Patakíes · Los caminos del Odù
1El nacimiento de Obara Meyi
Joven y parlanchín, Obara prometió ebrio desenmascarar a los asesinos de los hijos del rey, y lo condenaron a muerte si fallaba. Su madre, bañándose en el río, hizo confesar uno a uno a los conspiradores — y su hijo los desenmascaró ante toda la corte.
Obara Meyi nació de un padre que solo tenía la mano izquierda y de una madre ciega de un ojo; desde el útero les revelaba peligros en sueños. Creció convertido en un muchacho brillante y parlanchín que robaba la atención en las reuniones de los mayores. Cada diecisiete días se reunían los sacerdotes en el palacio del rey de Ifé y, tras el juego de Ayó, solía morir un hijo del rey. En una reunión, Obara bebió de más y se vanaglorió de que revelaría los nombres de los responsables — o sería ejecutado.
Los conspiradores tramaron matarlo con un hoyo de garfios bajo el asiento que le reservarían. Pero su madre, aconsejada por Ifá, llevó ñame machacado y sopa a la orilla del río y se puso a bañarse. Uno a uno pasaron tres caminantes — Okpolo la rana, Obuko el chivo y Agbo el carnero —, comieron de su comida y, sin saber quién era ella, le confesaron el complot completo: la trampa, el impostor que ocuparía el trono y la forma de salvarse.
Obara llegó a la reunión con su perro, tiró los panes bajo el asiento marcado y el perro cayó en el hoyo, descubriendo la trampa. Ordenó bajar del trono al impostor y sentar a su padre legítimo, y mandó sacrificar al chivo a Eshú, al carnero a los ancestros y a la rana a la tierra: eran los culpables de las muertes. El pueblo lo cargó en hombros. Por eso se dice que fue su madre quien lo salvó de las frías manos de la muerte.
2Obara vence al rey de la Muerte
La Muerte, disfrazada de enferma, encadenaba a los Awó que no podían curarla. Obara sacrificó a Eshú, que como niño llagado le robó a la Muerte su vestido de enfermo y lo echó al río: la Muerte amaneció «curada» y tuvo que pagar con la mitad de su tesoro.
El rey de la Muerte, furioso porque un Awó había llevado la prosperidad a la tierra, se fingió gravemente enfermo — su esposa es Arun, la enfermedad — y retó a los sacerdotes del cielo a curarlo en siete días, encadenando a los que fallaban. Les servía «bebida de kolá» que en realidad eran huevos, y vino adulterado, para probar su clarividencia.
Obara Meyi sacrificó un chivo a Eshú y otro a su ángel de la guarda, y puso una escalera a ambos. Llegado ante la Muerte, adivinó cuántos había en la habitación, conjuró la kolá y el vino para que mostraran su verdadera identidad, y compartió toda su comida con un niño cubierto de llagas que apareció en la puerta — Eshú transfigurado. De noche, el niño subió por la escalera del sacrificio a la habitación de la Muerte, que dormía sin su vestido de enfermo, y juntos se llevaron la vasija con aquel vestido y la arrojaron al río.
Al amanecer del día señalado, la Muerte no encontró su ropa de enfermo y tuvo que salir radiante y saludable: el tratamiento de Obara «había funcionado». Gritó Obara, amplificado por Eshú, hasta estremecer los cimientos del cielo, y la Muerte pagó: entre una caja de bronce con desperdicios y un barril de nueces de kolá, el niño le aconsejó elegir la kolá — que estaba llena de la mitad de todas las pertenencias de la Muerte. Por eso, cuando la muerte toca a la puerta, se hace el sacrificio que hizo Obara.
3Obara pone lo negro blanco
Borracho, Obara apostó que lavaría la tela negra hasta volverla blanca y que rogaría la cabeza de Olófin. Su madre buscó al pez Aro y al viejo Okete: la tela se volvió blanca como la nieve y la rogación devolvió al reino la prosperidad.
En una fiesta del palacio, Obara Meyi bebió y proclamó que podía rogar la cabeza de Olófin — cosa que ningún sacerdote lograba — y que podía lavar ropa negra hasta ponerla blanca. El rey le dio siete días o sería ejecutado. Su madre, disgustada, fue a buscar a los dos únicos que sabían hacerlo: Okete, el que servía la cabeza de Olófin, y Aro, el que convertía lo negro en blanco.
Al séptimo día el rey le entregó diez yardas de tela negra. En el río, mientras los testigos miraban, la madre cantó invocando a Aro: el pez se acercó, tragó la tela y la vomitó blanca como la nieve. Todos en el palacio se asombraron del milagro.
Faltaba la rogación de la cabeza de Olófin. El año anterior, Okete no había hecho su sacrificio a Eshú y la ceremonia había fracasado: la tela no blanqueó, no llovió, murieron cosechas y niños. La madre de Obara dio un chivo a Eshú e hizo que Okete le enseñara a su hijo el encantamiento. Cuando llegó el momento, Obara rogó la cabeza del rey con la tela blanca del río y, con la ayuda invisible de Eshú, al tocarla se volvió negra de nuevo: señal de que el infortunio había terminado. El año siguiente fue próspero para el rey y el país, y Obara fue muy bien recompensado.
4La ingratitud con la madre🔒 Babalawo
5La lengua: la mejor y la peor comida del mundo🔒 Babalawo
6Las calabazas de Olófin🔒 Babalawo
7El trono junto al rey (la kolá y el melón)🔒 Babalawo
8Las señales de humo (Obara se hace rey)🔒 Babalawo
9Shangó y la capa de Obbatalá🔒 Babalawo
10El hombre que se durmió🔒 Babalawo
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