detuvo y gritó, como si hubiera perdido el juicio: «¡Yo soy Oshé Lezo!». Cada paso que daba hacía retroceder al fuego. Cuando las llamas se extinguieron en el pueblo, él quedó aturdido, como fuera de sí.
Olofin lo hizo venir y le habló así: «Desde este día serás el fuego poderoso de este pueblo, con el bueno y con el malo, con el rico y con el pobre. Tu mando durará mientras no te vuelvas orgulloso. A nadie le negarás nada, ni perderás el juicio».
Quien es rechazado y crece apartado puede recibir un nombre oculto que lo salva y la fuerza para detener lo que parecía imposible. Ese poder se mantiene mientras la persona conserve la humildad.
Un pescado.
Omiero de Obatalá, que se vierte en la entrada del pueblo.
To Iban Eshu