Cierta tierra de volcanes tenía por nombre Osa Rete Nifa Inle Okun Fekun Dudu. Tenía fuego en sus entrañas, no producía cosecha alguna, nadie conseguía vivir en ella y todo lo que brotaba se secaba y moría.
Olofin la observaba sin decir palabra, pues la tierra pasaba el tiempo blasfemando y quejándose de todo. Llegó el momento en que no soportaba más: empezaba a convertirse en barro con forma humana, que se desmoronaba y volvía a hacerse barro. Entonces Olofin le dio ashé, para que pudiera hablar y pedir. La tierra se agrietó y produjo ruidos que Olofin no lograba entender; parecía rogar perdón y cantar algo dirigido al padre.
Quiso saber si Osa Irete lo interpretaba igual, y lo mandó a verla. Osa Irete fue, volvió y confirmó lo dicho por su padre: la tierra era mala y no cesaba de maldecir, y había que dividirla para distinguir cada parte de las otras.
Olofin convocó a Shangó y a Yemayá Afefelorun. Les explicó que necesitaba su ayuda para encontrar el modo de que Osa Irete pudiera habitar la tierra y esta diera frutos, de manera que se comieran a su tiempo y cada ser viviera lo que le correspondía; solo así el mundo se mantendría. Shangó dijo que empezaría dividiendo la tierra. Cargó con piedras y se cubrió de rayos, relámpagos y centellas que descendieron y fueron partiendo el suelo. A la parte oscura le puso el nombre Inle Okun Fekun Dundun, y a la roja, Inle Okun Fekun Pupua.
Después Shangó fue a decirle a Olofin que ya había terminado la división. Olofin respondió que ya lo sabía, pero que había dejado reseca la roja. Shangó explicó que esa tierra serviría para pintar cosas diversas, y que cuando Afefe Ayé, el viento, barriera las tierras, se llevaría el polvo, el cual les serviría de alimento. Con la lluvia envió el viento, que limpió el suelo; pero no podía retener la tierra roja, que se le escapaba y se revolvía con la oscura. Olofin envió entonces una nube en forma de cola y una tromba marina para recoger el agua y elevarla.
Cuando le dieron la noticia, Olofin mandó soltar el agua y cayó un gran aguacero. La tierra se libró de todas las criaturas dañinas que escondía. Dio primero quimbombó (ailá), luego maíz (aguadó) y después granos (eré). Entre las plantas, la primera fue el algodón (oú), después la ceiba (aragba) y por último el coco (obi). Olofin la bendijo, y una parte de aquellas criaturas se transformó en animales y el resto en personas.
La tierra quedó feliz por los hijos de Olofin, quien la escuchó y la reprendió por desagradecida. Le dijo que tendría que vivir siempre de ese modo y que jamás se lo perdonaría: debajo del agua habría tierra, y de ahí sacaría la fuerza para sostenerse; de otro modo, solo viviría entre quejas y esclavizada, por ser como era. Añadió que enviaría a todos los orishas para ayudarla. La Tierra se negó, y los orishas que habían bajado tuvieron que regresar arriba. Solo se quedaron en ella tres santos: Obatalá, Elegba y Shangó.
Quien solo se lamenta no da fruto. Cuando lo mezclado se separa y se limpia, llega la cosecha; pero la falta de gratitud mantiene a la persona presa de su queja, aun después de recibir lo que pidió.
Un gallo blanco y una paloma blanca; una jícara con tierra negra, otra con tierra roja y otra con agua; manteca de corojo; 2 piedras; muchas hierbas de Ifá y muchas clases de menestras; cuentas de todos los santos; muchos bichos; mucho ashé y mucho dinero.
Osa rete nifa inle okun fekun osa irete olekun baba olofin inle okun fokun awo nilaye ayegogo inle okun fekun dudu inle okun fekun osa rete pupua inle ewani ire olofin iba omi ika aran omi ire olu fekun ota ire.
Baba kuele ni laure baba kuele ni lare modupue baba kuele ni laye modupue baba.