Awo Ori Sese gobernaba en Oni Efan. Recibió el trono cuando aún era muy joven y miraba con envidia a la gente sin cargas, porque pensaba que el reinado le había robado la libertad de antes. Lo suyo eran la diversión y las celebraciones.
Por mucho tiempo se resignó a esa existencia sosegada, pero las obligaciones del poder lo retenían y ya no tenía forma de regresar a su vida anterior. Los años fueron pasando.
Una noche quiso salir un rato, y no como soberano sino como cualquier habitante del pueblo. Se quitó los adornos y las vestiduras reales, se puso ropa corriente y salió. Nadie notó quién era. Salió así otras muchas veces y vivió a su antojo; a menudo se presentaba en fiestas y bailes de disfraces, donde nadie adivinaba su identidad.
Un día supo que habría un baile de disfraces en una aldea vecina, y decidió ir. Una vez allí, se puso el disfraz y se mezcló con los bailadores. Conoció a una mujer cuya belleza igualaba la de su esposa, la invitó a estar juntos y ella aceptó. Era más exigente que otras con las que él había tratado, pues le pidió ver su rostro. El rey rehusó al principio, pero pasado un tiempo mostró su cara. Al comprobar que su secreto seguía a salvo, se quedó en la fiesta hasta el amanecer. Más tarde, él y aquella hermosa mujer vivieron mucho tiempo como pareja.
Cuando ella quedó esperando un hijo, le relató un sueño suyo: su compañero aparecía como rey, con esposa e hijos. Tal fue el susto del rey que se marchó y no volvió jamás. De nuevo pasaron los años.
Ya adulto el hijo, madre e hijo se dirigieron a Oni Efan para buscar un trabajo con qué vivir. Justo cuando llegaron se celebraba una gran fiesta para el rey, y Awo Ori Sese, dueño de esa tierra, salió al balcón de su palacio. La mujer palideció: ante ella estaba el hombre al que más había amado. Se sobrepuso y subió los peldaños; al verla, el rey salió a recibirla. Le pidió que callara y le dijo que reconocía su razón y sabía que tenían un hijo; que a ninguno de los dos les ocurriría nada malo y que vivirían en el palacio. Le aseguró que siempre la había querido, pero que causas más fuertes lo habían obligado a separarse de ella, y que eso era lo que ahora se veía. Pidió que le confiara al muchacho para formarlo como un buen hombre, y prometió ayudarla también a ella.
Ella le contestó con una sola petición: que jamás olvidara sus deberes. El relato se cierra con la fórmula To Iban Eshu.
Quien se escapa de sus deberes no se libra de los vínculos que dejó atrás: algún día se presentan de nuevo. Lo justo es hacerse cargo de lo que uno ha causado y proteger a quienes dependen de él.
Este camino tiene su propio ebbó; la lista completa está en el tratado completo.
OSADI IFA OSUN YEMAYA ONI EFAN OSA EJA OYA ABESA AFOYA ORI SESE EGUN AWO AJA YARAN KAFEREFUN YEMAYA.
To Iban Eshu