Ogún se tenía por la fuerza mayor que había en el mundo, y su mando alcanzaba a la tierra Awa Nilaye, que había puesto en manos de un Awó hijo suyo llamado Obarayiré, quien disfrutaba de aquellos poderes enormes del padre. Con semejante respaldo dominaba el lugar a su antojo, y, entrado el día, a la hora en que ya oscurecía, entonaba: «Obalayekun laye mo beyelekun laye kayere gbogbo oni omo kayere gbogbo oni». Del susto, los habitantes de Awa Nilaye salían a la faena en lugar de acostarse, y así nunca descansaban. El padre reforzaba con su empuje lo que hacía el hijo: en pie desde las cuatro de la madrugada, golpeaba el suelo con los pies, pisaba fuerte, llamaba a la gente entera y cantaba: «Omo ladire dide omo ladire owa keun omo abadishe omo ladire». Los que seguían dormidos se levantaban a trabajar.
En Awa Nilaye, pues, nadie tenía descanso, y la preocupación era de todos, porque apenas les alcanzaba el tiempo para comer lo que padre e hijo repartían, que era nada más carne de res y pescado, calculado para que aguantaran más faena. Aquel alimento acabó por dañarlos: quedaron flojos, intoxicados, y no hubo quien no cayera enfermo.
Un día Osain llegó a Awa Nilaye, a visitar a Ogún y a su hijo y a mirar de cerca aquel gobierno. Lo primero con que tropezó fue un pueblo enfermo que, aun así, seguía obligado a trabajar. Fue derecho a decírselo a los dos, y ellos lo oyeron y se molestaron con él. Osain no replicó nada; se quedó callado, y como traía dos jabas cargadas de hierbas y de palos, se puso a recorrer las casas y a repartirlas para que la gente sanara, con el encargo de que lo hicieran a escondidas. Salió Awo Obarayiré de recorrido y notó aquello que la gente hacía y tomaba, y les preguntó; le respondieron que eran cosas halladas por ahí. Mientras tanto, el pueblo iba recobrando fuerzas.
Visto lo que había, Osain marchó a Awa Tilaye, morada de Shangó, y le hizo el relato completo. A Shangó le cayó mal el asunto y con el mismo Osain mandó recado para que Ogún se presentara. Salieron los dos de Awa Nilaye, y Osain venía cantando en el trayecto, con lo que le anunciaba a Shangó la llegada de Ogún: «Ogún baranire Awo alele Ogún lokun lorun». Sin aviso brotaron eguns por dondequiera; Ogún no alcanzaba a ver otra cosa, y el miedo lo tenía dominado. Ya frente a Shangó, se puso a rogarle que le quitara de encima aquello, que no lo aguantaba. Y Shangó le explicó: «Todo eso que tienes es ocasionado por el daño que tu hijo Obarayiré está haciendo en tu tierra, apoyándose en ti y en tu fuerza. Si tú quieres que te quite lo que tienes encima, tienes que jurarme que vas a ir conmigo a quitarle el mando que le diste a tu hijo». Ogún respondió: «Te lo prometo», y tomó en la mano el machete (agada) y se lo pasó por la cabeza. Vino entonces la maldición de Shangó, que añadió: «Desde hoy tienes que cumplir lo prometido y hacer lo que yo diga: la fuerza que le has dado solamente a tu hijo, tienes que compartirla con todos los hijos de la tierra Awa Nilaye».
Emprendió Ogún el regreso a Awa Nilaye junto con Shangó. Nada más entrar llamó a su hijo, y Shangó lo atajó: «Espérate un momento: el que tiene que buscarlo soy yo; el que tiene que castigarlo eres tú — pero hay que dar tiempo para que Osain trabaje». Se puso Osain a repartir hierbas para tomar, y palos también, con lo que la gente fue recuperando la salud que le faltaba. Al séptimo día no quedaba nadie débil y el contento era general; al mediodía se pusieron todos de rodillas para darles moforibale a Shangó y a Osain por tanto bien recibido. Shangó, entretanto, mantenía escondido al hijo, Awo Obarayiré.
Al cabo de un tiempo, los hijos de aquella tierra convocaron a Shangó y a Osain para decirles que, contentos y agradecidos como estaban con ellos, ya no los querían allí. Shangó, sin dar crédito, preguntó: «¿Qué es lo que ustedes dicen?», y le repitieron lo mismo. Se encendió Shangó, dio tres vueltas de carnero, rompió a echar maldición (shepe) y cantó a voz alzada: «Ogún belekun leri eje belekun yere». Al oír Ogún lo que decían, salió machete en mano a matar a los suyos. Shangó y Osain se le echaron encima para impedirlo y le advirtieron: «Estáte quieto, que tu hijo Obarayiré seguirá gobernando esta tierra, porque él es el único que entiende a esta gente — pero tú te irás con nosotros».
Después Shangó fue por Awo Obarayiré, lo llamó y le ordenó: «Abre la boca». Le vació el ashé dentro y remató: «Tú tendrás el poder de llamar a esta tierra Osa Bara, para que todo el mundo viva bajo tu ashé: Osa Shepe».
Nota: aquel canto de Shangó encolerizado se entona durante el ebbó; es el propio interesado quien da muerte al pollo y le unta la sangre al ebbó, mientras el Awó repica sin parar el tablero con el irofá. Al ebbó va también la cabeza del pollo.