La tierra de los volcanes se llamaba Osa Rete Nifa Inle Okun Fekun Dudu: bajo su suelo habitaba la candela, de ella no salía cosecha alguna, ningún ser lograba habitarla y cuanto brotaba allí perecía. Olofin lo observaba en silencio, porque aquella tierra no paraba de renegar y de echar maldiciones contra todo. Llegó un punto en que ya no aguantó y estuvo cerca de quedar en fango con figura de cristiano; esa figura se desbarataba y otra vez era fango. Olofin le hizo llegar entonces ashé para darle voz de súplica: ella se abría en grietas y sonaba, y Olofin no descifraba aquellos sonidos, aunque parecían una petición de perdón, y en ellos cantaba: «Baba kuele ni laure, baba kuele ni lare, modupue baba».
Para comprobar si entendía lo mismo que él, Olofin despachó a Osa Irete. Este llegó a la tierra y dijo: «Es verdad lo que ha dicho mi padre», y volvió adonde estaba Olofin y le dijo: «Padre, la tierra es mala, y lo que usted ha oído es muy cierto: siempre está maldiciendo. Hay que dividirla, diferenciando un pedazo de otro».
Enseguida Olofin llamó a Shangó y a Yemayá Afefelorun, y les dijo: «Los necesito. Hay que buscar la manera de que Osa Irete viva en la tierra, y de que la tierra produzca, para que se coman los productos a su debido tiempo, y que se dejen vivir las cosas el tiempo que tienen que vivir, para que el mundo pueda sostenerse». Shangó respondió: «Voy a empezar, pero voy a dividir la tierra». Se cargó de piedras y se vistió con relámpagos, rayos y centellas que fueron cayendo sobre el suelo y separándolo: señaló la parte negra y la nombró Inle Okun Fekun Dundun; señaló la roja y le puso Inle Okun Fekun Pupua.
De vuelta con Olofin, Shangó le anunció: «Ya dividí las tierras». Olofin le dijo: «Sé lo que hiciste, pero la tierra roja la dejaste seca». Shangó contestó: «Porque esta servirá para pintar distintas cosas, y cuando Afefe Ayé (el viento) limpie las tierras, el polvo se lo lleve y sirva para alimentarlas». Con la lluvia mandó también el viento, que barrió las tierras; a la roja no lograba sostenerla, se le escapaba y terminaba mezclándose con la prieta. Olofin despachó entonces un rabo de nube y una tromba de mar que recogieran el agua y la subieran hacia arriba.
Cuando le dieron cuenta, Olofin ordenó: «Suelten el agua» — y comenzó el aguacero. Quedó así la tierra libre de cuantos bichos malos guardaba. Lo primero que dio fue quimbombó (ailá); lo segundo, maíz (aguadó); lo tercero, granos (eré). De las matas, la primera en nacer fue el algodón (oú); la segunda, la ceiba (aragba); la tercera, el coco (obi). Olofin le mandó su bendición, y de aquellos bichos una parte se volvió animales y la otra, personas.
La tierra quedó contenta con todos los hijos de Olofin. Él la oyó y le dijo: «Ya tú ves cómo eres de malagradecida; pero siempre tendrás que vivir así. Y esto nunca te lo perdonaré: habrá tierra debajo del agua, que será lo que dará la fuerza para que te mantengas, o nunca podrás vivir si no es quejándote, y de esclava, ya que tú eres así. Mandaré a todos los Orishas para que te ayuden a vivir». La Tierra no aceptó y respondió que no; por eso los Orishas que bajaron tuvieron que subir de nuevo. En ella solo quedaron tres Santos: Obatalá, Elegba y Shangó.